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Día del Padre: cuando no esté, vas a entender | Opinión | La Voz del Interior

Autor: Natalia Ferreyra

Muchos de nuestros padres –de quienes tenemos entre 30 y 40 años, o más– pertenecen a una generación que estuvo bloqueada con una educación cuasimilitar.

Natalia Ferreyra

domingo, 19 de junio de 2022 hs

“Cuando no esté, vas a entender”. Eso decía mi padre cada vez que discutíamos. Me chantajeaba con la posibilidad de que él dejara de existir. A mí me parecía un comentario manipulador y me enojaba. Él se reía. Me pasé más de la mitad de mi vida peleada con mi padre.

Criticaba hasta la forma que tenía de alentar a su equipo de fútbol: no había necesidad de impregnar la casa con olor a cigarrillo y descomponerse con un clásico. Odiaba que prefiriera ir a jugar los sábados y los domingos antes que llevarme a los partidos cuando intentaba ser una jugadora de hockey.

Papá tenía una vida más allá de nosotros, y me molestaba. Tenía una vida diversa, abierta, compleja, con gustos inimaginados: comer asado sobre un tablón con los amigos de fútbol, hacer más de mil kilómetros para ir a una bodega, mejor mar que río, reír con Francella y cantar la marcha peronista en el supermercado.

Ayer fui al Centro porque necesitaba hacer un trámite. Cuando avancé por la calle Tucumán, en sentido hacia Colón, supe por qué hacía días que estaba angustiada. La cartelería comercial ofrecía zapatos, perfumes, libros y otros objetos del mercado para celebrar el Día del Padre. Empecé a llorar, porque esta vez no iba a renegar con la elección de regalo a papá.

¿Puedo acordarme de todos los días del Padre antes de que se fuera? No.

¿Puedo acordarme de los regalos que le hice? Algunos sí, y la mayoría son los de la etapa del jardín.

Cuando limpié su oficina, encontré esos regalos: un chinito de papel madera que le hice en 1985, que decía “te quiero más allá del cielo, papá”, y una carta donde le explicaba por qué quería empezar a trabajar a los 17 años. Mi padre, el “obse”, había guardado los regalos más insignificantes; los que no se vendían en las tiendas y en los shoppings en tres cuotas sin interés (en el mejor de los casos).

Anoche, el padre de mi hijo abrió un sobre que le había entregado su tía de 75 años. Dentro del sobre, encontró una carta que en 1966 había escrito el Liceo Militar sobre la actitud del Sr. Eduardo, el papá del padre de mi hijo.

Luciano leyó la carta en voz alta y descubrió que su padre había robado 400 pesos a un compañero cadete para comprarse un sándwiche; que el hurto había sido de noche y que lo habían acusado ante las autoridades militares. El caso merecía la expulsión.

El relato militar de un adolescente que desea comer un sándwich mostró lo que pocas veces vemos. Muchos de nuestros padres –de quienes tenemos entre 30 y 40 años, o más– pertenecen a una generación que estuvo bloqueada con una educación cuasi militar (hayan ido o no al Liceo), atravesada de un machismo estéril que condenaba los deseos fuera de la norma (por más que fuera comer un sándwich).

Los efectos saltan a la vista: camadas de hijos y de hijas, reconocidos o no, que claman por amor, entendimiento y escucha.

Quizá con abrazarse más y dejar de pelear alcanzaba, papá. Porque recién cuando no estuviste entendí que la educación emocional que te había tocado era la del esfuerzo, la seriedad y la moral. Por eso, tal vez, tanta cara de ocote los domingos por la tarde.

Esa cara que hoy no extraño, pero que desearía ver, al menos cinco minutos, cuando te entregara un regalo. Hubiera sido un libro, papá; seguramente, el de Cristian Alarcón, El tercer paraíso, para que lo leyeras de corrido y después discutiéramos sobre si vale la pena sembrar tantas plantas para disfrutar de un jardín.

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