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Barcelona y Atlético se niegan a ser campeones

Autor: ELMUNDO

Barcelona – Atlético (0-0)

  • FRANCISCO CABEZAS

    Barcelona

Actualizado

Sostenidos por Ter Stegen y Oblak, azulgranas y rojiblancos son incapaces de romper el empate y permiten que el Real Madrid pueda opositar este domingo al liderato

Messi se lamenta tras fallar una ocasión ante el Atlético.
Messi se lamenta tras fallar una ocasión ante el Atlético.AP

El abrazo de Messi a Luis Suárez con el que se abrió una tarde que debía ser concluyente no fue más que una inquietante metáfora. Nadie ganó. Si acaso, sólo lo hizo la frustración. Barcelona y Atlético, protegidos por Ter Stegen y Oblak, ni supieron despegarse ni superarse. Sólo anularse. Tanto que desplegaron sobre el Camp Nou una alfombra para que el Real Madrid, que tampoco sería el equipo más fiable, alcance el liderato si vence al Sevilla. Esta Liga ya no espera a héroes, sino a náufragos.

El miedo fue el único hilo conductor. Primero, con las prudencias tácticas. Después, con las urgencias propias del temor al caos. El Barcelona tenía la pelota, pero ni podía ni se atrevía a hacer algo de provecho con ella. No es que pretendiera dormir el partido a la espera de encontrar alguna grieta entre los tres centrales del Atlético. Simplemente, ante la imposibilidad de avanzar por los pasillos interiores mediante De Jong y Pedri, o de encontrar luz en los exteriores con Dest y Alba, se limitó a subsistir.

Más aun cuando a Busquets, el único azulgrana con las ideas claras, se le nubló el mundo tras ver cómo la cabeza de Savic golpeaba contra la suya como si le acabara de llover del cielo un jab de Mike Tyson. A Busquets, de manera incomprensible, el árbitro le había permitido reingresar en el campo aunque su cuerpo pareciera ya un ente extraño a las órdenes de su cerebro. A la siguiente jugada quedó sentado sobre la hierba. Cuesta creer que los protocolos en España no sean más estrictos con este tipo de conmociones.

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Sin brújula

Había pasado sólo media hora, y los azulgrana, sin su brújula ya en el campo, se dispusieron a sufrir su propia incoherencia.

Porque el Atlético, y así lo mostró Simeone, al menos inició la tarde con la grandeza de quien se ve a dos palmos de la gloria. El técnico argentino resistió cualquier tentación de especular desde la misma alineación, en la que hizo un hueco a Correa por mucho que Kondogbia pudiera asegurarle algo más de cemento. También apostó el Cholo por el claqué de Lemar. Aunque el francés, que quiso hacerse notar en un día tan especial con un disparo al amanecer, volvió a su rutina y tuvo que pedir el cambio a los 12 minutos. Como si el destino, puñetero, quisiera hacer de las suyas y pusiera sobre el tapete de la memoria las lesiones de Arda Turan y Diego Costa aquel mayo de 2014 en el que el Atlético se proclamó campeón de Liga en el Camp Nou.

Ni Simeone ni Koeman pudieron corregir bien las ausencias de Lemar y Busquets. El entrenador del Atlético rescató a Saúl para que se encargara del carril diestro, desplazándose así Carrasco al interior. Saúl, sacrificado en el segundo acto por Joao Félix, continuó con su desconcertante devenir. Mientras que el técnico del Barcelona, sancionado y atrapado en el palco del estadio, tiraba de móvil para indicar a sus ayudantes que fuera el jovencito Ilaix Moriba quien escoltara a otros dos imberbes como De Jong y Pedri. Un centro del campo púber, y ante el que el Atlético quiso echarse al monte.

El cuarto de hora posterior a la salida de Busquets fue un tormento para el Barcelona. Si no besó la lona fue porque a Ter Stegen le dio por crecerse justo la semana en la que sus críticos comenzaron a buscar cerillas para las antorchas. El alemán levantó una pared frente a Llorente, Carrasco y Luis Suárez. Manos y pies servían.

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Oblak detiene el balón, durante el partido en el Camp Nou.
Oblak detiene el balón, durante el partido en el Camp Nou.EFE

Lo que Ter Stegen no esperaba -corrijo, sí- es que Suárez emplearía alguna de aquellas tretas barriales que tanta fortuna hicieron durante sus seis temporadas como azulgrana. El guardameta sacó la manopla para alejar el balón de la cabeza del uruguayo. Circunstancia que aprovechó el ariete para desplomarse y reclamar un penalti del que nadie quiso saber. Ter Stegen resopló visiblemente enfadado. De Suárez poco más se supo, quedando como única huella de su pasado en el Barcelona un humilde homenaje de videomarcador. Y en el que poco reparó el delantero.

Por supuesto, Oblak no podía quedarse atrás en una cita capital. El meta esloveno, quien menos goles ha encajado esta Liga, volvió a asomar justo en el momento en el que lo necesitaron sus compañeros. Y ante Leo Messi.

Vistas las dificultades, tácticas y técnicas, el rosarino decidió irse él solo a la guerra. Se puso a correr como en los viejos tiempos. Dejó echando raíces a Saúl y jugueteó con los nervios de hasta cinco rivales, que no pudieron evitar un latigazo con aroma a definitivo. Lo hubiera sido si los dedos de Oblak no hubieran corrompido el edén ajeno.

Pero ese Atlético que vio cómo Felipe se quedaba sin atrapar el gol justo antes del descanso se encontró con un Barcelona que, de la mano de Messi, trató de rehabilitarse en el segundo acto. Aunque con poca fe y siempre a trompicones, pendientes de acciones del todo episódicas. El argentino, que arrancó tarjetas a Koke, Felipe y Saúl, volvió a exigir la elasticidad de Oblak en una falta cruzada. Por entonces, a Ilaix le había arrebatado Hermoso el momento de su vida y Piqué había amenazado con un remate de cabeza. Aunque mucho más cerca quedó Araujo, formidable tras sustituir a Mingueza, un suplicio para Carrasco, y al que anularon su cabezazo a la red por fuera de juego.

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Dembélé, a quien Koeman confió el milagro, descubrió que no es el mejor cabeceador del mundo. Y a Messi, que nunca se cansó de intentarlo, se le torció el botín en una falta ya crepuscular con la que todo acabó.

El Barcelona, una vez más, perdió su gran oportunidad de arrebatar el liderato al Atlético. Y sin escapar del bloqueo que ha sufrido frente a los grandes durante toda la temporada. Los rojiblancos, mientras, no supieron cómo cerrar una Liga que sigue atrapada en su tráquea.

Simeone huyó disparado al vestuario una vez el árbitro puso fin a tanta desazón. Resultó curioso admirar su estampa. Siempre de negro, como un sepulturero que espera a alguien a quien enterrar. Como Johnny Cash, que cantaba que le gustaría vestir todos los días con los colores del arco iris. “Pero trataré de llevar un poco de oscuridad sobre mi espalda”.

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