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Cuidado con nuestra Torre de Babel

Autor: John Walton

En esta serie, eruditos bíblicos reflexionan sobre un pasaje en su área de especialización que ha sido formativo en su propio discipulado y continúa hablándoles hoy.

Mientras crecía en la iglesia, el relato de la Torre de Babel (Génesis 11:1–9) siempre despertó mi curiosidad. Una de las pocas imágenes en mi Biblia era una representación de la torre de Babel, y pasé muchos sermones reflexionando sobre ella. La imagen era colorida y vibrante, representando una escena animada y llena de personas; un escenario de la industria humana: humo que salía de innumerables hornos, bueyes y hombres que transportaban pesadas cargas de ladrillos, y trabajadores que usaban andamios y cuerdas para construir una estructura de varios pisos de altura.

Años más tarde, en mi trabajo de doctorado, decidí hacer mi disertación sobre este pasaje que tanto había estimulado la imaginación popular, pero que había sido desatendido en los medios académicos. Es una historia increíble; fundamental, pero a menudo incomprendida. Es una de esas historias que asume un gran conocimiento cultural por parte del lector, sin el cual intuitivamente impondremos suposiciones modernas que pueden conducir a una interpretación sesgada.

Hoy, y durante siglos en el pasado, la interpretación común de este pasaje ha sido que los constructores estaban tratando de asaltar los cielos, en una escena no muy diferente de los Titanes de la mitología griega, con cualquier variedad de intenciones dependiendo de la imaginación del intérprete. Fueron juzgados culpables del grave pecado del orgullo y, según algunas lecturas, de negarse a llenar la tierra, desobedeciendo así el mandato de Génesis 1:28. La lección inevitable advierte contra los peligros del orgullo desmesurado, la arrogancia de la ambición y la necedad de la desobediencia.

Sin duda, los humanos son culpables de tales comportamientos caprichosos; sin embargo, según esta interpretación, la torre se reduce a una metáfora de rebelión y extralimitación.

Sentía que faltaba algo importante.

Finalmente, llegué a la conclusión de que tal lectura de este pasaje, a pesar de su amplia aceptación en la interpretación cristiana y judía tradicional, no se sostiene cuando se somete a un escrutinio minucioso, incluido el conocimiento reciente obtenido de los antiguos textos mesopotámicos. Esta historia es sobre algo más.

Ambas ofensas potenciales de los constructores, a saber, el orgullo y la desobediencia, comienzan a parecer explicaciones inestables cuando se les examina de cerca. Génesis 11:4 dice: «Y dijeron: “Vengan, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo. Hagámonos un nombre, no sea que nos dispersemos sobre la faz de toda la tierra”» (RVA-2015).

Las personas «se hacen un nombre» a través de cualquier cosa que les haga ser recordados por las generaciones futuras. Hacernos de un nombre es una frase que habla de honor y reputación admirable. En el Antiguo Testamento, se usa con mayor frecuencia para referirse a Dios haciéndose un nombre, un gran nombre que realza su reputación (ver Isaías 63:14; Nehemías 9:10). En algunas ocasiones, se refiere a Dios haciendo un nombre para alguien (como Abram en Génesis 12:2 o David en 2 Samuel 7:9 y 1 Crónicas 17:8). Siempre es algo positivo.

Image: Ilustración por Jared Boggess

Génesis 11 es el único momento en las Escrituras donde las personas están haciendo un nombre para sí mismas, pero eso no significa que sea inherentemente un acto ofensivo. Cuando agregamos información que encontramos en otros textos antiguos del Cercano Oriente (como La Epopeya de Gilgamesh y La Epopeya de Etana), aprendemos que querer hacerse un nombre es un esfuerzo honorable, caracterizado por buenas acciones y grandes logros. La forma más común en que las personas se hacían un nombre en el mundo antiguo era teniendo hijos; sus descendientes eran los que los recordarían cuando se fueran. No tenemos evidencia para corroborar la idea de que «hacerse un nombre» era inherentemente algo malo en el mundo antiguo, aunque en la cultura actual podemos estar inclinados a pensar en ello como un acto egoísta. En el mundo antiguo era algo similar a dejar un legado.

