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El debate sobre la violencia política en EEUU

Autor: Politica Exterior

Para Barbara F. Walter existen las condiciones para que en Estados Unidos estallen violencias que, sin desembocar necesariamente en una guerra civil totalizadora, no serían menos peligrosas. Los extremistas que podrían desencadenar ese proceso están cada día más organizados. Su objetivo final es que los ciudadanos opten por un bando u otro.

Barbara F. Walter es una reconocida especialista en guerras civiles de la Universidad de San Diego (California). Durante décadas ha estudiado los conflictos en Europa, África, América Latina y Asia, pero después de que el 6 de enero de 2021 varios miles de personas armadas tomaran por asalto el Congreso de Estados Unidos para impedir que se formalizara la victoria de Joe Biden en las elecciones, decidió enfocarse en su propio país. El punto de partida era complicado: en Estados Unidos, “guerra civil” remite inmediatamente a la que tuvo lugar entre 1861 y 1865.

Esta fue una guerra totalizadora e implicó al conjunto de la sociedad, con un terrible impacto en víctimas mortales, heridos y destrucción. Una guerra de este tipo resulta impensable actualmente en Estados Unidos. Además, para muchos ciudadanos de este país, y del mundo, resulta imposible creer que puedan suceder insurgencias, separatismos, acciones de guerrilla, secuestros o asesinatos de políticos luego de “juicios populares” y fracturas del sistema democrático hasta el límite de ponerlo en cuestión.  Esas son cosas de “estados frágiles”. Sin embargo, esas cosas están ocurriendo, y en Estados Unidos hay un fuerte debate sobre la violencia en medios políticos, académicos, think-tanks y hasta  entornos empresariales. El Financial Times informó el 6 de octubre de que consultoras de corporaciones internacionales ya incluyen a Estados Unidos como “país de riesgo”.

¿Por qué estalla una guerra civil?

El 75% del libro de Walter trata sobre las condiciones que generaron guerras civiles en Irak, los Balcanes, Myanmar y otros países a partir de datos, estadísticas y trabajo sobre el terreno. Los factores claves que identifica son:

las crisis de sistemas democráticos “capturados” por partidos y políticos populistas que usan procedimientos democráticos para llegar al poder y luego tratar de acabar con ellos. A estos regímenes les denomina anocracias: “no son ni autocracias plenas ni democracias, sino algo intermedio”. Desde Brasil a Hungría, y de Filipinas a la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos, es un modelo que se expande.

la formación de facciones alrededor de identidades excluyentes con revisiones tergiversadas de la historia (por ejemplo, negar que en Estados Unidos hubo esclavitud), alentadas por redes sociales, noticias falsas y un flujo masivo de teorías conspirativas que incrementan las posibilidades de enfrentamientos violentos con grupos —por ejemplo, la población negra— que pueden sentirse amenazados.

 -el nacionalismo étnico y su expresión a través de esas facciones. En el caso de Estados Unidos se materializa en el racismo contra la población negra, latina y musulmana, y en la consideración de que los votantes liberales del Partido Demócrata no son verdaderos “americanos”. En el Partido Republicano crece una tendencia que preconiza que Estados Unidos debe ser una “república” pero no una democracia, ya que este último concepto encubriría al comunismo y el multiculturalismo que aspiran a destruir el país.

Nacionalismo e identidades

El nacionalismo étnico, dice Walter, “no se afianza en un país por sí solo. Para que una sociedad se divida de acuerdo con las líneas de identidad se necesitan portavoces: personas que estén dispuestas a hacer llamamientos discriminatorios y a aplicar políticas discriminatorias en nombre de un grupo en particular. Por lo general, son personas que buscan un cargo político o intentan permanecer en el mismo”. Esto es lo que hacen el expresidente Trump y la serie de políticos que bajo su figura se preparan para las elecciones de mitad de término en 2022 y las presidenciales de 2024.

En un reciente artículo en The New York Review of Books, Steven Simon (Massachusetts Institute of Technology) y Jonathan Stevenson (International Institute of Strategic Studies) explican que “hay una profunda tensión que viene de lejos entre la ideología cristiana y blanca supremacista que se ha desarrollado justificando la esclavitud, y una amplia base multiétnica de resistencia a ella”.

