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Cuando Dios llamó a la puerta de Cohen y Dylan para cambiar la historia del rock

Autor: Administrador


Bob Dylan, llamando a las puertas del cielo. Leonard Cohen, una vida de meditación zen. Cat Stevens, alejado de los escenarios tras convertirse al islam. George Harrison, alternando los alucinógenos con el hinduismo. Cuatro iconos de la música que vertebran Aleluya. Mística y religiones en el rock (Cúpula), un libro donde el prolífico Alberto Manzano (Barcelona, 1950) también plasma el influjo de la espiritualidad en artistas como Patti Smith, Suzanne Vega, Nick Cave, Sinéad O’Connor, Van Morrison y Nico.

El poeta y ensayista recuerda el viaje hacia la muerte —con billete de vuelta— de Johnny Cash, cuando Johnny Cash ya estaba harto de ser Johnny Cash. Hasta arriba de anfetas y somníferos, se adentró en una gruta monstruosa de Tennessee. Allí había un cementerio de los nickajack, masacrados por el ejército estadounidense, y el rey del country solo tenía ganas de morirse y de yacer en aquella sima para siempre, rodeado de los esqueletos de los indios. Entonces, sintió una brisa en la espalda y se dejó llevar por ella.

“Estaba pasadísimo con todo lo que se había metido y se fue arrastrando como pudo, hasta que alcanzó la salida de la gruta y, por fin, vio la luz”, recuerda Manzano. Sucedió en 1967, antesala de su amistad con el predicador evangélico Billy Graham, de sus estudios por correspondencia de teología y de su conversión al cristianismo fundamentalista. Quién se lo iba a decir al alcohólico, drogota y autodestructivo —bendito sea— Cash, a quien el autor del libro dedica menos espacio que al cuarteto de los elegidos.

Manzano —amigo de Cohen, además de su biógrafo y traductor de sus canciones— subraya que podría haber escrito un libro sobre cada artista escogido “para fundamentar los pilares de las cuatro grandes religiones que representan”: el hinduismo de George Harrison, el islam de Cat Stevens, el budismo zen de Leonard Cohen y el judaísmo de Bob Dylan, quien impregnó sus discos de referencias biblícas antes de facturar su trilogía cristiana entre 1979 y 1981: Slow Train Coming, Saved y Shot Of Love.

“También podría abarcar a los artistas italianos, franceses o españoles, pero sería una enciclopedia interminable y no doy para más”, responde entre risas, sin olvidarse de los nuestros, desde el evangélico Peret hasta el supremo Aute. “Su obra es prácticamente sacra. No solo su música, sino también sus poemas y sus pinturas. Luis Eduardo Aute es el Cohen español”, cree Manzano. “Esto es solo el principio… ¡El aleluya!”, ironiza el autor de varios libros musicales y biografías del canadiense, amén de sus poemarios.

Podría hablar largo y tendido sobre el compositor de I’m Your Man, aunque resulta más oportuno preguntarle también por la conversión del resto: ¿por qué abrazaron la espiritualidad?, ¿acaso querían alejarse del mundanal ruido del rock?, ¿tenían un ansia de elevarse o, al menos, de trascender? “Empiezan a trabajar como músicos y, a mediados de los sesenta, se encuentran con la gestación de la era de Acuario, cuando hay un cambio en las mentalidades, en las conciencias y en las sensibilidades de la nueva generación, que también influye en estos grandes poetas del rock“.

Un despertar que se quita las legañas a la par que el movimiento hippie, la psicodelia y las drogas. Una sacudida mística o, como señala el escritor, una “conjunción astral o telúrica” que provoca que se genere un interés por las doctrinas espirituales orientales. “Causado también, muy probablemente, por la gran decepción y frustración que ha supuesto la institución religiosa católica, apostólica y romana”, añade el autor de Leonard Cohen y el zen (Luciérnaga). No hablamos de templos ni de conferencias episcopales, sino de algo más profundo.

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“Al margen de sus circunstancias personales, todo ello suscita una atracción por abrazar las religiones, sobre todo las orientales”, añade Manzano. Sin embargo, quizás hayamos venido aquí para entender los motivos íntimos que los llevaron a probar todo tipo de credos, como otros cataban el amplio repertorio de los estupefacientes. Empecemos por Leonard, de origen askenazí, quien profundizó en el judaísmo, en el cristianismo y, principalmente, en el budismo, aunque también flirteó con el islamismo.

