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El amor, la política y Colombia después del ataque a las Torres Gemelas | 11S

Autor: Camilo Gomez Forero

11 Sep 2021 – 1:30 a. m.

Los ataques de Al Qaeda a Estados Unidos en 2001 produjeron una cadena de eventos que cambiaron al mundo. Muchos capítulos de esta historia no se han terminado de leer y otros apenas comienzan a escribirse.

La frase “te amo” no volvió a significar lo mismo para los estadounidenses de la generación del 11S ni para quienes afuera del país siguieron de cerca los ataques de aquel fatídico martes 11 de septiembre. Como explica Lisa Bonos, la escritora sobre citas y relaciones de The Washington Post, “fue una de las primeras veces que los estadounidenses obtuvieron una ventana tan visceral a las conversaciones íntimas de otras personas”.

El “te amo”, como el de quienes estaban en los pisos altos de las Torres Gemelas o a bordo de los aviones que secuestraron los terroristas de Al Qaeda, fue la frase más usada para cerrar las llamadas telefónicas en aquella horrorosa jornada, pues la incertidumbre de no volver a ver a sus seres queridos invadió a los estadounidenses, incluso a gran parte del planeta. Escuchar los audios de las víctimas en las noticias transmitía la gravedad de la situación y, como dice Bonos, eso “dejó una marca”.

Dos décadas después, simplemente no hay un área de la vida de los estadounidenses que no haya sido alterada por los ataques del 11 de septiembre de 2001. El amor, por ejemplo, es una de esas áreas. La moda, el deporte, la música, el periodismo son otras entre un listado extenso.

La arquitectura, por ejemplo, se hizo más incluyente. La participación de la ciudadanía ahora importa en el diseño, contrario a lo que ocurría con proyectos como el de las Torres Gemelas donde la palabra de los neoyorquinos no se tuvo en cuenta.

“Los proyectos pertenecen a los ciudadanos”, dijo recientemente Danil Libeskind, el arquitecto polaco-estadounidense encargado de la Torre de la Libertad, el edificio que ocupó el lugar de las torres en la Zona Cero.

Pero, a pesar de que las implicaciones del 11 de septiembre de 2001 fueron tan amplias, tenemos un problema con los medios de comunicación: las mismas historias suelen tomarse el despliegue noticioso cuando se acerca la fecha del aniversario.

No es que eso esté del todo mal. Se necesita recordar cómo ocurrió el evento que cambió al mundo, en especial cuando toda una generación que no vio los ataques en directo se hizo mayor de edad y se puede preguntar por qué todo funciona así. Esta semana lo experimentamos y quizás usted también lo ha visto. Se ha recordado, de manera insistente, cuáles fueron los cambios de seguridad en los aeropuertos y en los aviones.

El problema con esto es que hay otras áreas importantes que se reconfiguraron tras los ataques y que han recibido un cubrimiento más moderado o que apenas están siendo exploradas. Y estas, por otro lado, presentan en ocasiones debates urgentes y grandes que son opacados por la repetición de las imágenes de aquel día y la reconstrucción de los hechos, cuya reproducción constante, dentro de otras cosas, les causa dolor a las familias de las víctimas. Ahí, por ejemplo, ya tenemos un primer gran debate sobre el ejercicio de los medios. ¿A qué áreas deberíamos prestarle atención?

Sin duda la seguridad es una de ellas. Pero no solo las reformas de seguridad en los aeropuertos. Luego de los ataques, Estados Unidos vio una ola de patriotismo en sus líderes que prometieron “defender la democracia”. Sin embargo, dicha defensa se transformó después en la mayor amenaza para esta “democracia”.

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Juntos, el Congreso y la Casa Blanca facilitaron una expansión del poder Ejecutivo con la que el presidente tuvo mayor capacidad de decidir si lanzaba acciones militares. Esto permitió que los tres presidentes antes de Joe Biden (George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump) ordenaran acciones militares en el extranjero sin la aprobación del Congreso. Y esto es muy grave. Gracias a esto fue que el expresidente Trump lanzó un ataque con drones contra el general iraní Qassem Soleimani. Ignoró por completo la supervisión del Comité de Asuntos Exteriores. No debería ser así.

