Cultura

Hipnotiza cuando canta y cuando habla. La heredera natural de Enrique Morente se detiene para charlar sobre la familia, la música, la libertad y todos esos figurones del panorama nacional que, desde pequeña, vio desfilar por su casa

Estrella Morente es toda ella arte, pasión y vida. Cómo no serlo siendo hija de quien es, con esa sangre efervescente corriendo por sus granaínas venas. Escucharla tiene un efecto hipnótico, ya cante o hable, y en cuanto empieza ya uno no querrá que deje de hacerlo nunca. Si además de quien habla es del genio, de ese inmortal Enrique Morente que fue su padre, no puedes más que escucharla en silencio y disfrutar: «Mi padre era alguien tan especial, tan eterno, tan vivo en el arte y en la creación, con una necesidad de búsqueda y de inspiración, de tomarse la cultura como algo sagrado, que eso te traslada a través de los tiempos y te convierte en inmortal. Él era el más normal de los mortales, pero no ha muerto. Su obra y su legado están más vivos que nunca. Las nuevas generaciones están empapadas de ese mensaje, de ese legado, y le siguen teniendo muy presente como el gran abanderado de la libertad y la expresión. Para mí él no se ha ido, nunca, cada día es más grande y cada día canta mejor. Yo cada vez que lo escucho canta mejor. Su disco Omega es único. No te diré que es la Biblia, porque soy creyente, pero sí que es como el Antiguo y el Nuevo Testamento: hay un antes y un después. Se podrán hacer otras cosas, miles y muy necesarias, pero jamás otro Omega. Porque hay cosas que son únicas y Omega lo es. Es irrepetible, y lo hizo Morente».

Y lo dice emocionada su hija, y lo hace con el corazón. «Ser hijo de un genio como él te da alas para crear, pero no porque se nazca en la cima o vengas con el pan bajo el brazo. Uno tiene que sacarse las castañas del fuego por sí mismo, y tiene que demostrar lo que sabe y lo que ha aprendido, y demostrarlo y aplicarlo. Y expresar lo que ha sentido y lo que ha vivido, y yo de niña he vivido que esta profesión era sagrada. He vivido el respeto a los poetas y a los grandes literatos. Él respetaba a los textos originales, a amarlos y no alterarlos, y los acercó al flamenco y lo culturizó y lo llenó de amor a la literatura. Y ese amor y ese respeto por la cultura es lo que facilita luego que pueda a tocar con un grupo de rock pero también con un coro gregoriano. Su cabeza estaba en el arte y en que su obra estuviera cargada de todo el sentido humanístico, y eso se juntaba con que era el que mejor cantaba y el que mejor componía. Era el mejor. Esto lo digo yo, pero él era muy humilde y se consideraba a sí mismo como el eterno discípulo. Es imposible llevar el apellido Morente como una losa porque para nosotros es un orgullo. Es sinónimo de pureza, de trabajo, de sacrificio, de entrega, de verdad, de honradez… Esa es la escuela que a mí me ha dejado, mi padre ha sido ejemplo de lucha y de camino. Por eso hoy está más vivo que nunca y su obra cada día es más grande y más eterna».

Y su música, la de Estrella, bebe de esas fuentes, como no podía ser de otra manera. De las mejores de ellas. «Mi música es libre absolutamente, no hay en ella ideología ni religión porque la música está por encima de todo, es magia. El flamenco, en mi caso, nace de lo más profundo de mi corazón para el mundo entero. Y por eso puede hermanarse con cualquier otro género musical, eso es lo que he visto yo siempre en mi casa. La música es un lenguaje universal y un diálogo continuo con gente de otros lugares. Una partitura la puede compartir en una orquesta músicos de cualquier lugar, todos delante de esa partitura comparten el mismo idioma y eso es mágico».

