Tan solo el fin del mundo artezblai
María Pujalte y Eneko Sagardoy en ‘Tan solo el fin del mundo’

La obra, con Irene Arcos, Yune Nogueiras, Raúl Prieto, María Pujalte, Eneko Sagardoy y Gilbert Jackson en el reparto, narra las vivencias de un hombre diagnosticado de sida en los 90

El Teatro Arriaga de Bilbao acoge de viernes a domingo -17 al 19 de mayo- tres funciones de ‘Tan solo el fin del mundo, la adaptación teatral de una de las grandes cumbres de la literatura francesa de las últimas décadas, escrita por Jean-Luc Lagarce en 1990. El montaje teatral dirigido por Israel Elejalde recala en el Teatro Arriaga con un elenco formado por Irene Arcos, Yune Nogueiras, Raúl Prieto, María Pujalte, Eneko Sagardoy y Gilbert Jackson. Raúl Prieto se alzó en la gala de los premios Talía, de la Academia de las Artes Escénicas de España, con el galardón al mejor actor de reparto por su papel en esta obra.

‘Tan solo el fin del mundo’ es una obra muy especial, muy marcada por las propias vivencias de su autor. Jean-Luc Lagarce la escribió en Berlín en 1990, poco después de saber que había contraído el VIH. Por aquel entonces, este virus era no solo el causante de una enfermedad con unos índices de mortalidad muy elevados sino también un estigma que te dejaba marcado. Así, el elemento autoficcional está presente desde el comienzo de la obra. Louis, su protagonista, dice tener la misma edad que Lagarce, 34 años, y reconoce tener la muerte cerca, en un año exactamente. Sin embargo, no es una obra de autoficción. Ni siquiera es una obra sobre la muerte o, desde luego, no solo sobre la muerte. El elemento central es la familia. Ese ámbito que nos vertebra o por confirmación o por rechazo. Louis ha huido de esa familia durante años. Los ha abandonado. Escapa de allí para construir una vida nueva a espaldas de la familia en la que creció. Y cuando recibe la noticia de su muerte decide volver como el hijo pródigo para, dice él, comunicar su muerte. Buscando no se sabe muy bien qué: ¿el cierre de un ciclo?, ¿el perdón por su ausencia?, ¿el calor de aquellos a los que ha renunciado pero que le seguirán siendo fieles en estos últimos pasos de su vida?, ¿el reencuentro con ese paraíso perdido que es la infancia?

Louis no conseguirá comunicar la noticia, pero le dará la oportunidad a ellos -su madre, sus hermanos y su cuñada- de mostrarle lo que ha significado su ausencia y el dolor que les ha provocado. Finalmente, lejos de ser un viaje de recogimiento y afecto parece más bien un ejercicio de inmolación. Como si entregándose a las incertidumbres y demandas de su familia consiguiera poder ir más libre hacia el último viaje. Un viaje despojado de responsabilidades. O quizás, como parece ser en algunos momentos, todo esto ya ha pasado y sea un viaje retrospectivo o solo un producto de la imaginación o el deseo de Louis, porque esta es otra de las características del texto, su ambigüedad temporal y estilística. Por momentos la obra se mira a sí misma, se hace autoconsciente de que hay público y de que se está representando. Los personajes hablan con alguien más que no está en el escenario. Los tiempos presente y pasado a veces se confunden. Son solo momentos, pero que atraviesan la pieza de manera muy especial.

Por último, cabe destacar el lenguaje que utiliza Lagarce. La manera de hablar de los personajes es un tema en sí mismo. Hay una reflexión sobre el lenguaje, sobre la incapacidad de poder alcanzar con el lenguaje el alma humana. Sobre su fracaso como acto de comunicación de la vida interior, pero al mismo tiempo como nuestra única herramienta para poder alcanzarla conformando así una terrible paradoja. Sus personajes se esfuerzan por ser precisos, por utilizar las palabras exactas, por hablar para intentar acallar el dolor de la incertidumbre y de la soledad. Con todos estos elementos, Lagarce construye una obra emocionante y enigmática que retrata la zozobra de vivir y de saber que tarde o temprano nuestras vidas, como las obras de teatro, tienen un fin.