Sin embargo, como explican las analistas del Instituto Brookings Sarah Binder y Molly Reynolds, “el Congreso en general se ha sentido cómodo dejando que el presidente use el poder de manera expansiva (…), pues los legisladores no quieren que se les culpe por operaciones militares potencialmente impopulares”. Mantener esta resolución, cabe resaltar, permite que no se responsabilice a los presidentes por sus decisiones, como la caótica salida de Afganistán.

No es la única crisis que afronta el Legislativo en este momento y que pasa inadvertida. Tras los ataques, el Congreso tuvo una reconfiguración burocrática para aprobar más gastos en el presupuesto de Defensa. En 2001 se creó una cuenta de “operaciones de contingencia” que, para resumir la historia, permite eludir las restricciones de gasto presupuestal oficiales aplicadas al Pentágono. Un poco más en castellano: a través de dicha cuenta puede fluir el dinero sin límites. No existe un tope para los gastos militares, lo que da paso a, más que un exceso, un completo derroche de dinero sin control.

Como explica William Galston, experto en estudios de gobernanza del Instituto Brookings, “sería ingenuo pensar que, de otro modo, todo este dinero se habría destinado a un uso productivo en la política pública nacional o en el sector privado (…) pero debido a que la política interna no tenía tal válvula de escape (la famosa cuenta), se vieron afectadas importantes funciones gubernamentales”. Galston se refiere a que como no había topes para el gasto militar, se movió mucho dinero al sector de Defensa y se olvidó llenar las reservas en otros sectores como salud. Las reservas de este Departamento estaban casi vacías cuando el país más las necesitaba.

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A través de los gastos de “seguridad” también llegamos al uso del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), creado después de los ataques. En primer lugar, este Departamento no cuenta con comités de supervisión. Esto conduce a que haya menos rendición de cuentas por parte de las agencias y subagencias que conforman el DHS. El Departamento de Seguridad Nacional ha aumentado los sistemas de vigilancia desde su fundación. Los estadounidenses hoy enfrentan un escenario de seguimiento constante y pérdida de su privacidad, incluso de sus libertades por quienes prometieron “defender la democracia”. Según la Unión de Libertades Civiles de Nueva York, la ciudad tiene una cantidad diez veces mayor de cámaras de vigilancia a la que había antes de los ataques. Hay un despliegue más grande de seguridad, sin transmitir esa sensación a los ciudadanos. Hay mucha menos privacidad.

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La larga sombra del 11S se extiende a la política exterior, una de las áreas que sufrió más alteraciones en estas dos décadas. El mayor cambio fue para las relaciones de Estados Unidos con el mundo árabe y los musulmanes. Como señala Mina Al-Oraibi, columnista de Foreign Policy, después del 11S, la política de Washington hacia estos dos grupos se basó en el “culpable hasta que se demuestre inocente, aun cuando dichos países han sufrido más actos de terrorismo que Estados Unidos”. Y esto incrementó las tensiones en todo el mundo. La percepción de los musulmanes como agentes vinculados a grupos terroristas creció en todos los continentes.

“Tenía 4 años cuando se derrumbaron las Torres, así que no recuerdo mucho de ese día. Lo que sí recuerdo es haber crecido a la sombra del 11S como un joven musulmán-estadounidense al que constantemente se le pedía que explicara o se disculpara por los actos terroristas (…) como si de alguna manera yo pudiera compartir alguna relación o empatía con alguien que fuera responsable de un sufrimiento humano tan generalizado”, describe Zahir Rasheed, asistente de investigación y prensa en la revista American Progress.

Otra área que no ha sido explorada lo suficiente, y que hasta ahora comienza a revisarse, es la de cómo los hechos del 11S sirvieron para abrir grietas en América Latina. Rafael Piñeros, profesor de relaciones exteriores de la Universidad Externado de Colombia, recuerda que en Lima, Perú, se llevaba a cabo una reunión de la Organización de Estados Americanos precisamente ese 11 de septiembre. En la reunión se adoptó la Carta Democrática Interamericana, y a partir de allí se le dio un peso importante al Sistema Interamericano, al Sistema de Derechos Humanos, pero hubo una fuerte presión para que se incluyera la lucha contra el terrorismo en esa resolución, cosa que no se logró. Allí la grieta comienza a abrirse, dice Piñeros.

