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Esos gloriosos lectores

Autor: Xavier Velasco

La gente no lee literatura. La gente lee lo que le interesa, y eventualmente le interesa la literatura. Uno puede dejar alma y pellejo en las páginas de su novela y ser después leído por las personas menos pensadas y los motivos más inverosímiles. No podemos mandar sobre quienes leerán o no lo que escribimos, ni engañarles, y todavía menos sobornarles. Ayer mismo, en estas páginas, Enrique Serna escribió varias líneas gozosas y perturbadoras en torno a uno de los pecados capitales de los escritores: competir entre sí a espaldas de su público (si es que llegan a tal) por falsas recompensas que en realidad no pasan de compensaciones. Tengo para mí que el desprecio de los culteranos —valga decir, los mejores autores jamás leídos— por la masa lectora se reduce a dos temas: despecho y revancha. “Al fin que ni quería”, dice el gesto.

Mentiría si dijera que leo solamente por placer y nada más buena literatura. Tampoco sería honesto negar la cantidad de buenos libros que sin embargo dejé a la mitad —y puede que mucho antes— por falta de interés. Libros seguramente bien escritos, elogiados incluso por gente que respeto, lo cual de todas formas no ha sido suficiente para obligarme a llegar al final. No dudo que citar textos como esos pudiera darme lustre ante los exquisitos, pero no leo para quedar bien, ni ando buscando chamba, ni me interesaría ser objeto de alguna misteriosa glorificación. “El autor consagrado en lo oscurito se convierte así en violador del lector al que no sedujo”, dispara Serna, serio y socarrón.

Nadie busca virtudes literarias en un libro que explica cómo editar video digital. Tampoco las tenía, hasta donde recuerdo, la venerable Álgebra de Aurelio Baldor, pero uno y otro texto cumplieron con librarme de tinieblas que en su momento urgía despejar. Ambos libros me interesaron mucho y una vez aplicadas sus enseñanzas les quedé seriamente agradecido. No sé si sus autores habrán pensado en alguien como yo, pero indudablemente se preocuparon por hacerse inteligibles, luego entonces interesantes y al final trascendentes, en lo que a mí respecta. Tampoco sabría decir si, como lector, me sedujeron, pero me hacían falta suficiente para considerarlos indispensables.

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Si forzar la lectura de cierto libro es, en efecto, una forma de estupro, leer por compromiso —y entonces opinar también por compromiso— es un poquito irse a la cama con las personas menos indicadas, atendiendo a motivos esencialmente idiotas. Por la misma razón que disfruta uno a tope las buenas novelas, padece lo indecible con ciertos textos áridos pergeñados por gente que no espera lectores sino sinodales a modo. Poca distancia hay entre soplarse un centenar de páginas como esas —peor aún si eres joven y lo haces a la fuerza— y “leer” otras tantas en arameo. Por alguna razón, la gente que no lee pero así lo pretende esgrime sus lecturas como sacrificios. Tal parece que toca respetarles porque han sufrido mucho en su camino hacia la ilustración.

Mienten quienes afirman que no quieren lectores. Nada hay tan fácil como hacerle ascos a aquello que no tienes ni quizá tendrás. Me recuerdo en las fiestas adolescentes pitorreándome de quienes bailaban por no reconocer que en realidad yo no sabía bailar, ni había quien quisiera bailar conmigo. Recuerdo a cierto amigo impresentable que a los 22 años pedía a su mamá que invitara a las hijas de sus amigas a salir con él. ¿Para qué conquistarlas, con lo fácil que era comprometerlas? De más está decir que con ninguna llegó a salir dos veces.

No acostumbro juzgar a mis lectores —vamos, si me casé con una de ellos— por la misma razón que no juzgo a mis personajes: tanto unos como otros me mantienen, y la verdad prefiero que sean ellos —no un gobierno ni una institución— quienes carguen al fin con mis emolumentos. Coincido, pues, con Serna en esto del amor a la lectura: buenos lectores siempre serán aquellos que lograste ganarte en buena ley, como en cualquier historia de amor que se respete.

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Xavier velasco

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