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El Infierno Musical/Por Claudio García

Autor: APP

Viedma.- (APP) Aunque nadie lo sabe en mi casa hay un fantasma. Estoy seguro que es Jerónimo  van Aken, más conocido por El Bosco, aquel gran pintor holandés que murió hace ya más de 500 años. Que me eligiera no me asusta, al contrario,  constituye un orgullo, supongo porque sabe que el tríptico El Jardín de las Delicias  que pintó al óleo sobre madera es para mí una obra súper genial, sobre todo el postigo derecho que se suele denominar El Infierno Musical. Desde que lo descubrí, siendo muy joven, me obsesionó, sus imágenes del más puro surrealismo -o protosurrealismo si tenemos en cuenta que ese movimiento artístico surgió formalmente a principios del siglo XX-,  conquistaron mi cabeza y suelo reflexionar y soñar sobre ellas. El Bosco se manifiesta hablando en sueños o en momentos de la vigilia en que me encuentro solo en la casa. Por supuesto que no lo hace en neerlandés, sino en mi idioma, el que aprendió seguramente porque quería comunicarse conmigo. En la vigilia sólo se expresa con la voz, nunca puedo verlo, ni siquiera con una imagen difusa. Sí se aparece como un par en sueños. En El Infierno Musical –quien desconoce el tríptico El Jardín de las Delicias puede fácilmente enterarse de qué se trata a través del cada vez más grande mundo virtual- el centro del postigo lo ocupa un gran huevo hueco roto a su izquierda, como la copa de dos troncos de árboles blancos, ahuecados también, apoyados en su base sobre botes. Esa es la primera impresión, después uno se da cuenta que se trata de un hombre-árbol ya que la punta del huevo a la derecha la corona una gran rostro humano y  el tronco que se encuentra en primer plano está torneado como una pierna –son claros las formas de la rodilla y el muslo-. Ese rostro que nos mira está pintado con detalle, con lo que uno presume que El Bosco pintó a un conocido en particular o se trata de su propia cara –uno tiende a imaginar la proyección joven del único autoretrato conocido de Jerónimo van Aken ya anciano-. La cabeza de ese rostro está cortada en su frente, apenas arriba de los ojos, por la tabla redonda de una mesa, al modo de un sombrero, donde pasean unas pocas personas y monstruos, casi sobre el borde, alrededor  de una rústica gaita que corona esa tabla y que asemeja una breva o un testículo, del que asoma también otro personaje. ¿Es El Bosco ese rostro que nos mira? Con la vista que torna del centro a su derecha, claramente mira al espectador, lo que recuerda que todas las pinturas nos miran tanto como son miradas. Creo que es El Bosco el que asoma del huevo ahuecado, acodado sobre el borde con la cara sobre la barbilla, con cara de aburrido, porque una vez en un sueño, el fantasma de El Bosco me habló desde ese lugar. Me encontraba a su lado, acodado también sobre el borde del huevo roto, nos miramos y él me dijo: “Sos un entrometido en este huevo, aunque agradezco tu compañía. Te voy a confesar, cuando era niño y mi madre  sonreía me hacía pensar que nunca iba a encontrar en el mundo cosas como el mal, la fealdad, los pecados con que nos amenazaba tanto como nos atemorizaba en forma permanente la iglesia. Ya grande, abriendo en el mundo mi propio camino, obviamente descubrí en gran parte de las personas la fealdad, el mal, los pecados, el solazarse con causar daño al prójimo, ni un rictus de la esperanzadora sonrisa de mi madre. Muchos dicen que he pintado monstruos que surgieron de pesadillas, imágenes retorcidas de los mundos del demonio y los infiernos que con base en la Biblia han  encontrado énfasis en los sermones y advocaciones de clérigos y obispos, siempre dispuestos a convertirnos en ovejas asustadizas, pero no, los monstruos son sólo símbolos de la naturaleza normal y corriente que encuentro en los hombres. La naturaleza del mal domina al hombre y por eso se encuentra fácilmente, aquí y allá, sin necesidad de la tentación del diablo”.

-Recordar
la sonrisa de tu madre constituye un bálsamo cuando los hombres te descubren su
naturaleza. No fue un presagio de un buen mundo, pero por lo menos esa sonrisa
en tu memoria es algo así como un tesoro o un refugio que no todos tienen la
suerte de poseer-le dije-. Te agradezco que me revelaras las cavilaciones que
te perturban.