Cuando dirigimos nuestra atención a su deseo de no dispersarse, nuevamente encontramos poca evidencia de ofensa. Génesis 1:28 es explícitamente una bendición, no una orden de esparcirse la cual estos constructores luego desobedecen. Una bendición no puede ser desobedecida porque no conlleva ninguna obligación. Es cierto que, gramaticalmente, el versículo es un imperativo, pero en hebreo, los imperativos tienen muchas funciones además del mando. En este versículo, llenar la tierra es una cláusula de resultado que indica un permiso ilimitado para ser fructíferos y multiplicarse.

Es cierto que en Génesis 11 las personas no quieren dispersarse, pero eso no es lo mismo que no querer llenar la tierra. Son familia, y las familias se resisten a la dispersión. Vemos la misma renuencia en la historia de Abram y Lot (Génesis 13). En Génesis 11, la renuencia a dispersarse es lo que los motiva a buscar una solución, misma que encuentran lógicamente en la urbanización.

Si querer un legado (hacerse un nombre) y el deseo de comunidad (renuencia a dispersarse) son algo normal e inobjetable, entonces nos queda comenzar desde cero para descubrir de qué se trata este pasaje. Si limitamos el relato de la Torre de Babel a una lección moral sobre el orgullo o la desobediencia, nos perderemos la comprensión más profunda que nos ofrece sobre Dios y nuestra relación con Él. Comenzar con una investigación del mundo antiguo puede proporcionar una nueva dirección.

Al comenzar mi investigación, surgieron dos elementos importantes para iluminar este pasaje de las Escrituras y revitalizar su interpretación. La primera es que casi todos los intérpretes ahora reconocen que torres como la descrita aquí se llaman zigurats y, lo más importante, ahora saben por qué se construyeron.

Los zigurats no eran construidos para que las personas ascendieran al cielo, sino para que el dios descendiera del cielo.

En la antigua cultura del Cercano Oriente, los zigurats eran una parte importante de un complejo de templos. Eran construidos junto a los templos y eran considerados espacios sagrados reservados para los dioses. No eran construidos para que las personas ascendieran al cielo, sino para que el dios descendiera del cielo. La idea era que la torre o zigurat proporcionara una vía por la cual el dios pudiera hacer una gran entrada al templo donde sería adorado.

Una vez que tenemos esa información, no podemos evitar notar que, en el centro mismo del relato, en Génesis 11, Dios desciende (v. 5), pero no está complacido. Las personas no pretendían hacerse un nombre para sí mismas debido al orgullo; probablemente creían que se harían un nombre al proporcionar un medio para que Dios descendiera y fuera adorado. Entonces, ¿cuál es el problema aquí? ¿Por qué Dios está disgustado? Además, dado que no estamos construyendo zigurats hoy, ¿qué significaría este pasaje para nosotros ahora?

Aquí debemos tener en cuenta el otro elemento que hemos aprendido sobre los zigurats. Se creía que el dios bajaba y entraba en el templo para recibir adoración, y en el antiguo Cercano Oriente, la adoración consistía en rituales diseñados para satisfacer las supuestas necesidades de los dioses. Los babilonios, entre otros, creían que los dioses tenían necesidades (comida, vivienda, ropa, etc.) y que los dioses habían creado a las personas para satisfacer esas necesidades. Eso es todo lo que les importaba a los dioses.

La práctica religiosa en este sistema no estaba definida por la fe o la doctrina, ni por la ética o la teología: se definía esencialmente como el cuidado y la alimentación de los dioses. El resultado de esta mentalidad era una codependencia en una relación simbiótica entre dioses y humanos que era completamente transaccional: las personas cuidaban de los dioses, y los dioses protegían a las personas y les brindaban prosperidad. El éxito se encontraba al encontrar el favor de un dios, y ese favor se encontraba al satisfacer sus necesidades; de hecho, todos sus caprichos. Deidades mimadas hechas para ciudades florecientes.