Esa libertad y universalidad de la música está, de manera muy clara, en su último disco, Leo. «En Leo está mi veneración por la música. Nos hemos permitido darnos un paseo por Argentina de la mano de María de Buenos Aires, hacia México a través de Chavela y Frida, a Portugal de la mano de Amalia Rodríguez y de Dulce Pontes. Es un viaje musical, musical y literario, que pasa por grandes mujeres, algunas más silenciadas y otras más conocidas: María Zambrano, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcín… Mujeres con una grandeza y una valía que siempre estaré en deuda con ellas, porque no son solo historia, son agua viva. El disco es un homenaje a todas ellas que, sin Antonio Carbonell, productor y autor de muchas de las canciones, no hubiese sido imposible. Está grabado en unas circunstancias muy especiales, él y yo sabemos. Y solo mirándonos nos entendíamos y sabíamos lo que llevábamos en el pecho. Siempre le estaré agradecida por una producción tan especial, con tanta dedicación, ese amor por todas esas mujeres y cómo ha cuidado excepcionalmente desde las primeras palmas hasta el último deje del disco».

Tenemos suerte: la saga Morente continúa. Curro, el hijo de la artista con Javier Conde, la acompaña a la percusión y Estrella se muestra orgullosa del niño de sus ojos. «Se está convirtiendo, casi sin darse cuenta, en un gran profesional. Su hermana, Estrella, está más centrada en sus estudios, pero le gusta mucho la música y no descarto que un día nos dé una sorpresa. Me siento muy orgullosa de ellos. Somos lo que escuchamos, lo que sentimos, lo que comemos y palpamos, cómo vivimos. Y mis niños están hechos de todo eso, del amor por la música, por la lectura, por la cultura… Yo les invito a que forman parte de mi música y de mi profesión, primero porque tienen talento y luego porque me gusta que aprendan el oficio. Lo importante es que sean honestos, auténticos, que lo que hagan lo hagan de verdad. Y por encima de todo, que sean buenas personas. Y que vuelen libres».

Esa libertad que desea para sus hijos es la misma que ha disfrutado ella para, por ejemplo, adentrarse en otras disciplinas artísticas como el cine. «Yo amo el cine y amor el teatro», comenta. «En mi casa siempre se ha respetado y admirado mucho. Mi padrino de pila era el maestro Juan Diego, imagina. Y mi padre tenía grandes amigos actores y cineastas: José Luis Gómez, Concha Velasco, Terele Pávez, Miguel Narros, Manuela Vargas… Tuve la inmensa fortuna de hacer Lisístrata, dirigida por José Carlos Gómez, y yo me sentía en casa con gente que he conocido desde niña. Y he tenido la fortuna de trabajar con gente a la que adoro, como Fernando Trueba (que produjo mi disco Amar en paz), con Almodóvar, con Garci, con Saura… Con Saura tuve la suerte de trabajar en varias películas, como Iberia, en la que canté embarazada de mi hija Estrella. Incluso, y me da mucha timidez contarlo, fui protagonista de un corto, en el que hacía el papel de Luz, una madre soltera en los años setenta y que hablaba de los robos de bebés de una manera muy sensible. Compartía cartel con Terele Pávez, Laura Baena y Pablo Puyol, bajo la dirección de Rafatal. Esto me permitió descubrir que realmente era una apasionada del cine, fue una suerte y un sueño para mí. Tengo una relación con el cine y el teatro muy especial».

Y siendo Estrella toda sensibilidad y emoción, latido inmenso, no podía permanecer ajena a lo que ocurre a su alrededor. «Me ocupa y me preocupa la sociedad y el momento en que vivimos», explica. «Estoy al día y al tanto de todo lo que sucede, tengo esa necesidad. Y lo hago de forma natural, porque es lo que me nace. Me preocupa el hambre y la sed que se sigue pasando en algunos lugares, e intento hacer lo que puedo. No me gusta contar lo que hago, pero sí invitar a no abandonar esa parte solidaria que todos llevamos dentro y que nos permite conectar con eso y tenerlo en el corazón. Todos de alguna manera, incluso con nuestra actitud en nuestro entorno más cercano, podemos hacer algo. Entregar el tiempo, la escucha, dar valor. A esa sociedad marchita la tiene que salvar la otra, la vigorosa, la rabiosa, la joven… Una debe ayudar a la otra porque en el desequilibro es donde está la catástrofe. Me preocupa mucho el momento que vivimos y qué es lo que le vamos a dejar a las siguientes generaciones».

