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El Barça no mancha la pelota y jugará la final de Copa

Autor: ELMUNDO

Barcelona – Sevilla (3-0)

  • FRANCISCO CABEZAS

    Barcelona

Actualizado

Piqué rescata a los azulgrana en el minuto 94 y Braithwaite frustra después a un Sevilla que jugó la prórroga con uno menos (3-0).

Piqué marca el 2-0 para forzar la prórroga en el 93.

Piqué marca el 2-0 para forzar la prórroga en el 93.
AP

Los futbolistas del Barcelona hicieron mucho más que levantar frente al Sevilla el 2-0 de la ida que les permitirá jugar la final de Copa. Negaron a todos aquellos dirigentes que hicieron de la desvergüenza la razón de ser del club. La pelota no se mancha. Ter Stegen evitó el funeral en el Camp Nou. El gol de Piqué en el 94 tuvo el impacto emocional del testarazo de Sergio Ramos en Lisboa. Lo celebró con los ojos inyectados en sangre y frente a la cámara, como si quisiera emular el exorcismo de Maradona en el Mundial del 94. Y el destino quiso que Braithwaite, bendita metáfora de este tiempo, fuera quien zanjara la clasificación azulgrana en la prórroga cuando los andaluces ya tenían que malvivir con un hombre menos. El Barça se ganó el cielo. [Narración y estadísticas (3-0)]

Bartomeu hizo todo lo que pudo para arrastrar al Barcelona a la más absoluta miseria. Deportiva, económica, moral, qué más da. Él seguía durmiendo a pierna suelta mientras sus secuaces tramaban listas de enemigos a quien difamar. Semejante empeño llevó al ex presidente a probar el colchón del calabozo. Ya desde su casa, sin embargo, quizá pudo ver cómo de entre los escombros emergía un equipo que ha optado por rebelarse contra el bochornoso comportamiento de los que fueran sus capataces. No hubo más que ver a Koeman en la banda. En pie y orgulloso ante el comportamiento de unos futbolistas que honraron su oficio.

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El primer acto del Barcelona ya fue maravilloso. Y no porque el Sevilla no plantara cara. Ni mucho menos. Simplemente, los azulgrana entendieron que, más allá de tratar de levantar la eliminatoria, debían disfrutar. En la vida se disfruta cuando uno se libera, cuando se es valiente sobre el cadalso.

Pedri no juega como un niño que lo fía todo a una acción barroca que le conceda el elogio, sino como el genio veterano que hipnotiza al rival con una finta. En Pedri se adivinan aquellos rasgos que hicieron de Iniesta un futbolista sin igual. Fue precisamente el canario quien dejó en Babia a Fernando con un giro que dejó clavado al mediocentro en la incomprensión. Lo que vino a continuación fue del todo inesperado. O quizá no tanto siendo Dembélé el encargado del punto final.

Puro Dembélé

El francés es un futbolista desordenado, caótico e incomprensible. Por eso provoca adicción. Nada atrae más que las cosas que no entendemos. Dembélé se puso a regatear a trompicones en el área sin que los defensores supieran bien qué hacer para quitarle un balón que se negaba a alejarse de su dominio. Dembélé, en vez de correr hacia adelante, lo hizo hacia atrás. Ganó así unos metros e hizo creer a sus tres defensores que todo había acabado. Hasta que todos ellos descubrieron que Dembélé preparaba su obra maestra. A pie parado, con aquella ejecución que trasladaba la memoria al toque celestial de Ronaldinho en Stamford Bridge, el jugador más guadianesco del mundo clavó el balón en la escuadra. La inmensidad del Camp Nou hizo llegar a los allí presentes un grito de bendición.

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Ese primer gol, que había llegado en pleno acoso barcelonista, ni mucho menos intimidó al Sevilla. Encomiable era el esfuerzo de Acuña, que sacó un gol a Messi bajo palos. Jordán se agigantaba en la zona ancha pese a los esfuerzos de Messi, mientras que Koundé y Diego Carlos comenzaban a crecer en la frontal.

Koeman intuía que ese 3-5-2 que tan bien le funcionó en la Liga en el Pizjuán iba perdiendo eficiencia a medida que la energía de sus futbolistas se agotaba. Lo vio Lopetegui, insaciable con la pizarra, que aprovechó la lesión de Aleix Vidal al comienzo del segundo acto para efectuar un triple cambio. Rakitic, Rekik y Jesús Navas debían permitir obtener superioridades en el eje. Y también en ataque, con la irrupción después de Ocampos. No se quedó de brazos cruzados Koeman, que también intervino. Rescató el 4-3-3 y dio una nueva oportunidad a Griezmann. Acertó.

Celebración del gol de Piqué que forzó la prórroga.
Celebración del gol de Piqué que forzó la prórroga.

La recta final fue un infierno psicológico. Alba casi destroza el larguero con una guillotina en el área. Ocampos tuvo la sentencia. Mingueza, todo fe, le derribó en el área. El argentino se encontró sin embargo con Ter Stegen en su papel mesiánico. Lopetegui se desgañitaba mientras reclamaba la expulsión del canterano azulgrana, que ya tenía una tarjeta amarilla.

Los azulgrana vieron la luz. Al Sevilla, hecho ya un guiñapo, se le incrustaba el miedo en el cuerpo. Intuyó lo peor con la expulsión de Fernando en el 93, preámbulo del dulce centro de Griezmann al que Piqué respondió con el cabezazo que llevaba la noche a la prórroga. Lopetegui sólo vio la entrada al matadero. Braithwaite buscó el pase de Alba como si su vida dependiera de ese gol. Y un rebote en la mano de Lenglet que no fue penalti acabó de desquiciar a un Sevilla que se topó con un rival inesperado. El corazón del Barça.

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