Esto nos ayuda a ver por qué las personas en Génesis 11 creían que construir la ciudad con su torre los llevaría a «hacerse un nombre». Harían que un dios estuviera en deuda con ellos, florecerían y su fama se extendería: serían personas favorecidas por un dios.

El problema no era que quisieran hacerse un nombre. El problema es que para lograrlo, sacarían provecho de su relación con Dios. Y eso es algo con lo que podemos identificarnos. La construcción de espacios sagrados debería estar motivada por querer engrandecer el nombre de Dios, no el nuestro. ¿Cuántos de nuestros grandes esfuerzos en la iglesia: nuestros programas, nuestros proyectos de construcción, nuestros pódcasts de gran alcance, nuestras grandes multitudes se centran en nuestra gloria y éxito, y no en los de Dios?

En mi deseo de ser un intérprete atento y fiel, he aprendido que las narraciones en la Biblia no se leen mejor si se leen de forma aislada. Los narradores las entrelazan conforme a sus propósitos literarios y teológicos. El relato de la Torre de Babel concluye la secuencia de narraciones de Génesis 1–11 y también sirve como conector con los muy diferentes tipos de narraciones que siguen en el resto del libro.

Génesis 1 establece la presencia de Dios en la Creación, un punto que se aclara en Éxodo 20:8–11. Cuando Dios descansó en el séptimo día, no simplemente cesó (shabbat en hebreo) su trabajo; más bien, tomó su asiento en su trono («su reposo»; ver Salmo 132:14). El relato del Jardín del Edén describe personas que viven en un espacio sagrado. Regularmente nos lamentamos de que su acceso a la presencia de Dios haya sido cortado en Génesis 3.

Lo que podemos perder de vista es que en el capítulo 11, los constructores están lanzando una iniciativa para restablecer la presencia de Dios entre ellos. Solo después de muchos años de estudio hice la conexión de que, después de que Dios rechaza la iniciativa equivocada y egoísta del hombre para buscar su presencia, el siguiente capítulo lanza lo que se erige como la iniciativa de Dios: el pacto ofrecido a Abram.

De manera sorprendente para la visión del mundo antiguo, este pacto no se basa en la idea de que Dios tiene necesidades. Él ofrece el mismo tipo de beneficios a Abram que se creía que los dioses ofrecían en el mundo antiguo: ofrece engrandecer el nombre de Abram. Pero hay una diferencia increíble: esta oferta no se basa en un transaccionalismo codependiente, sino que ofrece una forma diferente de estar en relación con Dios.

Aunque las narraciones en Génesis 1-11 a menudo se ven como «historias de ofensas», una lectura alternativa sugerida por el teólogo J. Harvey Walton es que representan estrategias inadecuadas mediante las cuales las personas intentan establecer un orden para sí mismas a través de medios comunes en el mundo antiguo. Ser como Dios (Génesis 3), establecer una familia (Génesis 2), desarrollar la civilización (Génesis 4), construir ciudades y aprovecharse del favor de Dios resultan inadecuados para establecer un orden duradero. Dios había hecho a los humanos a su imagen para trabajar junto con Él a fin de traer el orden que Él mismo diseñó. Sin embargo, los humanos decidieron que preferirían ser contratistas independientes que traerían orden para sí mismos.

Génesis 1–11 rastrea modelos inadecuados para alcanzar el orden, de manera similar a la que Eclesiastés usa para rastrear modelos inadecuados a fin de resolver la falta de sentido. En contraste con estos intentos humanos de encontrar el orden, Génesis ofrece el pacto como el medio para establecer el orden.

Esta comprensión forma un fuerte vínculo entre Génesis 1-11 y Génesis 12-50 acerca de cómo los intentos inadecuados de la humanidad sirven como preludio del único camino exitoso: una relación con Dios a través de un pacto no basado en la necesidad mutua. Se trata de un pacto que eventualmente restablece la presencia de Dios (en el tabernáculo y el templo); un pacto que Dios provee como el medio para traer orden a través de su pueblo.