Por Javier Menéndez Flores

Aunque a veces acontecen actos de rebeldía en el mismo útero y el hijo del tonto sale espabilado y el del listo un mentecato sin cura, en todo ser humano anidan unas condiciones que le han sido impuestas desde su concepción y de las que es casi imposible zafarse. Se pueden heredar así manías, debilidad, arrojo, inteligencia, estupidez, ambición, pereza. Luego, cada cual abre su propia trocha y escribe su biografía como puede. Esto es, que llega o embarranca, o se queda en una insípida medianía.

En el mundo del arte, en cualquiera de sus ramales, es frecuente que el hijo, el sobrino o el nieto sigan la senda de la creación o la ejecución de aquel que brilló intensamente. En ocasiones, para igualarlo o incluso superarlo, y otras para ser aplastados por su peso descomunal. Y es la nuestra una sociedad severísima con eso: observa con lupa implacable cada zancada del sucesor, y a poco que se descuide le regala un pulgar hacia abajo.

Estrella Morente recibió la luz interior de un padre que fue un genio y un revolucionario con bandera blanca. Su garganta contiene un río y un océano y un bosque musculoso y un nido de águilas. Todo eso. Y cuando nos traslada su manera de leer un arte universal llamado flamenco, sentimos que en su caso la sangre ha sido generosa o hábil. Puesto que el talento ha pasado el testigo y ha continuado, solo que con características únicas.

Con su belleza clásica, como esculpida en mármol de Carrara, Estrella canta igual que si toreara de salón. Se mira en los ojos múltiples de quienes la contemplan y empieza a derramar su arte con movimientos precisos que buscan el fulgor y logran la emoción.

Cantó en aquel Omega de su padre y los Lagartija Nick, homenaje al Lorca más hondo y al Leonard Cohen más grave, y se ganó así un lugar en la historia de los más exquisitos discos gestados en España. Un Enrique Morente custodio le produjo sus primeros trabajos, pero su marcha definitiva e imprevista la hizo ingresar en la cárcel del desasimiento. Fueron sus genes y los vivos los que tiraron de ella y le devolvieron la temperatura obligada para seguir en la lucha.

Tiene la sangre una querencia incorregible por las virtudes o los defectos de los ascendientes, sí, por sus aptitudes o incapacidades. Y en Estrella Morente encontró el recipiente idóneo para perpetuarse. Un legado hecho de intangibles que, en vez de periclitar, se acrisola en el fuego de cada disco y escenario.

Quien pisa Granada pisa un instante detenido por los siglos. Puedes enamorarte absolutamente de su cielo, que es desmesuradísimo y está en todas partes: en las fachadas blancas, en las flores, en el vidrio verde de una botella de cerveza, en sus olores y sabores tan vivos. Y ese cielo habita también en el interior de quienes la han hecho universal. Estrella amanece a diario en Málaga, pero es Granada la que late en su pecho y agita su memoria. Aunque donde más la siente es en el cielo de la boca: imposible no pronunciarla cada vez que dice un verso, por más que sean otras las palabras. Es su amada, su preciosa. Y cuando vuelve a ella el verbo es incorrecto,  porque no se regresa al sitio que siempre te acompaña.

La vida se nos suele antojar inabarcable, pero, al final, las cosas importantes son pocas. Y eso Estrella Morente lo sabe bien. Picasso, Camarón, La Niña de los Peines. Javier, Estrella, Curro. Enrique, Aurora, Soleá, Kiki. El cosmos cabe entero en las dos manos.