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Arrio de Alejandría: el autor de la gran disputa teológica sobre la divinidad de Cristo

Autor: BITE

¿Quién fue Arrio de Alejandría (256 – 336)? ¿Por qué fue tan famoso? Sobre todo, ¿de qué se trató la herejía del “arrianismo”?

Es común oír que el arrianismo fue una herejía cristológica. Pero en el fondo fue un error trinitario. Como señaló el teólogo y sacerdote católico B. E. Daley, el comienzo de las controversias de carácter estrictamente cristológico se dio con Apolinar, después del Concilio de Nicea (325). Por lo tanto, se debe considerar este punto de partida antes de iniciar una investigación sobre Arrio. Así, dividiremos este artículo en cuatro secciones, cada una iniciada con una pregunta, que sean breves pero a la vez concentren los datos más relevantes.

Pintura de Arrio, por Michael Damaskenos, pintor cretense del siglo XVI.

¿Cómo comenzó la disputa teológica en la que participó Arrio?

Aquí seguimos a H. R. Drobner, catedrático de Patrología y de Historia de la iglesia. Los datos respecto a la vida de Arrio son pocos. Sabemos que nació en Libia por el año 256. Cursó estudios en Alejandría como discípulo del prestigioso Luciano de Antioquía. Aproximadamente en el 311 fue ordenado por Pedro de Alejandría al diaconado, pero fue excomulgado por el mismo al participar en el lado opuesto de un cisma. Un año después, el nuevo obispo Aquiles lo reintegró y ordenó como sacerdote en Baucalis. Por aquel tiempo comenzó a desarrollar su visión trinitaria, que rápidamente atrajo atención.

El comienzo de la disputa teológica se dio en el contexto de las enseñanzas del obispo Alejandro. La fase inicial de la controversia fue entre el 318 y el 320. Sócrates de Constantinopla contó que, mientras el obispo Alejandro se dedicó a “explicar aquel gran misterio teológico: la unidad de la Santísima Trinidad”, Arrio imaginó que se exponía “la misma opinión de Sabelio”, refiriéndose al modalismo, la enseñanza de que Dios es una única persona que toma tres formas (Padre, Hijo y Espíritu). Se inició entonces una acalorada discusión en la que dijo que el Hijo de Dios “tuvo un principio de existencia” y que “hubo un tiempo en el que no existía”. Esta descripción acentúa los datos más relevantes para comprender el centro de la controversia. El escándalo teológico afectó una fe que desde el Siglo II luchó por buscar una comprensión adecuada sobre el misterio del Dios cristiano. 

Arrio cursó estudios en Alejandría como discípulo del prestigioso Luciano de Antioquía. / Imagen: Iglesia Ortodoxa Antioquena

¿De qué se trató la doctrina arriana?

Si queremos ir al fondo de la nueva diferencia teológica, tenemos que precisar que Arrio difería con respecto a Alejandro en la definición del concepto de “generación” que, por su importancia, abarcaba la médula de la cristología en la perspectiva trinitaria. Alejandro era un convencido de la divinidad del Hijo antes y después de su encarnación. Como dice B. Studer, Alejandro “estaba preocupado por la coeternidad del Hijo”. L. Ayres habla de que para este obispo “Dios siempre fue Padre, y el Hijo siempre fue Hijo”; pero para Arrio, al decir que el Hijo es “coeterno” con el Padre, se ignoraba la jerarquía y subordinación radical “donde el Hijo era un ser distinto e inferior al Padre”. En expresión de D. Bernard, para Arrio “el Hijo era divino, pero no deidad”.

Como resume R. Neuschafer, en términos generales las doctrinas problemáticas de Arrio eran las siguientes: (1) el Logos y el Padre no son de la misma esencia, (2) el Logos es una criatura del Padre, y (3) había un tiempo en el que el Logos no existía. 

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Pero entremos en un mayor detalle. Arrio compuso su obra fundamental, Thalia, por el año 320, donde expuso sus ideas con toda confianza y en un estilo que hacía fácil su difusión. Sin indagar profundamente en el contenido y la estructura de su obra, podemos citar algunos textos relevantes: 

  • “Dios no fue eternamente un Padre”.
  • “El Hijo no existió siempre”.
  • “Hubo un momento en que [el Hijo] no existía; antes de ser creado, no existía. También tuvo un comienzo en su existencia creada”.
  • “El Padre solía estar solo, y su Palabra y Sabiduría aún no existía”. 
  • “El Hijo no posee nada que es propio de Dios… porque no es igual a Dios, ni es de la misma sustancia”. 
  • “…existe una Trinidad [pero] en glorias desiguales… uno es más glorioso que otro en grado infinito… El Padre es diferente al Hijo en sustancia”.
  • “Para él [el Hijo] es imposible descubrir los misterios del Padre”. 
  • “…la Palabra no es el verdadero Dios (…) la Palabra es completamente diferente y distinta a la sustancia y propiedad del Padre”. 