Luego
el sueño se volvió difuso y desperté. Sobre la casi certeza que ese hombre
acodado en el huevo hueco es El Bosco tengo otra prueba. Una vez, mientras
tirado en la cama leía un libro, llegó de pronto la voz de El Bosco: “En mi
tiempo sólo se nos permitía leer la biblia, no había mucho más para los pocos
que fuimos instruidos”…

-¡Miren
quién apareció, el fantasma del hombre acodado en un huevo! –exclamé primero
antes de referirme a su comentario-…

No
me corrigió al llamarlo de esa manera, de allí que casi con seguridad El Bosco
sea nomás el que con cara de aburrido es parte de la figura central del postigo
del hombre-árbol.

Muchas
veces no necesito esperar que El Bosco se digne a hablarme, soy yo el que
empieza a parlotear como convencido que está escuchando y aunque no siempre
responde, a veces sí.

-¿Sabés?-
dije una vez- Hace unos años estuve obsesionado con una mujer.  La conocí por un encuentro casual donde no
importan las circunstancias, fue un amorío rápido, la conexión sexual se impuso
y estuvo muy buena, nos despedimos sin intercambio de teléfonos, direcciones,
ni nada. Pensé que allí quedaría la cosa, un recuerdo difuso que se iría
perdiendo entre otras vivencias sin importancia. Pero no. Al poco tiempo no
hacía más que pensar en ella. Me quemaba por dentro su imagen, moría por verla
de vuelta a la vez de deprimirme por no saber cómo empezar para hallarla, salvo
pasar seguido por el lugar donde se dio el azar de cruzarnos y relacionarnos
rápida y fugazmente. Y eso hice…

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Me
quedé callado unos segundos y así constaté que El Bosco se encontraba en el
lugar y me estaba escuchando.

-¿Qué
hiciste?- preguntó-. Estoy intrigado.

-La
busqué por todos lados. Deambulaba por la ciudad. Prestaba atención a la
interminable cantidad de mujeres que iban y venían sin encontrarla. Y de hecho
pasaron meses sin tener suerte y, aunque lo creyera imposible, por todo lo que
me torturaba al no poder encontrarla, de a poco esa pasión torturada se fue
entibiando y luego, un día, así como así, se apagó. No la busqué más. Y como
suele pasar, cuando ya no la buscaba, un día al azar la vi sentada con otro
hombre en un banco de la plaza. Era evidente que eran pareja, había empatía,
ciertos arrumacos, sonrisas y besos fugaces. Pero, bueno, ya no importó.

-¿Y
a qué viene la historia?- preguntó.

-En
El Infierno Musical…

-Yo
no titulé a ese postigo con ese nombre- me corrigió-.

-No
importa- repliqué-. Así lo han denominado los críticos y a mí me parece bien.
Por lo que yo entiendo de la obra es un nombre bastante acertado, pero lo
importante, te guste o no, es que sabés a qué me refiero, así que ya que
preguntaste, escuchame… Decía que en El Infierno Musical hay un arpa y un
hombre atrapado en sus cuerdas, como un bicho en la tela de una araña con
cierta similitud a la imagen  un hombre
crucificado, aunque con los brazos un poco más estirados hacia lo alto que en
forma horizontal, ¿te acordás?..

-Sí,
yo lo pinté-me dijo, y lanzó una risa por su ironía-. Pero todavía no entiendo
qué tiene que ver con lo que me contaste.

-Que
cuando me encontraba obsesionado por esa mujer, muriendo por dentro por las
ganas de volver a encontrarla, recordé esa imagen y me identifiqué
inmediatamente, yo me sentía así, un hombre atrapado entre las cuerdas del arpa…

-Muchos
dicen, no voy a aceptar ni negar, que utilicé los instrumentos como
herramientas de castigo por los pecados del hombre, especialmente las distintas
facetas de la lujuria, y de hecho hay muchas imágenes explícitas en el postigo
en este sentido de instrumentos torturando a uno y a otro. Que relaciones ese
sentimiento de sentirte atrapado por la imagen de una mujer con la de un hombre
atrapado entre las cuerdas de un arpa, parece medio rebuscado, pero, bueno, lo
entiendo, quién más que yo sabe que todas las mentes deambulan por senderos a
veces incomprensibles y asociaciones extrañas…

-Hay
mucho de esa asociación, seguramente, también está lo del arpa, ese instrumento
se relaciona siempre con lo celestial y, para aquellos que no somos creyentes,
con lo elevado. La obsesión con esa mujer tras el sexo fue un sentimiento de
elevación si se quiere, que no aparece siempre y que muchos confunden con el
amor, del plano del deseo pasar a ese otro nivel. Ese instrumento quizás me
hizo asociar aún más la situación que atravesé con esa imagen…

-Uno
pinta una cosa pero después como que se pierde la propiedad y el observador ve
lo que quiere ver.

