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Curiosidades de Sevilla: el hombre que se quedó de piedra por una maldición y dio nombre a una calle

Autor: L. L.

02/12/2022

Sevilla está llena de curiosidades, es uno de esos lugares que siempre tiene algo que descubrir. Plazas escondidas, callejuelas con leyendas, azulejos con historia propias, columnas de antiguos templos romanos, o iglesias que guardan en su interior o en su fachada auténticos tesoros. Además, esta ciudad tiene la peculiaridad que tan solo paseándola se descubren muchos detalles, lo que demuestran el valor histórico y patrimonial de sus calles. Pasear Sevilla es un placer y conociendo sus curiosidades y leyendas mucho más, por ello, en ABC de Sevilla hacemos una parada en el camino entre las noticias, para rescatar una leyenda que quizás algunos no conozcan.

La curiosidad que rescatamos esta semana parte de un elemento que se puede ver en plena calle, y es extraño que paseando por allí alguien no repare en la presencia que nos lleva a escribir estas letras. Nos dirigimos al barrio de San Lorenzo, concretamente en el paso desde la calle de Santa Clara a Jesús del Gran Poder, discurre una calleja larga y estrecha llamada ‘Hombre de piedra’. El nombre lo recibe porque en una fachada, a la altura del número 10 de la calle, justo al nivel de la acera, se encuentra empotrada en una hornacina una estatua de piedra. Aunque tiene los relieves borrosos, se identifica perfectamente el torso de un hombre, de la época romana.

Como indica el historiador José María de Mena en ‘Las calles de Sevilla’ (Editorial Castillejo), desde el siglo XIII y hasta el XV, la calle se llamaba ‘Del Buen Rostro’ y Baños de la Estatua pero en época del rey Don Juan II cambió su nombre al aparecer la estatua del hombre de piedra, junto con la leyenda de su milagroso y dramático origen.

Esta calle, como muchas otras de Sevilla, ha cambiado de nombre con el paso de los años

Esta calle, como muchas otras de Sevilla, ha cambiado de nombre con el paso de los años ABC

Tal y como relata el mismo autor en su libro ‘Tradiciones y Leyendas de Sevilla’ (Ed. Castillejo) para entender la leyenda antes hay que ir a otro lugar de Sevilla, sin salirnos del Casco Histórico. En la Plaza del Salvador, justo en la esquina con la calle Villegas, encontraremos adosada al muro del templo, una cruz de gran tamaño llamada la Cruz de los Polaineros, y bajo ella una lápida, escrita en caracteres y ortografía antiguos, que dice así:

EL REY DON JUAN. LEY II

«El rey i toda persona que topare el Santísimo Sacramento se apee, aunque sea en el lodo so pena de 600 maravedises de aquel tiempo, según la loable costumbre desta ciudad o que pierda lá cabalgadura y si fuere moro de catorce años arriba que hinque las rodillas o que pierda todo lo que llevare vestido…»

Esta lápida explica la tradición por devoción que existía en Sevilla de ponerse de rodillas cuando pasase el Santísimo Sacramento, una piadosa costumbre «de la que no se libraba ni siquiera el Rey ni los más altos caballeros, so pena de perder el caballo y pagar seiscientos maravedises de multa; y el que no tuviera caballo ni bienes, perder la ropa que llevase puesta», traduce De Mena.

Una vez conocida la tradicional reverencia, volvemos a la barriada de San Lorenzo, pero dando saltos en la historia siglos atrás. Nos ubicamos en el siglo XV, en una taberna que había en la calle, por entonces llamada ‘Buen rostro’. Sucedió entonces, que allí se encontraban varios amigos bebiendo vino, lo único que se servía en las tabernas por entonces, cuando por la calle se escuchó al gentío venir desde la parroquia de San Lorenzo. Es fácil identificar el paso de una procesión de estas características, con el tintineo de una campanilla acompañada de un susurro de voces que rezaban.

Como relata De Mena en su leyendas: «Se asomaron los compadres a la puerta de la taberna, y vieron aparecer en el comienzo de la calle, un reducido grupo de personas, con velas y faroles, que iban acompañando al cura párroco, el cual llevaba en las manos y apretada contra su pecho, la cajita del Viático en la que llevaba la hostia para dar la última comunión a un enfermo. Al ver aproximarse la comitiva, los bebedores de la taberna, aunque eran gentes poco religiosas, más dados al vino y al juego que a la piedad, interrumpieron sus conversaciones y se aprestaron a arrodillarse un instante mientras pasaba el Sacramento. Pero uno de ellos, llamado Mateo el Rubio, que se tenía por valiente y era el matón del barrio, haciendo alarde de incredulidad para demostrar su temple ante los otros, no se arrodilló».

«Ea, hatajo de gallinas, que os arrodilláis como mujeres. Ahora veréis un hombre terne. No me arrodillaré, sino que me quedaré de pie, para siempre» cuenta la leyenda que dijo aquel hombre. Y, en efecto, permaneció allí para siempre. La historia cuenta que un trueno ensordecedor estalló sobre la calle, y sobre él cayó un rayo que le convirtió en piedra, y le metió de pie hasta las rodillas en el suelo. «Y allí está todavía el cuerpo petrificado del pecador blasfemo, que se atrevió a desafiar a Dios», asevera De Mena.

Desde entonces, cuenta la leyenda, por este ejemplar escarmiento la calle cambió de nombre y pasó llamarse como hoy la conocemos y pisamos ‘Hombre de Piedra’, donde aún puede verse el testimonio de aquel suceso entre la magia y la realidad.

Interpretación arqueológica

Como todas las leyendas, esta también tiene una explicación terrenal, menos literaria y maravillosa pero más real. Al parecer, el torso de piedra de dicha calle se trata de una estatua romana, que presidió las termas que hubo en ese lugar, y que durante la época árabe aún seguía existiendo lo que dio nombre a unos célebres baños moros, conocidos como ‘Los Baños de la Estatua’.

La estatua está a pie de calle a la altura del número diez

La estatua está a pie de calle a la altura del número diez abc

De cualquier manera, esta historia, lejos de la leyenda, no puede negarse que tiene algo de mágico, tiene mucho de la magia de esta ciudad. Porque este y otros vestigios con siglos a sus espaldas han sobrevivido al paso del tiempo. Sufriendo, como en el caso del hombre de piedra, durante dos mil años en el edificio en cuya fachada aún está empotrado.

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