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“El rey del puerto”: de aquellos casos, estas ficciones pasionales

Autor: Ambitocom
Daniel Llermanos. “El rey del puerto”

Daniel Llermanos. “El rey del puerto”, su nuevo trabajo literario.

Hace unos 700 años, al florentino Giovanni Boccaccio se le ocurrió contar historias que habían ocurrido (o que a él se le habían ocurrido) durante la peste que asolaba Italia, y así creó el exitoso género “narración enmarcada”. A esa tradición se acaban de sumar Daniel Llermanos y Paula Di Fiore con “El rey del puerto” (Planeta), diez relatos enmarcados por la pandemia que estamos padeciendo. Llermanos es un prestigioso y mediático abogado y exjuez, conocido tanto por su trayectoria judicial como por sus obras teatrales “Código de familia” y “Adiós muñeca”, entre otras. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Qué hizo que la peste los llevara a contar cuentos?

el mundo con la mirada de una nina androide

Daniel Llermanos: La distancia, la soledad y el aislamiento hacen que uno con los medios electrónicos se comunique para charlar, hacer chistes, enviar memes o, a lo mejor, realizar algún trabajo creativo. La pandemia cambió todo en la relación de pareja, la relación de amistad, forzó la lejanía o la cercanía, cambió la sociedad. Eso hace que en las charlas aparezcan historias, ideas, recuerdos que resultan interesantes, atractivos.

P.: ¿Cómo hicieron para escribir a dúo?

D. L.: A Paula Di Fiore siempre le gustó escribir. Obtuvo premios en algunas instituciones, como el Colegio de Abogados. Yo escribí algunas obras de teatro, una con cierto éxito fue “Código de familia”. Hace varios años publiqué un libro de cuentos sobre un abogado picarón al que llamé Ponciano Funes. Tengo cierta facilidad para imaginar historias pero soy un escritor vago. Me cuesta ahondar en detalles y descripciones, me gusta pasar rápido a otra historia. A Paula lo que más le gusta son los detalles, ubicar la historia, describir los personajes. Fue un buen ensamble. Le enviaba una idea, ella me la replicaba y la íbamos trabajando. Todo por mail. Fue una coautoría a distancia.

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P.: ¿Todos los cuentos están basados en hechos reales?

D. L.: Muchos surgieron de recuerdos. Por ejemplo “Una guerra conyugal” remite a uno de mis primeros casos judiciales, una curiosa situación de violencia de género. Las historias parten de hechos reales ocurridos en otro momento que trasladamos al universo de la pandemia. El de mayor ficción es “El banquete de los jueves” que siento que daba para una novela. Trata de un grupo de amigos que se junta a cenar, charlar, contarse de la vida. De pronto uno de los participantes de la mesa confiesa un problema, un delirio amoroso, una mujer que lo enamoró y desapareció. El grupo sale a investigar y la cosa se va enrareciendo. Me pareció que tenía algo de “Medianoche en París”, la película de Woody Allen, pero policial, con crimen, cuestiones de trata, mafia y un preso que busca probar su inocencia. También “El desperfecto” tiene mucho de ficción pero el dato real en que se basa hizo que recibiera una amenaza, por lo cual cambié el lugar donde ocurren los hechos. En este libro nos tomamos la libertad de enriquecer las historias con elementos de ficción, en tanto que en mi primer libro de cuentos, “Código de familia” los nueve cuentos son cien por ciento reales, salieron de mi historia como abogado y como juez.

P.: En la trama de las historias de “El rey del puerto” se deslizan críticas a la Justicia, a cierta policía, a la corrupción…

D.L.: La pandemia aumentó todo, lo bueno y lo malo. Aumentó los sueños, los encuentros y reencuentros, las pasiones ciertas y los delirios de amor, pero también los odios, rencores, los deseos de venganza y la incontrolable violencia. “El rey del puerto” es una especie de alegato contra los geriátricos que, a la vez, muestra que nadie es totalmente malo ni totalmente bueno. Acaso partió de la tristeza de esa gente mayor, con tanta historia, abandonada, y con la pandemia con una soledad aun mayor. Señala un sistema de abandono de los viejos, y que se da en casi todo el mundo. El mafioso de la historia se manda un atentado que es a la vez un doble acto de amor.

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P.: ¿Tiene una nueva obra de teatro?

D. L.: “Al Capone”, que escribí con Eva Halac. Cuando alquilé el teatro Molière al poco tiempo comenzó la pandemia y lo tenemos cerrado. Osvaldo Santoro iba a hacer de Al Capone. La obra está basada en el juicio, en el que su abogado declara contra Capone y su contador lo hace presionado por el gobierno y la mafia, y “los seis magníficos”, seis empresarios que juntaron un millón de dólares para desprestigiarlo, hacen el lawfare. Capone fue condenado mediante el lawfare, no por ningún delito probado. En 1999, 50 años después, el Colegio de Abogados declaró nulo el juicio. Una honestidad tardía que reconocen sus pecados.

P.: ¿En este momento está escribiendo algo?

D.L.: Siempre estoy escribiendo algo. En medio de la pandemia hice un corto de 14 minutos, “El abogado del vampiro”, sobre un abogado que quiere ser mediático y no encuentra mejor idea que ser abogado de un tipo al que se lo sospecha de vampiro, un caso real que pasó en Lomas del Mirador en 1962. Usé una noticia vieja pensando en Roberto Arlt, periodista, dramaturgo y narrador, que tenía un modo especial de contar hechos policiales, sus trabajos tenían una doble característica: estaban basados en un hecho real y no eran contados como una foto sino como una radiografía. No mostraba al hombre con una pistola, contaba porque la había agarrado. Es un modelo extraordinario: por qué el crimen, por qué el criminal, por qué la víctima. No ofrece la crónica, hacer entender la conducta humana. Bueno, ahora volví sobre el abogado Ponciano Funes, que se dedica a los derechos del consumidor, lo que le deja muy poca plata pero atendiendo a mucha gente gana algo. Se asocia con un periodista despedido de “La Razón” y construyen el marketing de un estudio milagroso que lo vuelve una especie de abogado manosanta y que lo empiecen a llamar “el abogado de Dios”

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