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Años 50, «paraíso perdido» de los católicos en Estados Unidos… y voces que dijeron lo que fallaría

Autor: Religion en Libertad

En los años 40 y 50, los católicos estadounidenses, a quienes durante los dos siglos anteriores no faltaron persecuciones, intolerancias e incomprensiones en la teórica “patria de los libres” (“the Land of the Free” de su himno nacional), habían llegado a un punto de reconocimiento público difícilmente superable.

Edad de oro

Al tiempo que compartían el inicio de un largo periodo de prosperidad de postguerra, veían cada vez más integradas a sus minorías de origen italiano o irlandés. Sacerdotes como el padre Patrick Peyton, con sus Rosarios multitudinarios, o futuros obispos como Fulton J. Sheen, con un seguimiento masivo en las ondas -radio y televisión- adquirían una notoriedad que trascendía su credo. Hollywood proponía como modelos a sacerdotes interpretados por las grandes estrellas del momento, de Spencer Tracy a Bing Crosby, y una estrella como Jennifer Jones ganaba un Oscar encarnando a un personaje tan ajeno a la tradicional mentalidad protestante del país como Santa Bernadette de Lourdes. Incluso cadenas de hamburguesas como McDonald’s adaptaban sus menús al cumplimiento masivo por los católicos de la abstinencia de carne todos los viernes del año, y añadían pescado a su oferta.

Las campanas de Santa María (1945), de Leo McCarey, con Bing Crosby e Ingrid Bergman.

El contexto era de una relativa moralidad pública de raíz cristiana convertida en pauta social, y de creciente influencia de la Iglesia católica a todos los niveles. La vida empezaba a parecerse, señala Charles Coulombe al describir este paisaje en un reciente artículo en Crisis Magazine, a un “paraíso perdido”: una “edad de oro de la inocencia” que se asemejaba a las ilustraciones de Norman Rockwell o Harold Anderson

Ilustraciones de la vida común en los años 40 y 50 de Norman Rockwell (izquierda) y Harold Anderson (derecha): fe, familia y patriotismo.

Ya solo faltaba que un católico conquistase la Casa Blanca… y eso sucedió el 8 de noviembre de 1960 con John Fitzgerald Kennedy.

“No nos tomábamos la fe en serio”

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¿Qué podía fallar? La realidad parecía desmentir al Papa León XIII. En su encíclica Testem Benevolentiae de 1899 había aclarado a los católicos que el modelo político norteamericano de las relaciones entre Iglesia y Estado (perfecta separación, perfecta libertad) no era el de la doctrina política católica, expresada por él mismo en otras encíclicas como Immortale Dei.

Pero todo empezó a derrumbarse muy poco después. Hay muchas causas, por supuesto. Coulombe destaca “la pérdida de identidad católica” que siguió al Concilio Vaticano II, pero solo “parcialmente”: “Esa misma pérdida era indicativa de un problema más profundo“. Y ese problema era la asimilación o absorción de los católicos por un American way of life en el que la fe católica había encajado por fin a las mil maravillas, sí, pero a condición de no cuestionar nada del sistema. Perdía así, en su aparente triunfo, buena parte de su potencial evangelizador de la sociedad.

Esto lo habían denunciado -ya desde el periodo de entreguerras- algunas voces aisladas que, lamenta Coulombe, no fueron escuchadas. Esas voces aspiraban a ser atendidas porque pensaban que, “en conjunto, los católicos estadounidenses se tomaban seriamente su fe. Nuestra historia a partir de entonces muestra que, en conjunto, no nos la tomábamos en serio. Y hoy estamos pagando el precio de esa falta de celo“.

Asimilación a costa de la identidad

¿Qué era exactamente lo que denunciaban esas voces críticas?

En una entrevista de 2013 en ReL, John Rao, profesor de historia de Europa en la Universidad St John de Nueva York y director de The Roman Forum (fundado en 1968 por Dietrich von Hildebrand para defender la cultura católica), describió aquel periodo aparentemente dorado como “décadas de minimización en el discurso público de aquellas enseñanzas doctrinales y morales de la Iglesia que podían molestar a la sociedad norteamericana“.

