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Europa contra el monstruo de Amstetten

Autor: Pedro Vallin

La actriz Brie Larson, hoy conocida por el gran público como Capitana Marvel, ganó el Oscar, el Globo de Oro, el Bafta y un capazo más de premios por interpretar en La habitación a Joy Newsome, una mujer secuestrada durante siete años en un cobertizo en el que da a luz a su hijo, fruto de la violación de su captor, al que cría en el cautiverio durante cinco años. Para evitar sufrimiento al pequeño Jack (Jacob Tremblay), lo educa haciéndole creer que la pequeña cabaña es todo el universo existente, con fascinantes explicaciones sobre lo que ven a través de la claraboya del techo y de dónde procede y qué es cada objeto del cuarto. La propuesta, inspirada por los casos atroces de Josef Fritzl, conocido como el monstruo de Amstetten, o del secuestro de Natascha Kampusch, adapta una novela de Emma Donoghue, que también firma el guion.

Pero más allá de su relación con casos reales y del progreso de la trama, que no vamos a destripar, lo más interesante de la película es que esa madre que inventa un orden cósmico falso para dar consuelo al pequeño Jack es un resumen perfecto del modo en que la especie humana ha ido ajustando su visión del mundo para darse consuelo, un mecanismo que atañe tanto a la religión como a la política y a la propia actividad cultural. Porque lo que Joy crea para su hijo Jack es una religión, una ideología y una narrativa, que son tres formas similares de combatir el desasosiego de un universo caótico inmisericorde y dotarlo de sentido.

Recordaba esta semana los esfuerzos expresivos de Joy Newsome con su hijo Jack, asistiendo al momento inenarrable en que una diputada española explicaba la diferencia entre un impuesto en inglés y en castellano, para justificar que el gravamen a la banca y el oligopolio energético que se tramitará en el Congreso de los Diputados es “bilioso comunismo” si lo legisla la mayoría de gobierno, pero es una decisión lúcida en defensa de los consumidores si lo propone la UE.

Pero esa escena, entre tierna y ridícula, es un elocuente resumen de la forma en que la información opera en España, en esferas concéntricas incomunicadas entre sí, de modo que lo que ocurre en el círculo exterior parece no afectar a la realidad de nuestra pequeña cámara de eco local, salvo por el pequeño trozo de cielo que vemos a través de la claraboya, que son los corresponsales en Bruselas. En el sepelio por los dogmas neoliberales, que la UE está alargando más que las honras fúnebres de Isabel II, Bruselas ha desempolvado todos los tabús económicos que las escuelas de negocios habían escondido en un sótano maloliente, y desde hace muchos trimestres se escuchan a diario los que otrora eran anatemas, como “nacionalizar”, “regular”, “intervenir” o “fijar precios”, sin que esa nueva ortodoxia parezca penetrar en los debates domésticos en los que los gurús, desposeídos hoy de la magia como el Mago de Oz al apartar la cortina, aún repiten los fenecidos axiomas del mercado.

La habitación es, en el fondo, una de las formulaciones más sencillas del mito de la caverna de Platón, que en el cine ha dado pie a títulos tan memorables como El show de Truman, de Peter Weir, o Matrix, de las hermanas Wachowski, y que alimenta las paranoias profundas en la relación entre el sujeto y la realidad. Escribía Yuval Noah Harari en su memorable Sapiens que el hombre consiguió cruzar el umbral crítico de las sociedades de más de 150 individuos gracias a la ficción, es decir, a “mitos comunes que solo existen en la imaginación colectiva de la gente” pero que son compartidos como convenciones. Esos mitos son las religiones, pero también las leyes, las personas jurídicas… “ninguna de esas cosas existe fuera de los relatos que la gente se inventa y se cuentan unos a otros”, escribía Hariri, “No hay dioses, no hay naciones, no hay dinero ni derechos humanos, ni leyes, ni justicia fuera de la imaginación común de los seres humanos”.

Así que es cierto que más allá de la última esfera de información que nos envuelve solo hay caos, lo que el novelista Héctor Aguilar Camín llamó “la hermosa y áspera gratuidad del mundo, su belleza brutal, renuente lo mismo al absurdo que al sentido, su libertad caprichosa y fértil, ignorante de nuestros sueños, nuestros amores y nuestros nombres”. Pero, como explica Hariri, para que nuestros mitos aquí dentro sean operativos y podamos vivir en sociedad, conviene que funcionen en un sistema coherente, es decir, que podamos abrir la puerta del cobertizo y al mirar afuera no se desplome nuestra comprensión del mundo.

Porque un impuesto es un impuesto aquí y en la China Popular. 

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