Si hay una ofensa en Génesis 11, se encuentra en las motivaciones egoístas de las personas que piensan que podrían beneficiarse y construirse una reputación mimando a Dios. Pero quizás aún más importante es la idea de que, una vez más, los intentos de los pueblos de producir orden por sí mismos por sus propios esfuerzos y para su propio beneficio están condenados al fracaso. Dios ofrece el único camino al orden, y es a través de una relación adecuada con Él. Él es la fuente y el centro del orden. Así ha sido siempre, y así será siempre.

A la luz de esta exégesis del texto bíblico y la comprensión de su antiguo contexto del Cercano Oriente, ¿cómo debemos pensar en el relato de la Torre de Babel? ¿Cómo puede nuestro entendimiento del mismo extenderse a través de nuestras vidas como seguidores de Jesús?

Los planes y propósitos de Dios siempre han sido estar en relación y morar entre las personas que Él creó.

Ciertamente, este pasaje nos lleva a darnos cuenta de que, tan a menudo como nuestro acercamiento a Dios apesta a transaccionalismo, tal pensamiento no merece cuartel en nuestra comprensión de nuestra relación con Él. La ganancia potencial en esta vida o en la próxima nunca debe ser el principal motivador de nuestra fe: Dios es digno, y eso por sí mismo debería ser suficiente para que nos comprometamos con Él en todos los aspectos de la vida. Diariamente, me desafía la realidad de que Dios no necesita mis dones, mi atención, mis oraciones, mi adoración o mi compañía. Yo estoy en deuda con Él, no Él conmigo.

Además, debemos reconocer que así como la civilización y la cultura pueden ser instrumentos del orden, también pueden ser perjudiciales. No podemos confiar en ellos para poner orden en nuestras vidas o en nuestro mundo. Encontramos descanso (orden) al tomar el yugo de Cristo, no al tener todas nuestras inseguridades y pruebas resueltas a nuestra satisfacción.

Este pasaje, y todo el libro de Génesis, también nos recuerda que Dios ha planeado desde el principio estar con nosotros. Necesitamos tener una teología de Emmanuel —Dios con nosotros, que refleja su deseo y nuestro privilegio—. Emmanuel no es solo una historia de Navidad. Los planes y propósitos de Dios siempre han sido estar en relación y morar entre las personas que Él creó. Esto se inició en el Jardín del Edén y se reflejó en el propósito del templo. Explotó en una nueva realidad en la Encarnación y alcanzó alturas inimaginables en Pentecostés, cuando Babel se revirtió y las personas se dispersaron por todo el mundo, esta vez no como resultado de un proyecto fallido, sino con la presencia de Dios dentro de ellos.

Anhelamos la culminación de estos planes y propósitos en la nueva creación: «¡Aquí, entre los seres humanos, está el santuario de Dios! Él habitará en medio de ellos y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios» (Apocalipsis 21:3, NVI).

El relato de la Torre de Babel juega un papel en Génesis para ayudarnos a entender lo que significa ser un seguidor de Dios: ser alguien que ha elegido ser un participante en los planes y propósitos de Dios. No es de extrañar que esto sea lo que Jesús le pidió a sus seguidores: renunciar a sus propios deseos y caminos para seguirlo. Su nombre debe ser santificado, no el nuestro; que se haga su voluntad, no la nuestra; que venga su reino, no el nuestro.

Personalmente, tengo el desafío de ser un verdadero seguidor de Jesús al adoptar estas perspectivas sobre la naturaleza de mi fe y la razón de mi compromiso con Cristo. La historia bíblica que me fascinó cuando era niño continúa hablándome muchas décadas después, aunque ahora entiendo su mensaje en términos muy diferentes. Personalmente, me siento desafiado a vivir como un verdadero seguidor de Jesús, y a recordar diariamente que mi fe no se trata de mí, sino del Dios al que busco servir.

John Walton es profesor de Antiguo Testamento en Wheaton College y autor de numerosos libros, incluyendo Ancient Near Eastern Thought and the Old Testament y Wisdom for Faithful Reading: Principles and Practices for Old Testament Interpretation.

Traducción por Sergio Salazar.

Edición en español por Livia Giselle Seidel.

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