-Sin
dudas, en el plano de la literatura pasa lo mismo con el lector respecto al
autor.

-¿Qué
estás leyendo?, ya que trajiste el tema. Ando medio aburrido en el mundo
supranatural y quisiera leer algo interesante.

-Ya
revisaste mi biblioteca, hay cientos de libros, agarrá el que quieras, en general
no atesoro libros malos o, por lo menos, no son malos para mí. Pero por
recomendar algo te mencionaría tres a los que siempre vuelvo, nunca me cansé de
releerlos: “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust, especialmente la
primera parte, “Por el camino de Swann”; “La religiosa” de Diderot, que además
te hará llorar, y “Los siete locos” de Roberto Arlt.

-Bueno-dijo-

Y
desapareció.

Días
después tuve una pesadilla, me encontraba en una ciudad en plena guerra, de
noche, entre  edificios en llamas,  como
parte de las imágenes vívidas del nivel superior de El Infierno Musical que
muchos relacionan con las del propio infierno, con fuego y torturas. A mí esa
parte en lo alto del postigo derecho me impresionó no sólo como una guerra, de
hecho se pueden ver masas de personas huyendo, sino como una moderna, porque se
visualiza una arquitectura poco identificable con el Medioevo. En realidad el
contraste de esos edificios por las iluminaciones fosforescentes propias del
asedio con bombas de un enemigo siempre se me asemejó a la batalla de
Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial, por lo menos a imágenes que se
conservan de aquel enfrentamiento clave donde el Ejército Rojo, el pueblo ruso,
termina frenando a los nazis. La similitud de algunas fotos de las ruinas de
los edificios en el entonces territorio soviético, fruto de una batalla de más
de cinco meses, con lo que pintó El Bosco varios siglos antes, puede no ser tan
increíble, ya había torres, castillos, edificios más o menos altos en la época
del pintor holandés y hacía unos siglos que había llegado la pólvora a Europa y
la evolución de los cañones se constituyeron en herramientas efectivas de
asedio.

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-La
naturaleza de la guerra es la misma en cualquier época-dijo El Bosco,
apareciendo a mi lado en medio del fragor de la batalla en que me encontraba.

En
la pesadilla yo no peleaba, más bien, trataba de esconderme entre las ruinas de
un edificio, pero las bombas estallaban y los sonidos se mezclaban con gritos
de personas que expresaban en algunos casos dolor por heridas y en otros
órdenes o intercambio de palabras relacionadas con la conflagración. Identificaba
claramente el idioma ruso y me alegré de no estar del lado incorrecto de la
batalla. Dado que era de noche, sólo los reflejos de las explosiones permitían
visualizar algo. Acurrucado entre rocas y maderas destruidas, El Bosco
apareció  a uno de mis costados y se
acurrucó también.

-Los
hombres cargan probablemente con causas primitivas que a lo largo de la
historia repiten una y otra vez, pueden evolucionar las formas y las
tecnologías, pero tenés razón que en esencia una guerra es siempre lo mismo-,
le dije respondiendo a su sentencia sobre la naturaleza de la guerra- Para
aclarar, ¿supongo que cuando hablás de naturaleza de la guerra, hablás de matar
al otro, destruir al otro, más allá de los motivos que se hayan esgrimido para
llegar a la batalla?- le pregunté.

-No-me
respondió.

-¡¿Cómo
que no?!

-La
naturaleza no es matar al otro para salir victorioso o para que el otro muera y
yo no. Cuando digo que la naturaleza de la guerra es la misma en cualquier
época, me refiero no a una naturaleza de fines sino mecánica.

-¿Cómo
mecánica?

-La
guerra es el estado natural del hombre y si la guerra es el estado natural del
hombre no existe fin alguno, no se hace la guerra con ningún fin. Hay un
apetito natural de la guerra que se expresa.