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“Países con problemas internos, como Colombia, sí trataron de aprovechar esa lucha contra el terrorismo. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, el Ejército de Liberación Nacional y las Autodefensas Unidas de Colombia fueron definidas como grupos terroristas. Ahí se produjo un primer acercamiento con esa campaña que pretendía librar Washington. Si bien no hubo tropas colombianas en Irak y Afganistán, Colombia tuvo una posición mucho más condescendiente con la lucha contra el terrorismo que los países del cono sur, quienes consideraban que este no era un problema significativamente regional”, señala Piñeros.

Colombia, que estaba en medio de una campaña electoral, comenzó a respaldar la guerra contra el terrorismo trayéndola al territorio local. La figura del expresidente Álvaro Uribe Vélez, que recién estaba surgiendo, fue clave para continuar con el apoyo a dicha campaña. El exmandatario llegó a comparar incluso los ataques contra las Torres Gemelas con el de las masacres de las Farc en Bojayá o el atentado a El Nogal, por ejemplo.

“Nuestro problema es una amenaza internacional. Si Colombia no frena el terrorismo, este pondrá en dificultades a las democracias de la región”, dijo ante la ONU. “Al Qaeda = Farc”, tuiteó ya fuera de su cargo.

El mundo recuerda a las víctimas de las Torres Gemelas y nosotros también a las de Bojayá,ElNogal, etc.Al-Qaeda:Farc

— Álvaro Uribe Vélez (@AlvaroUribeVel) September 11, 2012

Y Estados Unidos recibió con agrado esa postura a través de su embajadora en Bogotá, Ann Patterson. En entrevista con El Tiempo, Luis Alberto Moreno, exembajador de Colombia en Washington de 1998 a 2005, habló sobre cómo se reconfiguró la relación entre estos dos países y cómo durante el período en el que él estuvo en ese cargo la guerra contra el narcotráfico y la guerra contra el terrorismo se volvieron una sola.

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El problema con todo este cambio de posturas, y fue una condición general en el mundo, es que se comenzó a usar el discurso del “todo vale” frente a las amenazas terroristas, y tal retórica le traería problemas a Colombia años después con la Operación Fénix y la Operación Jaque en los que se violó la soberanía de Ecuador. Todo, desde estas acciones militares en territorios de naciones vecinas hasta violaciones a los derechos humanos se justificaron por la “lucha contra el terrorismo”. Pero ahí no se detuvo la grieta en América Latina.

“Se comenzaron a ver diferencias en términos de la lucha contra el terrorismo y así nació una necesidad de los países de la región para diversificar sus relaciones, sea con China o con Rusia, con el que rompiera con esa hegemonía estadounidense”, señala Piñeros.

Luego de las diferentes posturas sobre la lucha contra el terrorismo llegaron otras más por cuestiones económicas. La región comenzó a ver a Beijing, a Moscú y a otros lugares para ampliar sus horizontes. En 2005, por ejemplo, se rompe el consenso para crear una área de libre comercio para las Américas. La fragmentación continúa. Y, para rematar, comienzan a verse los efectos derivados de la Ley Patriota y los programas de vigilancia adoptados por Washington para luchar contra el terrorismo en sus relaciones internacionales.

“La Seguridad Nacional estaba dispersa en el abanico de agencias de Estados Unidos hasta que se creó un departamento para ello. Ahí nacen, por ejemplo, los programas de escuchas y de espionaje. Estados Unidos espió incluso a sus aliados más cercanos. Es como decir que el hermano espía las comunicaciones de su hermana. Washington tuvo problemas por esto con Francia, con Alemania, con Reino Unido y especialmente con Dilma Rousseff al final de su mandato en Brasil, porque básicamente Estados Unidos espió la misión diplomática de Brasil para ver qué postura tenían frente a la lucha contra el terrorismo y ver cómo podían presionar diplomática y políticamente por su apoyo a los países. Ese fue un hecho muy grave”, explica Piñeros.

Preguntarse hoy por cuál es el legado de los ataques del 11 de septiembre es un ejercicio agotador. No hay un único legado, pues hay muchas áreas por explorar. Este episodio de la historia humana sencillamente cambió el mundo por completo. Hay un antes y un después de las Torres Gemelas, y es imposible cerrar el libro todavía. Docenas de capítulos todavía se están escribiendo. Ahora Biden tiene la misión de reorganizar la burocracia que se generó hace 20 años y que no es buena para su país. Es tiempo de corregir los errores del pasado.

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