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Análisis del sacerdote de la diócesis de Getafe, Gonzalo Pérez-Boccherini, al libro de Juan María Laboa

Autor: ReligionConfidencial
  1. Su paso por San Dámaso 
  2. Modelos sacerdotales claros 
  3. Ambigüedades 
  4. El joven no quiere ideología 
  5. Juntos en San Dámaso 
  6. Promociones de Madrid, Alcalá y Getafe
Juan María Laboa
Juan María Laboa

El pasado lunes 24 de junio, Religión Confidencial publicó una reseña del libro “Nada sin el otro” del sacerdote e historiador Juan María Laboa, editada por KHAF, en la que se recogían algunas afirmaciones que Laboa hace en el libro sobre determinadas épocas recientes del Seminario de Madrid.

El sacerdote de la diócesis de Getafe, Doctor en teología e historiador, Gonzalo Pérez-Boccherini Stampa, ha enviado al director de Religión Confidencial este escrito, en el que contesta a algunas de las afirmaciones que hace Juan María Laboa en su libro, y que publicamos por su interés clarificatorio.

Su paso por San Dámaso 

Sr. Director de Religión Confidencial:

He leído sorprendido la referencia que hace el historiador Juan María Laboa en la página 235 de su autobiografía sobre su paso por San Dámaso. Uds. la publicaron el pasado 1 de julio en portada y actualmente en la sección de libros.

Vaya por delante que siempre he sentido aprecio por el profesor Laboa.

Es cierto que no participo del estilo de sus obras cuando al analizar papas y obispos los acaba etiquetando en el mismo eje dialéctico “conservadores/progresistas”. Me identifico mejor con lo que el Cardenal Suquía escribía en la Tercera de ABC el 16 de febrero de 1993, “nunca es adecuada la aplicación a la Iglesia de categorías políticas conservador o progresista, involucionismo o reformismo, derecha o izquierda, porque dejan fuera lo más llamativo de su realidad, la misteriosa presencia que hay en ella, de la que brotan los reflejos profundos que permiten comprender sus movimientos en la Historia”. Admito también que, en su Historia de la Diócesis de Madrid, que he disfrutado mucho leyendo, no comparto su análisis crítico del pontificado de Rouco, o sus críticas a los obispos de siglo XIX por defender entonces la unidad católica de España (yo me hubiera escandalizado si como obispos no lo hubieran hecho…) o cuando habla de lo europeo como si fuera sinónimo de lo correcto.

Pero aprecio a Laboa. Me puso sobresaliente, era muy ameno, nos descubrió la obra de Villoslada -que habla de las arrugas de Iglesia con un amor conmovedor-, y gracias a sus entretenidas clases dediqué posteriormente mi tesina, mi tesis doctoral y mi labor docente a la historia de la Iglesia moderna y contemporánea.

Modelos sacerdotales claros 

Entiendo que una autobiografía es un escrito personal y que Laboa tiene derecho a respirar por sus heridas, “disgusto y malos recuerdos”. Pero no quisiera que el lector que se quedase con una pésima impresión del Obispo de Getafe, de los formadores de los seminarios y de varias generaciones de sacerdotes de la provincia eclesiástica de Madrid.

Me explico. Tiene razón cuando pondera la alta valoración “intelectual” con que califica a los profesores Martín Velasco y Gesteira. Pero el lector ha de comprender también que ciertas situaciones incómodas se produjeron porque los seminaristas no solo buscábamos teólogos técnicamente cualificados, sino que acudíamos a clase deseando encontrarnos con modelos sacerdotales claros, hombres que integrasen la sabiduría y el celo por la verdad, pasión por evangelizar y certezas doctrinales, y en aquellos años retardados de posconcilio, en el aún Instituto Teológico San Dámaso, todavía quedaban profesores que no trasmitían eso.

Ambigüedades 

Ciertamente, en un contexto en el que muchos seminaristas debían su vocación a la pastoral de Juan Pablo II, se les atragantaba el profesor Gesteira cada vez que soltaba ironías sobre su secretario para la Doctrina de la Fe, futuro Benedicto XVI.

Por otra parte, Martin Velasco arrastraba las ambigüedades con las que bajo su dirección casi se había vaciado de aspirantes el seminario de Madrid, mientras que su condiscípulo y antiguo amigo Monseñor Francisco José Pérez y Fernández-Golfín, con una identidad sacerdotal más clara, no sólo puso en marcha el seminario de Getafe sino que en poco tiempo lo situó como el 6º más numeroso de España. Por eso, cuando Laboa nos apodaba a los de Getafe “los pata negra de Golfín”, no nos sentaba mal el mote, orgullosos como estábamos de nuestro Obispo.

El joven no quiere ideología 

Laboa se refiere a los seminaristas de aquellos años cuando señala, que “jóvenes ignorantes y sin preparación teológica se permitieron inquietar y crear mal ambiente con profesores respetados”. Me parece una generalización un poco atrevida. Yo, por ejemplo, venia de estudiar derecho en ICADE donde nos ponían además dos asignaturas de teología. También había muchos provenientes de congregaciones que no estaban mal preparados.

Habla de aquellos seminaristas como sujetos del “integrismo más desconsiderado”. No lo veo así. Como Delegado Diocesano de Juventud que fui durante 16 años, me sigo descubriendo ante la entrega y el éxito de una pastoral juvenil llevada a cabo por aquellos sacerdotes “intransigentes”. Nada se concilia menos con la intransigencia que la pastoral juvenil, porque el joven no quiere ideología sino vida. Si el chico intuye que no se le ofrece con realismo algo que dé un sentido verdadero a su vida se va a otra parte.

Juntos en San Dámaso 

Me llama la atención que Laboa eche la culpa de ese supuesto mal ambiente solo a los seminaristas de Getafe y Alcalá. ¿Y los de Madrid? También padecían esas clases. Pero la verdad es que con esto pasó más bien algo muy bonito. Lo cuento:

La división de la tres diócesis había generado algunas tensiones entre los alumnos de los tres seminarios. Pero precisamente desaparecieron cuando nos descubrimos en San Dámaso defendiendo juntos el Magisterio e igualmente ilusionados por la sana doctrina y la santidad sacerdotal. Podría decirse que vivimos entonces como un ecumenismo de la verdad.

Laboa hace un comentario muy negativo hacia nuestros formadores (alguno actualmente es Obispo). Lo que no sé si sabe es que fueron precisamente ellos los que nos obligaban a ir a clase cuando justificábamos hacer novillos durante las asignaturas de los profesores que disentían del Magisterio. Y obedecimos. Pero entonces vino el ecumenismo del ingenio. Lo lideró uno -actualmente con un elevado rango eclesial- que optó por ir a algunas clases con tapones mientras se ensimismaba leyendo autores fiables… El humor nos hizo pasar aquellas situaciones con una alegría tan sana que aún hoy recordamos las anécdotas.

Aquellas promociones de Madrid, Alcalá y Getafe no generaron torquemadas, ni retrógados integristas, sino un ambiente de entusiasmo por evangelizar sin el que no hubiera sido posible la alegría contagiosa por la santidad que se manifestó en Cuatro Vientos 2003, la Misión Joven, o la JMJ de Madrid, y actualmente en tantas y tantas parroquias.

Creo que es de justicia que esta versión de la historia también la conozcan los lectores.

Gonzalo Pérez-Boccherini Stampa

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