En el sistema estadounidense, afirma Rao, “la religión es libre a condición de que no pretenda discutir el orden público ni el sentido común tal como los entienden cualesquiera de las fuerzas materialistas que eventualmente dominen la sociedad”. Y “sólo puede gozar del impacto público que el estado de la sociedad secularizada le permita tener” en cada momento.

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Rao amplió esta crítica en un artículo publicado en Verbo sobre La cultura católica de los católicos estadounidenses del siglo XX al XXI, donde destaca el papel profético de monseñor Joseph Fenton, director del American Ecclesiastical Review, y el padre Francis J. Connell, principal fundador de la Sociedad Teológica Católica de América.

Ambos denunciaban que la visión de la libertad religiosa en la que la Iglesia había conseguido encajar, alcanzando el brillo descrito, y la “divinización del sistema pluralista”, era en realidad “una divinización de la actitud materialista americana hacia la vida“. Todo ello enmascaraba el hecho de que se había perdido “una fe real en el Reinado Social de Cristo“. Era solo cuestión de tiempo que el edificio cahese.

Además de Fenton y Connell, estaban viejos distributistas (el sistema económico propugnado por G.K. Chesterton y Hilaire Belloc) como Ed Willock y Carol Robinson. Ellos lamentaban el olvido por la jerarquía de las encíclicas sociales Rerum Novarum de León XIII y Quadragesimo Anno de Pío XI. Y reprochaban ácidamente a muchos católicos una forma de vida consistente “en el pintalabios dominical para honrar a Dios durante una hora al que sigue una dedicación exhaustiva al Dinero el resto de la semana“.

No fueron los únicos en señalar que no todo era prometedor en esa esplendorosa presencia pública de los católicos. Autores como Helen McLoughlin y el jesuita Francis X. Weiser, recuerda Coulombe, escribían libros para que los padres católicos imbuyesen a sus hijos de espíritu cristiano todos los días del año en la vida del hogar.

E incluso nacieron comunidades de familias de vida común, como Marycrest en West Nyack, cerca de Nueva York, o Grailville cerca de Loveland (Ohio), que si bien se fundamentaban en la compartición de bienes y la vivencia de liturgia, evocan en cierto modo el actual proyecto de “opción benedictina” impulsado por Rod Dreher.

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Un histórico discurso de Kennedy

La evolución de estos grupos y tendencias fue variopinta a lo largo de los 60 y 70, a medida que en el derrumbamiento de la vida cristiana influían factores generales de la Iglesia tanto o más que los vinculados a la propia idiosincrasia del sistema estadounidense.

JFK en Houston, ante un nutrido grupo de pastores protestantes, tranquilizándoles sobre el nulo impacto de su fe católica en la política que llevaría en la Casa Blanca.

La consagración del asimilacionismo fue un discurso de Kennedy dos meses antes de ganar las elecciones, en el que expresó nítidamente lo que Rao y Coulombe denuncian. El 12 de septiembre de 1960, en Houston (Texas), ante un grupo ministros protestantes, dejó claro que, si resultaba elegido, su fe no tendría impacto alguno sobre su Administración. “No soy el candidato católico a presidente. Soy el candidato a presidente del Partido Demócrata, que sucede que es católico”.

En marzo de 2010, Charles Chaput, arzobispo de Filadelfia, señaló también ese momento como decisivo en la historia del catolicismo norteamericano: “Su intervención dejó una huella duradera en la política estadounidense. Fue sincera, convincente, articulada… y equivocada. No equivocada en cuanto al patriotismo de los católicos, sino equivocada en cuanto a la historia de Estados Unidos y muy equivocada sobre el papel de la fe religiosa en la vida de nuestra nación. Y no solo es que fuese equivocada, es que sus palabras en Houston socavaron el papel no solo de los católicos, sino de todos los creyentes, en la vida pública estadounidense y en el diálogo político. Hoy, medio siglo después, seguimos pagando ese daño”.

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