¿Pero quién era el verdadero Cohen? ¿Por qué volver una y otra vez, con lo aprendido, a la casilla de la salida? ¿Estaría buscándose permanentemente a sí mismo? “Era una persona que sufría grandes depresiones y que pasaba de una frenética actividad sexual, social y creativa a otra de angustia, ansiedad e indolente retiro. Entonces se dio cuenta de que necesitaba una absoluta autorreforma”. Y eso lo llevó a beber de todas las fuentes originales, porque, insistimos, no hablamos de instituciones, sino de espiritualidad.

Así, después de ahondar en sus raíces judaicas, llegó el sufismo —la rama mística del islam—, el budismo, la meditación zen y el hinduismo vedanta. Quizás cabría añadir la Iglesia de la Cienciología, donde en 1968 conoció a Suzanne, aunque pronto renegó de la secta. “Y no debemos olvidar que el personaje de Jesucristo ha impregnado muchas de sus canciones a lo largo de su trayectoria”, matiza el autor de Aleluya. Mística y religiones en el rock, quien recurre a la imagen del personaje empachado de sí mismo.

“Leonard Cohen estaba harto de ser Leonard Cohen y, cuanto más dejaba de serlo —producto de treinta años de meditación—, se daba cuenta de que era más feliz”, explica Manzano antes de recordar que hubo músicos que se quedaron en el movimiento —por llamarlo de alguna forma, si bien quizás sea más apropiado decir en la movida— fundado por Ron Hubbard. “A él le ha dedicado discos Van Morrison, un gran fiel de la Cienciología”. Van the Man, mala follá y dianética: Dios nos pille confesados…

No extraña que los músicos abrazasen diversos credos, aunque Cat Stevens —nacido en Londres, hijo de un greco-chipriota y una sueca— solo practicase el islamismo y George Harrison, el hinduismo, si bien el Beatle que se tomó más en serio el asunto siguiese viajando en preferente a bordo del LSD. “En los años sesenta, las drogas fueron un detonante para ampliar la mente y conectar con un mundo que era imperceptible en un estado normal, sin la influencia de esas sustancias”, justifica Manzano.

El judío Dylan, decíamos, se convirtió al cristianismo y llegó a estrechar la mano del papa Juan Pablo II, que de santo —Bergoglio mediante— tenía más bien poco. Ahora bien, ¿deberíamos hablar de un Bob cristiano o de un Dylan en la procura de la espiritualidad? “Desde el principio de su obra, ha estado buscando a Dios”, razona el ensayista y erudito musical. “Es un trabajo espiritual a lo largo y ancho de toda su trayectoria artística, aunque pasa por distintas fases, como otros grandes poetas, pues su búsqueda es constante”.

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En su caso, según Manzano, hablamos de misticismo, que entiende como la máxima expresión de la espiritualidad. “Nunca se sienten satisfechos y tienen una sed insaciable de beber de las fuentes originales de cualquier religión que puedan aportarles algo nuevo que no hayan encontrado en el credo que dejan atrás. Pero, ojo, nunca dejan nada atrás hasta que son conscientes de que han encontrado algo. Entonces, una vez que dan ese paso, se sumergen absolutamente”, subraya el autor de Aleluya.

Yusuf Islam, el artista anteriormente conocido como Cat Stevens. Reuters

Quizás fue el leñazo, como para otros había sido la luz. Dylan sufre en 1966 un accidente de moto que casi le cuesta la vida, se recluye con su familia en su casa de Woodstock y, con un paisaje para enmarcar de fondo, compone su disco místico por excelencia, New Morning. “Esa nueva mañana es una metáfora del nuevo amanecer en su interior”, afirma Manzano, quien consagra sus “maravillosas sonoridades soul y jazz“. El jugo de la conversión es reconstituyente, pero ¿fue la pulpa el opio del músico? Hablando en cristiano, ¿resultó la religión positiva o negativa para ellos, como personas y músicos?

El escritor cree que a nivel interior fue provechosa: “La poesía es el lenguaje del corazón y no hay nada más cercano al corazón que la espiritualidad, por lo que la poesía es también el idioma del espíritu. Todos iniciaron un proceso de búsqueda particular y de encuentro a sí mismos que realizaron a través de un trabajo poético y musical. Es un ejercicio de disciplina, de práctica y de inmersión en un nuevo camino —en este caso, espiritual— con el propósito de alcanzar la unión con el ser supremo. Y eso les ayudó a llevar una vida más plena y digna”.

Otra cuestión es cómo les afectó en el aspecto musical. No tanto respecto al producto facturado —que Manzano entiende refinado—, como a su relación con sus seguidores. Y ahí los artistas salieron perjudicados. Bob Dylan perdió muchos likes por los caminos de Dios —a falta de que Mark Zuckerberg, un señor que no es músico, invente los hates—, la misma suerte que corrió George Harrison, quien en realidad fue el catalizador hinduista de The Beatles, cuya influencia se ve reflejada en Sgt. Pepper’s, desde el sitar hasta la portada. Con matices: Paul McCartney era un tanto reticente a la meditación trascendental.

