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Ave Fénix

Autor: luisa idoate

Vestíbulo principal de la Grand Central de Nueva York. /afp

Vestíbulo principal de la Grand Central de Nueva York. / afp

Estaciones literarias

La terminal por la que pasea Holden Caulfield, el personaje de Salinger, se reinventa desde hace un siglo

Ni sabe dónde va ni tiene a dónde ir. Holden Caulfield recala una y otra vez en la Grand Central Terminal de Nueva York, en su incongruente y atropellado deambular de ‘El guardián entre el centeno’ (1951). La novela de J. D. Salinger es la metáfora de la adolescencia, donde nada es decisivo y todo se vive como si lo fuera; y la Biblia del movimiento hippy desencantado por el consumismo de la década de 1950. El viaje espacial, intelectual y emocional de un chico arrogante, rebelde y asustado, para quien la estación es la puerta que le puede llevar a cualquier lado y no le conduce a ninguno. Donde guarda las maletas, aunque la Grand Central no tiene consigna.

Un accidente ferroviario deja 50 muertos en Nueva York en 1902 y apuntilla a las locomotoras de vapor. El magnate Cornelius Vanderbilt sustituye el Grand Central Depot de 1871 que las centraliza por un nuevo edificio para las eléctricas. Lo terminan Reed & Stem y Warren & Wetmore en 1913. Con dos niveles de vías soterradas, paredes de mármol, cúpula con 2.500 estrellas y un zodiaco especular. En la puerta principal, un reloj de Tiffanys de 14 metros, con Mercurio, Minerva y Hércules; en el vestíbulo, el de ópalo y de 20 millones de dólares, el de las citas: «Quedamos en el reloj». Todos los de la estación se sincronizan hoy con el atómico de Bethesda (Maryland).

Entrada a la estación, en la calle 42.

Entrada a la estación, en la calle 42. / Fotolia

En 1950 se dispara el precio del suelo en Manhattan y caen los usuarios del tren por la competencia del coche y el avión. Huyendo de la piqueta, la estación incorpora comercios. Un éxito. Las empresas se disputan los locales, la CBS instala estudios en ella. En 1975, Jackie Onassis se opone públicamente al derribo que la amenaza. En 1976 se salva: la declaran monumento histórico. Hoy, 750.000 personas usan a diario sus 44 andenes, 67 vías y decenas de tiendas, exposiciones, eventos y espectáculos. Hacen miles de consultas en el kiosko de información, con la bellota y las hojas de roble de los Vanderbilt. Hay pistas de tenis, restaurantes, mercado. En la ‘Galería de los Susurros’, con el ‘arco de ladrillo’ del valenciano Rafael Guastavino, se oye una conversación desde el punto opuesto. Está junto al Oyster Bar, donde Marcelo Hernández sirve cócteles desde hace 40 años «con una corbata para cada día»; por ahí pasó y pasa todo Hollywood. La Central, como la llaman los neoyorquinos, es tan cinematográfica que la Metro Goldwyn Mayer la reprodujo a escala para los rodajes. Filmar en ella el vals de ‘El rey pescador’ (1991) sería hoy impensable.

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