Las
explosiones caían cada vez más cerca de nosotros, como tarascones de perros que
en cualquier momento desgarrarían con sus colmillos la carne y lo que menos
sentía es que esto tuviera que ver con algún apetito natural en mí o en
cualquiera.

-Me
corrijo, le dijo, la naturaleza de la guerra no es matar, sino sobrevivir, por
lo menos en mí, ahora, no tengo apetito para matar y si tengo algún apetito es
el de ser cobarde.

-No
hay pecado en la cobardía, si uno de los pecados más imperdonables es matar, la
cobardía prácticamente es una virtud- dijo e inmediatamente se rió, quitándole
dramatismo al momento.

Creo
que ese fue el sentido de las palabras de El Bosco, distender. Todo el entorno
era una pesadilla, pero ese instante se rebajó a un sueño casi agradable, donde
me sentía hermanado nada menos que por El Bosco que con unas palabras resguardó
por lo menos unos segundos mi espíritu de los fragores de esa extrema violencia
que es la guerra. Y en ese instante me desperté.

A
los días escuché  la voz del fantasma que
dijo “buenas recomendaciones”, aludiendo a los tres libros que le había aconsejado
leer.

-Decime
algo de cada uno, lo que quieras- le pregunté.

-“Por
el camino de Swann”, aquel hermoso párrafo que dice algo así que cuando mueren
los seres y se derrumban las cosas, más vivos y persistentes, perduran el olor
y el sabor. Eso es una gran verdad, aunque cada vez cuesta más encontrar un
aroma o gusto que haga añorar a mi época. Con los años de fantasma  además, y sobre todo desde el siglo XX, por
arriba del olor y el sabor pongo a la música, la idea de hallar la eternidad o
lo absoluto no está en dios ni en un más allá, está en la música. Y “La
religiosa” de Diderot me hizo llorar por los tormentos, físicos y
psicológicos  que sufre Susana Simonin;
eso que no soy de lágrima fácil y que además el tiempo nos va haciendo a todos insensibles.

-Así
como te quedó en la memoria un párrafo del primer libro de “En busca del tiempo
perdido”, qué recordás de “La religiosa”.

-Tengo
tanta mala memoria, como vos –dijo, demostrando que me conocía muy bien-, pero
me quedó aquello del principio, después de la ceremonia en que le dan el hábito
ella piensa “esta cruel ceremonia acabó; todo el mundo se retiró y yo quedé en
medio del rebaño al que me acababan de asociar”. Esto de que todos terminamos
siendo parte de algún rebaño.

-Un
filósofo que admiro, Nietzsche, tenía como fondo último de su filosofía no ser
rebaño, no ser un hombre adormecido de su propia vida, dejar de ser sujetado si
se quiere por las verdades impuestas por la sociedad, la cultura, la familia…
en fin, la vida es devenir y de allí el concepto de voluntad de poder del
alemán, uno debe crear sus valores, sus verdades, transformarse en súperhombre
o ultrahombre, que no implica ser poderoso, ni rico, ni nada de eso, sino, todo
lo contrario, el hombre que crea nuevos valores para dejar de ser el hombre
rebaño…

-Sé
que te gusta la filosofía, no sé nada de Nietzsche y cuando dije que todos
terminamos siendo parte de algún rebaño, fue sólo eso, por simple experiencia
de vida y también de fantasma, cuando uno elije un rumbo, elije ser parte del
rebaño de los que eligieron el mismo rumbo, aunque esto es mucho mejor que uno
no elija y lo lleven de las narices al rebaño que prefiere otro.

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-Yo
sé que no tiene nada que ver, pero en El Infierno Musical la parte de la
pintura del monstruo con cabeza de pájaro que se traga  las personas o almas malas, por decirlo de
alguna manera, o en pecado, teniendo en cuenta el sustratum religioso de las
imágenes, para cagarlas a un orinal transparente y de allí directamente  a un pozo infierno o receptor de vicios
mortales. Ese monstruo cabeza de pájaro podría asimilarse a la verdad impuesta
dentro del paradigma de la época, en tu caso el religioso, pero bueno, en este
tiempo que me toca vivir hay otras verdades que me engullen y me cagan
permanentemente, aunque más como víctima, como cosa y no sujeto, que como
hereje.