Curiosamente, Dylan y Harrison —quien se propuso sembrar la semilla de los Hare Krishna en el mundo occidental y produjo Chant And Be Happy, un single del grupo del templo Radha Krishna— concibieron juntos una canción con un toque místico, I’d Have You Anytime. Una composición a varias manos, con letra de George, que no suponía ninguna novedad para el Beatle, pero sí para Bob, quien hasta entonces —durante sus primeros diez años de carrera— no había escrito nada en colaboración con otra persona.

Esto fue en 1969 y Harrison la incluiría en su disco All Things Must Pass. La guitarra eléctrica corre a cargo Eric Clapton, autor de Tears In Heaven, aunque la letra deja claro que el autor no encaja en el cielo, si bien al frente de la superbanda Blind Face compondría Presence Of The Lord, donde encuentra un lugar donde vivir en presencia del Señor. Dylan y Harrison, por cierto, trabajarían juntos dos décadas después en otro grupo integrado por estrellas, The Traveling Wilburys: a saber, Tom Petty, Jeff Lynne, Roy Orbison y ellos mismos. Pero no caigamos en la tentación digresiva y volvamos a los daños colaterales producidos por sus conversiones.

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Los discos ‘Saved’, de Bob Dylan, y ‘Various Positions’, de Leonard Cohen. Archivo

Alberto Manzano retoma el micrófono: “Están tan impregnados e influidos por la religión que, de alguna manera, sus seguidores ignoran el hecho de que cada uno tiene un camino espiritual que no tiene por qué ser el mismo que recorren sus propios fans. Y estos cambios no son aceptados por sus oyentes, quienes de pronto se ven sobresaltados por estos volantazos tan drásticos, evangelistas y de sermón, implícitos en las letras. Y, en muchos casos, provocan una desbandada de sus fieles, quienes no empatizan con el nuevo mensaje”.

En el caso de Cat Stevens, más que de deserciones deberíamos hablar de autorreclusión. Rebautizado como Yusuf Islam, reniega de la música durante dos décadas porque chocaba con su fe islámica, si bien después volvería a tocar porque entendió que podía ser útil para acometer una labor evangelizadora. El autor de Aleluya explica la ausencia: “Se da cuenta de que en el islam no hay ningún resquicio que permita la expresión musical, aunque luego encuentra un atisbo de tolerancia en el gran poeta y músico Abú al-Hasán Alí ibn Nafí —conocido como Ziryab, quien se había asentado en Córboda en el siglo IX—. Ese hallazgo le permitió volver a componer, a cantar y a grabar discos”.

¿Nos han privado esas temporadas de inactividad de discos divinos y canciones gloriosas? ¿Podríamos hablar de tiempo perdido o, al contrario, de una obra posterior que ha crecido gracias al período de reflexión? Manzano cree que el alejamiento madura el esperado fruto: “El trabajo que han hecho estos autores a nivel personal en el ámbito de la espiritualidad es innegable y, de hecho, en sus posteriores trabajos se refleja el nuevo estado de satori o iluminación. Sobre todo en el caso de Cohen, la máxima expresión del realismo místico hecho canción, principalmente en sus últimos álbumes”.

Más allá del respeto hacia las creencias de cada uno, también cabría preguntarse si bajo el viraje hacia las religiones orientales —que para algunos cristianos podrían resultar exóticas y atractivas— subyace cierta actitud naíf. Siempre desde la perspectiva estadounidense o anglosajona del movimiento hippie, la generación beat y toda la mandanga, en su acepción más humeante y volátil. El experto, en cambio, no lo ve así: “Si fuera una actitud ingenua o simplista, estos artistas no habrían desarrollado tal obra, ni se habrían implicado en un camino espiritual”.

Vuelve a Cohen y destaca que tras seis años de reclusión en un monasterio budista se fue a estudiar con un maestro hinduista de la escuela vedanta, Ramesh Balsekar, con quien alcanzó la iluminación. “Hay fuerzas malévolas que hacen ver la religión como una especie de imperialismo. Yo hablo de músicos que beben de las fuentes originales, que no son las instituciones establecidas a partir de las religiones, como la Iglesia católica“, concluye Manzano, un erudito que ha escrito el viejo y el nuevo testamento de Leonard, además de este libro de culto protagonizado también por Dylan, “el ministro del misterio de los asuntos interiores”. Pedazo de cartera, tan buena como su definición del viejo gruñón.

Alberto Manzano, autor del libro ‘Aleluya. Mística y religiones en el rock’. Xènia Argelaga i Rafols

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