Estas citas de Arrio permiten ver que su comprensión sobre el Hijo afecta de manera global su identidad y relación con el Padre. Tal relación entre Padre e Hijo existe, pero no se da bajo términos de divinidad o identidad sustancial, sino entre Creador (Padre) y criatura (Hijo), entre la voluntad del Padre y lo que decide crear de la nada, es decir, al Hijo. Para Arrio, el Hijo existe como creación y criatura primera por su función mediadora en la creación. El Hijo, como criatura temporal y mutable, tiene que ver con el Padre, quien de hecho permite que se le llame “Dios” y “Segundo Dios”, pero en el sentido de que este título se le deriva por gracia, por su excelencia como criatura y su función divina como medio de creación, pero no significa que sea “Dios” en el sentido que lo es el Padre. 

El Dios de Arrio no solo es trascendente y no creado, sino también único e indivisible, por lo cual la existencia de otro ser divino que sea Dios al igual que el Padre rompería su armoniosa indivisibilidad. Por lo tanto, el origen del Hijo se halla en Dios, pero no en el sentido de sustancia divina; como explica J. N. D. Kelly, no “por comunicación del ser, sino por un acto de creación”. Lo que Arrio concluyó fue que, si Dios es no creado, único y eterno –como lo es el Padre–, entonces el Hijo no puede ser Dios. 

El contexto teológico-mitológico en el siglo III comprendía la existencia de seres mediadores actuantes en la historia y vinculados con la divinidad. En ese ambiente, la idea de Arrio no sonaba extraña. La concepción de que Dios crea, mediante un ser inferior, una criatura superio (el hombre) con una dignidad mayor que la del resto de los otros seres también creados mediante él, encajaba en su idea sobre la Trinidad y la identidad del Hijo de Dios. Si a esto le sumamos que para él la identidad del Padre, de Dios, es de “mónada” (unicidad absoluta e indivisible de Dios), hay mayor claridad. 

El Dios de Arrio no solo es trascendente y no creado, sino también único e indivisible, por lo cual la existencia de otro ser divino que sea Dios al igual que el Padre rompería su armoniosa indivisibilidad.

Para Arrio, el Padre es un mónada absoluto y un único Dios auténtico. Sin embargo, se permite hablar de otros dos seres: no niega la existencia del Hijo ni del Espíritu. Pero la diferencia entre estos y el Padre es fundamental; es pura alteridad (se reconoce que son distintos). La relación entre los tres se define por una subordinación extrema que excluye toda identidad de naturaleza o consustancialidad, como también toda idea de eternidad que solo corresponde al Padre. Esta subordinación tenía como fin, según V. H. Drecoll, “excluir la identificación del Padre y el Hijo”. 

En otras palabras, al ser solo el Padre Dios verdadero y auténtico, el Hijo y el Espíritu son creaciones excepcionales y superiores, pero no son divinos como lo es el Padre. Para Arrio, el Hijo, así como el Espíritu, tiene origen como corresponde a toda criatura, pero ese origen no debe buscarse en Dios, en su esencia divina. Como dijo el académico italiano M. Simonetti, hablar del Hijo como engendrado de la sustancia del Padre –y resultando divino por naturaleza–, “implicaría la división de la mónada”; rompería la unidad personal y sustancial absoluta del Padre, el único Dios con propiedad. 

La gravedad de las conclusiones de Arrio resultaron para la iglesia en la necesidad urgente de tomar una decisión extrema. No podemos analizar aquí las diferentes perspectivas respecto a la visión de Arrio y sus discípulos, pero sí reafirmar que su doctrina supuso una emergencia para la teología y unidad de la cristiandad.

El Primer Concilio de Nicea, con Arrio dibujado a los pies del emperador Constantino y de los obispos.

¿Cuál fue la respuesta de la iglesia?

Al ser la doctrina arriana un escándalo de alcance ecuménico, la respuesta del emperador Constantino fue obvia. En junio del año 325 se dio comienzo a la primera sesión del nuevo concilio localizado en Nicea. Constantino convocó la reunión por una necesidad evidente para el Imperio: consolidar a la iglesia mediante la unidad doctrinal. El producto de Nicea fue un símbolo, donde el Concilio profesó su fe a modo de credo; fue una respuesta decisiva al centro de la visión de Arrio. El profesor de teología en la Universidad de Notre Dame (Indianápolis, EE. UU.), K. Anatolios, dice: 

Este concilio rechazó la idea de Arrio: hubo un tiempo en que el Hijo no existía, afirmando que la generación del Hijo por el Padre era de un orden diferente al de la creación: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. 

Nicea no solo reafirmó la tradición sobre la fe en un “Padre”, “Hijo” y Espíritu” en una clara articulación trinitaria, sino que también profundizó en la realidad del Hijo en relación con el Padre: el Hijo es “nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho”. Con estas palabras, Nicea manifestó su rechazo y condena a las tesis básicas de Arrio. El concilio resultó fundamental. Aunque las controversias no terminaron (después del concilio continuaron otras discusiones en las que se trataron aspectos que Nicea no aclaró del todo), Nicea definió un nuevo piso por el cual debía desarrollarse la reflexión: puso los nuevos “términos”, como dice R. L. Wilken, catedrático de Historia del Cristianismo.