-No
sé, me pierdo, salvo que en mi tiempo es verdad que la religión impregnaba
todos los aspectos de la vida y nadie podía salir de eso salvo que se
arriesgara a ser castigado o muerto por la iglesia.

-Igual
en la pintura, en la plástica, te sometiste tanto a los temas religiosos como
los moldeaste a tu manera, especialmente después de tus primeros trabajos, y ni
hablar en los trípticos, especialmente El Jardín de las Delicias…

-Sé
que para algunos, cuanto más creativo, cuanto más surrealista según me dicen,
más moralizante era, es decir, más estrictamente me ajustaba a los dictados
religiosos de la época, con lo cual lejos de asustar a los clérigos y a los
círculos de poder de la iglesia, más los agradaba. Para el vulgo, para el
rebaño, era más fácil entender el mensaje religioso con monstruos, bestias e
imágenes lujuriosas y sexuales, que con imágenes formales y anodinas que sólo
despertaban bostezos-dijo, y luego largó una carcajada, lo que me llenó de
dudas si utilizaba la ironía o reproducía fielmente la verdadera intención de
su obra.

-Interesante,
la dualidad del pensamiento me hace acordar otra imagen de El Infierno Musical,
un enorme cuchillo entre dos orejas, en el lugar donde se ubicaría la cabeza,
que igualmente permanecen unidas por una larga flecha. Algunos la interpretaron
como el resto de la obra,  imágenes del
infierno y la música como instrumento del diablo, por algo el cuchillo tiene
marcada la letra M que en ese contexto del medioevo significaba para muchos la
primera letra del nombre del anticristo. Pero en esto de resignificar esas
imágenes, haciendo más palpable que el artista pinta tanto como es pintado y yo
como observador interpreto como se me da la gana, creo que esa imagen simboliza
precisamente la dualidad, el cuchillo es dual, puede servir para matar como
para alimentarte y de esa manera darte vida, y en cierta medida es la dualidad
de toda tecnología, tanto en la más primitiva o más artesanal de un cuchillo
como en otra más sofisticada y moderna, es como la prótesis del hombre que
puede servir para lo mejor como para lo peor porque precisamente es extensión
de la naturaleza humana. El cuchillo quiere separar a las orejas, quiere
separar simbólicamente la dualidad de que se puede escuchar una cosa con un
oído y otra con el otro, para que prime el único mensaje del cuchillo, que
ocupa el lugar de la cabeza, de la certeza, de la razón entendida como una sola
verdad, portavoz de dios o del diablo, pero no de los dos.

-Me
pierdo, en distintas imágenes de lo que llamás El Infierno Musical está la
crítica a la afición del juego, la crítica a los avaros, la crítica a los que
se regodean en la gula y el alcohol,  y
también la crítica a la hipocresía de los clérigos que amonestan las mismas
cosas que practican, pero descubro que hay una carencia,  tendría que haberte tomado como modelo para
pintar otra  imagen de quien se abandona
a los juegos de la mente, camino que sólo llevará a la locura o a la
infelicidad de vivir en la duda permanente.

-Los
caminos del diablo son insondables-dije riendo, sugiriendo que el pensar, en la
lógica de lo que dijo El Bosco, es otro pecado capital, quizás el principal.

Nunca
habíamos hablado tanto tiempo. Y como tenía que ir terminando el diálogo para
afrontar un compromiso, volví al principio del diálogo y le pregunté “decime
algo de Los Siete Locos de Arlt”.

-En
una parte, el personaje del Astrólogo siente deslizar en su cabeza los
pensamientos como una película cinematográfica, en forma rápida e interminable,
de un modo impreciso y fatigante, pero sin embargo cuando mira el reloj comprueba
que el tiempo transcurrido sólo era de minutos.  Y allí está esto de que los pensamientos
pueden escurrirse por un tiempo de distinta longitud al que miden los relojes.
Esto me hizo pensar que el tiempo es presuntivo, que todos podemos ser
poseedores de otro tiempo al cronológico, a la magnitud física del tiempo. Algo
que sabemos muy bien los fantasmas.

Dijo
esto como una sentencia y desapareció.

Quedé pensando que quizás cuando dialogo con El Bosco decir que lo hago en el presente es sólo un juego de palabras tan válido como decir que dialogo en el siglo XV. En realidad yo puedo ser el fantasma de El Bosco, parte de una escena surrealista tan vívida como la que plasmó en algunos de sus cuadros. (APP)

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