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Francisco Cerro, en el día del Corpus en Toledo: “Toda procesión es siempre una catequesis en la calle”

Autor: Jose Melero Campos

1.092 días y una pandemia después, la Custodia de Arfe volverá a procesionar por las calles de Toledo. Su arzobispo, Francisco Cerro, ha compartido en ECCLESIA las sensaciones que vive la ciudad en estas horas previas. Como cada año, los ornamentos florales y estandartes engalanan la capital castellano-manchega, que volverá a vibrar con el Santísimo.

Para Cerro, será la primera vez que viva esta procesión como titular de la diócesis toledana, ya que en los dos años anteriores las restricciones derivadas de la covid-19 lo impidieron. Lo que nunca ha faltado, y no lo hará este año, es la Santa Misa que presidirá el arzobispo de Toledo en Rito Hispano-Mozárabe y, a su conclusión, tendrá lugar la solemne procesión del Santísimo Corpus Christi en la Custodia de Arfe.

1.092 días después la Custodia de Arfe vuelve a procesionar por las calles de Toledo. Una experiencia que usted no ha vivido como titular de la diócesis. ¿Qué espera de este día?

Lo espero con mucha emoción como todo Toledo que se viste de gala, con ese deseo de recordar lo que significa la Eucaristía en la calle, que es la alegría, la esperanza, la vuelta a la normalidad, el poder devolver tantas ilusiones que se han ido perdiendo. Teníamos sensación de que no iba a ser posible volver a sacar la Custodia de Arfe en las calles, de sentir la emoción del Santísimo Sacramento. Ha sido una especie de volver otra vez a encontrar mucha de la esperanza.

¿Qué les cuentan sus antecesores sobre este día donde Toledo luce sus mejores galas?

Yo viví el Corpus con seminaristas, como sacerdote y luego cuando me marché a estudiar a Roma en 1987 ya no volví hasta ahora como arzobispo. El año pasado fue un intento de dar unos metros para recuperar algo de esa esperanza y el año anterior nada, solo salí a la puerta de la Catedral a dar la bendición. Luego he tenido mucha relación y amistad con arzobispos anteriores y te hablan de algo que está en toda la Teología, el asombro eucarístico con el arte, porque la Custodia, la belleza de las flores, lo que se palpa en las calles produce ese asombro eucarístico. El asombro ya está en sí de que Dios haya querido ser uno de nosotros y compartir nuestra vida, nuestros sufrimientos. Ese asombro eucarístico de la cercanía de Dios, el que te asomes al balcón con gente y enfermos y vean pasar la Custodia muchos de ellos llorando. Después de estos años en los que parecía que ya no ibamos a tener más oportunidades, pues es volver a recuperar esa alegría y gozo de tener a Jesús tan cerca. Luego es ver cómo la Eucaristía nos une, nos hace uno, sirve a los más pobres, cómo la Eucaristía nos hace solidarios, descubrimos que los problemas que tenemos hoy como la pandemia o la guerra de Ucranía, yo creo que hay que recuperar ese sentido de comunión en torno a la Eucaristía, en torno a la Misa para vivir en ese asombro de que otra humanidad es posible.

La procesión del Corpus es una ocasión única para hacer sínodo…. ¿lo cree así?

Por supuesto, estoy convencido de que toda procesión es siempre una catequesis en la calle, una auténtica maravilla, un auténtica evangelización, una puesta en escena de cómo la fe se ha hecho arte, belleza, asombro, contemplación. La procesión del Corpus es la puesta en escena de una presencia que recrea y enamora, que es la presencia de Dios entre nosotros, de Jesús vivo y resucitado. Luego la gente puede ser más o menos creyente y profundizar en el misterio de la fe, pero está clarísimo que es una maravilla de cómo descubrir una auténtica catequesis del amor de los amores.

Por cierto la Iglesia en España acaba de culminar su proceso sinodal. ¿Qué balance hace de este proceso en su diócesis?

