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Cabellos al Viento por la Libertad

Autor: Religion Digital

La imposición de una determinada vestimenta a las mujeres ha sido y es una constante en muchas épocas y culturas y en todas ellas hay, bajo el subconsciente colectivo, una idea de que el cuerpo de la mujer es, aunque creación de Dios, una incitación al pecado

| Miguel Ángel Herrero Piñeyro Responsable de Ideas y Programas de Cristianos Socialistas PSOE

Lo que Friederich Nietzsche, con la agudeza del gran crítico de la cultura occidental, escribió en “Humano, demasiado humano” es lo que está quedando al descubierto con el gesto de las mujeres iraníes de quitarse el velo dejando libres sus cabellos, porque él, y también Freud, sabían que las grandes normas morales, que en la antigüedad eran justificadas bajo el mandato divino, tienen un origen “humano, demasiado humano”.

Hay mandamientos morales, alojados en la conciencia individual, que hacen posible la convivencia, como el respeto, la solidaridad o la honradez; otros que hacen crecer a la persona, como la integridad, la honestidad o la coherencia; y la suma de todos ellos llevan a la felicidad de la persona que los vive.

La liberación de las mujeres será la liberación de la humanidad, porque, si la humanidad tiene futuro, éste vendrá de manos femeninas.

Pero hay otros mandamientos que fueron incrustados en nuestras conciencias con apariencia de morales que fueron pensados para la dominación de unos sobre otros, como la sumisión al poderoso, la superioridad de la raza o la inferioridad moral de la mujer. La mayoría de estos valores, a falta de una argumentación racional viable, se fundamentan en el recurso a Dios o a los dioses. ¿Por qué hemos de arrodillarnos ante el rey? Porque lo es por voluntad de Dios. ¿Por qué las mujeres han de hacer lo que digan  los hombres? Porque Dios las hizo inferiores. Por eso Nietzsche, entre otras razones también de peso, hablaba de la necesaria e inevitable muerte de Dios.

 La imposición de una determinada vestimenta a las mujeres ha sido y es una constante en muchas épocas y culturas y en todas ellas hay, bajo el subconsciente colectivo, una idea de que el cuerpo de la mujer es, aunque creación de Dios, una incitación al pecado. A ellas, a las mujeres, se les ha atribuido el origen de los males de la humanidad: a Eva, el pecado; a Helena, la guerra de Troya; a Pandora, los males.

 Para salvar sus conciencias, las religiones y el poder, dirigidos prácticamente siempre por hombres, descargaron la culpa de sus pensamientos lascivos o de sus actos de infidelidad, en la mujer. Jesús de Nazaret invirtió la carga de la prueba: no dijo que si te escandalizas de que una mujer muestre su feminidad, la obligues a taparse o la castigues para que no cunda el ejemplo, antes bien dijo “si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”.

 Por ello, la imposición de que la mujer cubra su feminidad, no es simplemente una creencia religiosa o una forma cultural respetable, porque es, sin paliativos, una forma más de dominación bajo la apariencia de religión o de cultura. Una dominación doblemente cruel, porque culpabiliza a la víctima de la represión por haber nacido mujer.

 El asesinato de la Masha Amini a manos de la “policía moral” iraní por “llevar el velo mal puesto” ha sido la mecha que ha prendido en un cartucho de dinamita que viene engordando desde hace milenios y que las autoridades se han encargado de ir apretando desde la revolución islámica.

Jesús de Nazaret invirtió la carga de la prueba: no dijo que si te escandalizas de que una mujer muestre su feminidad, la obligues a taparse o la castigues para que no cunda el ejemplo, antes bien dijo “si tu ojo te escandaliza, arráncatelo”.

 Amnistía Internacional denuncia que no es solo la policía moral la que se encarga de castigar a las posibles infractoras del precepto de llevar una vestimenta que cubra sobradamente su feminidad, sino que cualquier individuo, varón, por supuesto, se ve legitimado para insultar o incluso apalear a la mujer que ose enseñar algo más que las manos o la cara.

 El hermoso gesto de las mujeres iraníes de quitarse el velo, soltar sus cabellos y mostrar la figura que la naturaleza les regaló es un grito de orgullo por ser mujer; es un canto de libertad con voz femenina que espera contar con el coro masculino, un canto con un ritmo que bailan las melenas movidas por un viento de cambio; es una proclama de esperanza para todas las mujeres del mundo de que es posible sacudirse la moral represiva del machismo; es una crítica teológica que proclama que quien diga que la mujer debe cubrirse porque así lo manda Dios, miente; es una llamada valiente a que todo el feminismo internacional se solidarice con las valientes mujeres iraníes que están ayudando, no sin sufrimiento, al advenimiento de un mundo de iguales cada vez más cerca; y es la revolución de las mujeres que se convierte en revolución de todos, que destapa la olla a presión de un régimen teocrático y, por ello, tiránico.

 Merece la pena apoyarlas sin paliativos, sin excusas y sin hipócritas prudencias de intereses vinculados a la política internacional.

Han empezado quitándose el velo y terminarán por quitar los turbantes a los ayatolas.

La liberación de las mujeres será la liberación de la humanidad, porque, si la humanidad tiene futuro, éste vendrá de manos femeninas.

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