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Estados Unidos: ¿el abismo tan temido?

Autor: Andres Serbin

A más de cien años de finalizada la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, durante el reciente asalto del 6 de enero por los acólitos de Trump, la bandera confederada flameó en el Capitolio abriendo múltiples interrogantes sobre el futuro de la nación.

El autogolpe del presidente Trump al incitar a sus seguidores a la violenta toma del edificio del Congreso estadounidense y a amenazar con el linchamiento no sólo a representantes del Partido Demócrata, sino al mismo Vice-Presidente Pence por certificar la victoria de Biden, ha dado lugar tanto a presiones sobre el gabinete de Trump para aplicar la enmienda 25 – que podría declarar la inhabilitación del presidente en los pocos días que restan antes de la toma de posesión de Biden -, como el inicio de un segundo proceso de impeachment al presidente saliente en el Congreso, promovido por los demócratas con el apoyo de algunos representantes republicanos.

De hecho, los acontecimientos del 6 de enero, precipitaron una serie de cuestionamientos y tensiones inéditas sobre el establishment político de Washington, sobre las instituciones políticas estadounidenses y sobre las agencias y organismos de seguridad.

Hasta el momento, ha prevalecido la institucionalidad democrática; a diferencia de otras experiencias hemisféricas, los militares se han acogido a las responsabilidades dictadas por la constitución, y las grandes corporaciones estadounidenses han mostrado una amplio espectro de manifestaciones de repudio a la incitación a la insurrección promovida por el presidente saliente, que abarca desde la suspensión de su cuenta en Twitter hasta el retiro o la suspensión de donaciones y aportes a congresistas republicanos que han respaldado a Trump-

Pero estas manifestaciones son apenas la punta del iceberg de una serie de procesos más profundos que se desarrollan, desde décadas, en el seno de la sociedad estadounidense y que pone en evidencia una “América profunda” poco conocida.

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El asalto al Capitolio por seguidores de Trump – entre los que se contaban diferentes grupos de extrema derecha y de supremacistas blancos; de fanáticos de Qanon persuadidos de la existencia de una conspiración urdida por el “estado profundo” en contra de Trump, en complicidad con los demócratas y una red de pedófilos asociados a ellos, e incluso de veteranos y de miembros de las fuerzas de seguridad -, son la parte más visible y más radicalizada de un apoyo popular a Trump que se expresó claramente en los más de 75 millones de votos que obtuvo en las elecciones presidenciales.

Si bien varias encuestas recientes revelan que más de la mitad de este amplio sector de votantes condena los hechos del 6 de enero, muestran también una profunda fragmentación de la sociedad estadounidense y una preocupante tendencia por parte de sectores blancos de baja educación, de marcada identificación con fundamentalismos evangélicos y teorías conspirativas, que han creído, sin rechistar, en las numerosas falacias promovidas por Trump, incluyendo la persistencia en la idea de que se cometió un fraude en las elecciones.

Mientras que el debate en los círculos de poder de Washington sigue avanzando sobre las medidas a tomar para acotar el poder de Trump en los próximos días e impedir su eventual retorno a la política, el 11 de enero el FBI advirtió que antes y, posiblemente, durante la toma de posesión de Biden el 20 de enero, una sucesión de movilizaciones violentas y, probablemente armadas, se iban a producir en el distrito federal de Washington y en las capitales de 50 estados.

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Con un sector de la población armada, radicalizada y persuadida por Trump de que las elecciones presidenciales fueron un fraude perpetrado por los demócratas, la preocupación y la incertidumbre ante un conato de guerra civil no se limita a Washington y afecta a toda la sociedad estadounidense. A la vez, abre nuevas interrogantes sobre las posibilidades del presidente Biden, una vez instalado en la Casa Blanca, no sólo de unificar y ordenar una nación fragmentada sino también de restaurar el poder blando y la influencia y proyección internacional de los Estados Unidos seriamente dañados durante la presidencia de Trump.

Particularmente cuando las más recientes decisiones del Secretario de Estado Pompeo – incluir nuevamente a Cuba en la lista de estados terroristas y desafiar la amenaza de China de una confrontación en el Mar Meridional en los próximos 10 días, entre otras – deja el terreno minado para todo intento de recomponer una política exterior diferente al legado dejado por Trump.

Andrés Serbin es analista internacional. Presidente de CRIES

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