No hay una sola definición de guerra civil, pero se trata de un conflicto violento entre grupos organizados que, dentro de un país, luchan por controlar el gobierno. Definiciones más actuales consideran que grupos políticos y armados pueden querer controlar parte del país, generar caos u obtener beneficios (por ejemplo, del crimen organizado) sin que el objetivo claro sea alcanzar el poder.

En Estados Unidos hay centenares de milicias o grupos armados organizados de ultraderecha que cuestionan al Estado y, basándose en una enmienda la Constitución del siglo XVIII que permitiría a los ciudadanos portar armas, el principio del monopolio que este tiene del uso de la fuerza. Una serie de milicias en Estados Unidos se consideran a sí mismas “aceleradoras” de la violencia.

Según estudios recientes, el número de armas (muchas de ellas de guerra) en manos de la población civil supera el número de habitantes (390 millones). Institutos como Brookings y el Center for International and Strategic Studies (CISS) subrayan el peligro de estas milicias antigubernamentales. Crece, entre tanto, la alarma por las muertes violentas en escuelas y lugares públicos, que incrementan la percepción de inseguridad: ante cada asesinato masivo crece la venta de armamento.

« El número de armas (muchas de ellas de guerra) en manos de la población civil supera el número de habitantes (390 millones)»

Gran parte de la gente armada votó por Trump en las últimas elecciones (70 millones de votantes) y no cree que Biden haya ganado. Según diversas encuestas, un alto número de personas consideran que deben usar la violencia para salvar al país del “comunismo del Partido Demócrata”. Por eso se preparan para que ese supuesto fraude no se repita en 2022 y 2024, y por eso el Partido Republicano está imponiendo en numerosos estados restricciones al derecho al voto de negros y jóvenes y usa la intimidación para hacerse con el control de las mesas electorales. Los republicanos, además, se han aliado con las organizaciones más extremas que propugnan la agenda cristiana evangélica: los demócratas y liberales son considerados impíos que desafían las reglas divinas, convirtiendo la confrontación política en una guerra santa de identidades.

Las confrontaciones de identidades, que para Walter son claves en generar violencia entre grupos sociales, giran alrededor de las denominadas “guerras culturales” sobre la migración, los modelos de sexualidad y familia, el derecho o la restricción del aborto, el papel de la mujer en la sociedad, la revisión histórica de la esclavitud, programas educativos, el supuesto derecho a la posesión de armas por parte de los ciudadanos o el rechazo a aceptar que existe el cambio climático, entre otros temas.

Los otros dos factores que Walter aborda en su libro (acompañados por una avalancha de estudios) son, primero, la desposesión estructural de empleo en el sector industrial, con la consiguiente precarización debido a la deslocalización de la producción a China y otros países del Sur y la incorporación de la robotización y la inteligencia artificial en los procesos productivos. Segundo, la pérdida de confianza, del sentido de pertenencia en una sociedad fragmentada, de la esperanza en el país y en el futuro, temas que George Packer ha indagado en sus libros El desmoronamiento (Debate, 2013) y The Last Best Hope (Penguin, 2021), y Alex MacGillis en Estados Unidos de Amazon (Península, 2021).

Walter ha generado una fuerte polémica. Para esta autora existen las condiciones para el estallido de violencias, no necesariamente una guerra civil totalizadora, pero no menos peligrosas. “Los extremistas de Estados Unidos —afirma— se están volviendo más organizados, más peligrosos y decididos, y no van a desaparecer”.  No hay indicios de que las fuerzas armadas se implicaran institucionalmente en un conflicto interno (aunque decenas de oficiales retirados participaron en el asalto del 6 de enero), y no parece posible una guerra convencional: “los combatientes no se agruparán en campos de batalla ni usarán uniformes, ni siquiera habrá comandantes. Se moverán en las sombras y se comunicarán mediante códigos encriptados”. El objetivo final: que los ciudadanos tomen partido.

Este libro merece especial atención en Europa. Por una parte, debido al auge de movimientos, partidos y políticos de ultraderecha que usan el mismo discurso de odio, el nacionalismo étnico excluyente y un antiliberalismo destructivo de la democracia. Por otra, porque la crisis interna en Estados Unidos tendrá repercusiones en su política exterior y de defensa, por ejemplo, y se encerrará o será más agresivo hacia el exterior. O las dos cosas al mismo tiempo.

Mariano Aguirre es associate fellow de Chatham House y coordinador de la Red Latinoamericana de Seguridad de la Fundación Friedrich Ebert.

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