Icono que representa al Emperador Constantino y los padres del Concilio de Nicea de 325. / Imagen: Wikipedia

¿Cómo terminó Arrio?

Es difícil narrar los últimos años de Arrio. El intermedio entre el concilio y su muerte es confuso, pues se desarrolla en un ir y venir, entre aceptación y rechazo. Su restauración en la iglesia jamás fue habilitada del todo: cuando se estaba haciendo el proceso formal, la muerte vino por su vida. Atanasio, su gran rival, le dijo al episcopado egipcio en una epístola  (XVIII. 19) que una “emergencia de la naturaleza” (algún problema estomacal) obligó a salir a Arrio del Palacio Imperial y “entrar al lugar designado para tales emergencias” (un baño). En ese momento, “perdió [tanto] su rehabilitación como su vida”. 

Sozómeno dijo que, por un “dolor de estómago”, Arrio se dirigió al baño y que, tras demorarse, lo fueron a ver y “lo encontraron muerto y sentado en el asiento”. Sócrates de Constantinopla cuenta que a Arrio le vino una fulminante “relajación de entrañas… le sobrevino un desmayo… una copiosa hemorragia…” y, finalmente, tras “una efusión de sangre”, se le desprendieron las entrañas e “inmediatamente murió”. Su muerte fue para muchos una señal del juicio divino, una paga por sus blasfemias.

Sean o no ciertas las narraciones sobre su muerte, pues son vistas con recelo por la historiografía moderna, Arrio no murió en paz con la iglesia. Quedó consagrado como un hereje, tanto por su vida como por su muerte. Pero ni siquiera tal suceso acabó con la polémica. El dogma de Cristo, del Espíritu y, en definitiva, del Dios trinitario, aguardaba más siglos de discusión, precisión y definición. 


Referencias y bibliografía

Cristo, el Dios visible (2020) de Brian E. Daley. Sígueme: Salamanca, pp. 175-176.

Lehrbuch der Patrologie (2014) de H. R. Drobner. Peter Lang: Frankfurt am main.

Trinity and Incarnation. The Faith of the Early Church (1993) de B. Studer. Liturgical Press: Collegeville, p. 103.

Historia Eclesiástica de Sócrates de Constantinopla, I, V y XXXVIII.

Nicea and Its Legacy. An Approach to Fouerth-Century Trinitarian Theology (2004) de L. Ayres. Oxford University Press: NY, p. 15. 

The Trinitarian Controversy in the Fourth Century (1993) de D. Bernard. Word Aflame Press: Hanzelwoos, p. 11. 

Evangelisches Lexikon fur Theologie un Gemeinde (2017) de R. Neuschäfer, p. 601. Cf. “Arius, Arianismus”, en Lexikon fur Theologie und Kirche (1993) de Band R. W. Williams, 1, pp. 982-990.

Early Christian Doctrines (1968) de J. N. D. Kelly. Adam & Charles Balck: London, p. 226. 

Trinität. Themen der Theologie Band 2 (2011) de V. H. Drecoll. Mohr Siebeck: Tübingen, p. 92.

Encyclopedia of Ancient Christianity (1994) de M. Simonetti. IVP Academic: Illinois, 1, p. 236.

Early Christian Creeds (2008) de J. N. Kelly. Continuum: NY, p. 211. 

Retirving Nicaea. The Development and Meaning of Trinitarian Doctrine de K. Anatolios (2011) Baker Academic: Grand Rapids, p. 46. 

The Spirit of Early Christian Thought. Seeking the face of God (2003) de R. L. Wilken. Yale University Press: London, p. 83. 

Historia Eclesiástica de Sozómeno, II, XXIX.

Recomendaciones del autor:

Sobre el desarrollo de la doctrina trinitaria antes de Nicea, ver en español: El Misterio de Dios (2016) de L. F. Mateo Seco y M. Brugarolas. Eunsa: Pamplona, pp. 102-106; El misterio de Dios trinitario. Dios-con-nosotros (2012) de A. Cordovilla. BAC: Madrid, pp. 277-324; Dios en el pensamiento de los Padres (1977) de J. L. Prestidge. Secretariado Trinitario: Salamanca; y Dios uno y trino. Revelación, experiencia y teología del Dios de los cristianos (2000) de P. Coda. Secretariado Trinitario: Salamanca, pp. 179-186.

Respecto a Thalia de Arrio, ver Arius Heresy and Tradition de R. Williams, pp. 65-103. Ver también Cristo en la tradición cristiana (1997) de A. Grillmeier. Sígueme: Salamanca, pp. 410-411.

Cf. B. E. Daley, Cristo, el Dios visible (Sígueme: Salamanca, 2020), pp. 137-140. 

Ver el credo de Nicea completo en Cristo en la tradición cristiana (1997) de A. Grillmeier. Sígueme: Salamanca, pp. 444-445; Jesús de Nazaret. Sus palabras y las nuestras (2016) de J. J. Hernández Alónso, Sal Terrae: Santander, pp. 536-537.

Ver el sugerente artículo The Legend of Arius’ Death: Imagination, Space and Filth in Late Ancient Historiography de E. Muehelberger en Past & Present, Vol. 227, May 2015, pp. 3–29. 

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