Ha sido muy positivo, se empezó en un contexto difícil de pandemia, con dificultades para reunirse, para poder sacarlo adelante pero en mi diócesis se ha superado las dificultades poco a poco. Se ha impuesto la comunión, la necesidad de hablar, de dialogar, de compartir. En mi diócesis clausuramos la asamblea sinodal en Guadalupe, en la que participamos casi 3.000 personas en este encuentro, lo cual significa la cantidad de personas que han participado en los grupos sinodales. Yo creo que la gente ha tenido oportunidad de hablar y compartir. Yo también me encontré con políticos para preguntarles qué piden a la Iglesia, lo que piensan. Se juntaron en el salón de Concilios más de cuarenta políticos de todos los signos y tendencias. Ha sido una experiencia en nuestra diócesis preciosa, de corresponsabilidad, de libertad, de hablar, y la gente en el fondo vive con esa ilusión immensa de que la Iglesia le pregunta y quiere caminar juntos con alegría. Todo el Pueblo de Dios necesitamos encontrarnos, compartir y hablar sobre los retos y soluciones a la luz de la palabra de Dios y de lo que dicen del magisterio de la Iglesia y lo que vamos descubriendo. Es para profunidzar en nuestra fe y procurar ser una respuesta a los retos que vivimos hoy.

Ahora queda lo difícil, poner en marcha estas reivindicaciones de los fieles. Algunas serán más difíciles que otras, por ejemplo implicar a los jóvenes. ¿Están ya trabajando en ello?

Estamos trabajando. El Congreso de Laicos -febrero de 2020- fue importante para implicar a los jóvenes. Es lo que se llama el relevo que tanto necesitamos a nivel vocacional, para la vida consagrada, la presencia de los laicos para transofrmar este mundo según el corazón de Dios. Estamos dando pasos para este deseo de renovación de la Pastoral de Juventud para que se implique en la Iglesia. Vivimos con alegría y esperanza la Peregrinación Europa de Jóvenes que tendremos este verano en Santiago de Compostela, en la que estaré y tenemos un buen grupo de jóvenes que se han apuntado, unos 600 para participar. Es cuestión de que parroquia a parroquia, grupo a grupo lleguemos cada vez más al Pueblo de Dios. Nos jugamos mucho con nuestro compromiso y entrega. Si estamos entusiasmados con Cristo, tenemos que contárselo a todo el mundo, y el mejor apóstol de los jóvenes son los propios jóvenes.

La caridad y la Iglesia siempre van unidas. Venimos de unos años donde además esa caridad se ha tenido que intensificar tras la pandemia, ahora la guerra de Ucrania… ¿a cuántos refugiados está acogiendo la Archidiócesis de Toledo?

A muchos, pero no sé cuantos. Hace quince días tuve un encuentro con unos cincuenta de ellos en Urda en un centro de espiritualidad y les escuché. Estamos trabajando todas las instituciones unidas para darles una solución que es dramática. Es la tragedia de un pueblo. En Talavera, Villacañas, etc. distintos lugares de la diócesis donde de manera organizada se acogen a los refugiados para darles una solución en estos primeros momentos, pero también para solucionar el problema de esta gente porque son muy serios. En la guerra no sé si hacemos lo suficiente para que acabe cuanto antes. Lo están pasando muy mal. En la diócesis, a través de Cáritas e instituciones como ayuntamietnos trabajamos en lo que podemos y seguiremos haciéndolo. Con la paz no se pierde nada pero con la guerra se pierde todo.

¿Cómo está siendo la integración de estas personas, ha conocido el testimonio, la historia de algunos de ellos?

Muchas, no hay una parroquia donde vaya que no haya gente ucraniana que te salude. Me impresiona mucho. Es un pueblo muy religioso, la mayoría ortodoxos. Veo que tienen un deseo de encontrar la paz y lo viven con un sentido de familia. Los ves cuando un día llaman o intentan localizar a un ser querido que están en el frente y no coge nadie el teléfono, y compruebas el dramatismo que tienen para saber si están vivos, qué les habrá pasado… toda esa realidad es para vivirla, y esta gente lo hacen. Hago una llamada desde aquí de si nos estamos tomando esto en serio, no puede durar mucho tiempo. Conmueve no solo al corazón de Dios, también a una humanidad como nosotros que no puede pasar un minuto más admitiendo esta realidad tan trágica y tan dolorosa.

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