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Geoingeniería, emisiones negativas, biocontrol… las armas de doble filo contra el cambio climático

Autor: ELMUNDO

Elizabeth Kolbert, ganadora del Pulitzer gracias a ‘La sexta extinción’, publica un nuevo libro “sobre cómo intentamos resolver los problemas que otros crearon al intentar resolver problemas”.

Vista aérea del Arrecife Agincourt, uno de los segmentos de la Gran Barrera del Coral de Australia.
Vista aérea del Arrecife Agincourt, uno de los segmentos de la Gran Barrera del Coral de Australia.AP
  • ISMAEL MARINERO

    Madrid

Actualizado

“Vivimos en un mundo en el que oscurecer el jodido sol podría ser un riesgo menor que no hacerlo”. La frase corresponde a Andy Parker, director del Proyecto Iniciativa de Gobernanza de la Gestión de la Radiación Solar, que pretende situar la geoingeniería en el centro del debate sobre cómo combatir el calentamiento global. ¿Y en qué consiste la geoingeniería? En proyectar pequeñas partículas reflectantes a la estratosfera (ya sea polvo de diamantes, dióxido de azufre o carbonato de calcio), filtrando la energía del sol para imitar el efecto de enfriamiento de los volcanes. Suena disparatado y puede ser contraproducente, pero quizá sea una de las escasas opciones que nos quedan para combatir el cambio climático a escala global.

Elizabeth Kolbert, periodista y autora de La sexta extinción, ensayo sobre la contribución humana a la pérdida de la biodiversidad con el que ganó el premio Pulitzer en 2015, aborda en Bajo un cielo blanco (Ed. Crítica) esta y otras tecnologías que pretenden modificar y controlar la naturaleza para mantener a raya el calentamiento, no siempre con consecuencias positivas. “Es importante no utilizar la palabra ‘solución'”, advierte por videoconferencia desde su casa al oeste de Massachusetts, con un coro de pájaros como banda sonora matutina.

“El cambio climático no es reversible, ni aunque llevemos a cabo acciones realmente dramáticas. Para minimizarlo en la medida de lo posible, hay un amplio consenso científico sobre la necesidad de reducir las emisiones de CO2. Pero también se plantea la cuestión: ¿será suficiente con eso? Ahora mismo la respuesta más habitual entre los mayores expertos en la materia es que probablemente no sea suficiente, porque ya hemos pasado el umbral que nos condena a cambios muy drásticos en todos los ecosistemas. Es una perspectiva algo desalentadora”, explica despacio, puntualizando y matizando cada una de sus afirmaciones, con el cuidado de una curtida investigadora.

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En Bajo un cielo blanco, título que hace referencia a uno de los efectos indeseados que podría tener la geoingeniería, Kolbert ofrece una deslumbrante amalgama de historia, teorías y prácticas científicas y pura observación periodística, que por momentos ilumina y por momentos horroriza. Si para escribir La sexta extinción Kolbert viajó a Costa Rica para documentar la desaparición de la rana dorada o a Perú para ver en primera persona cómo los bosques tropicales se estaban adaptando a pérdidas tan aceleradas de biodiversidad, aquí sus viajes le han llevado hasta lugares tan dispares y remotos como los canales y pantanos de Nueva Orleans, la poza del Hoyo del Diablo en el desierto de Mojave, una iniciativa pionera en Islandia que convierte el CO2 en piedra o el Laboratorio Australiano de Sanidad Animal.

‘Evolución asistida’

En este último lugar, señala Kolbert, empezó a tomar forma el libro: “Fui allí en 2016 y es donde todo empezó, investigando sobre lo que se conoce como proyecto de los supercorales. Si queremos que los arrecifes de coral sobrevivan, ya que son fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas marinos, tenemos que utilizar ingeniería genética con los propios corales, cruzándolos para obtener variedades más resistentes al calentamiento. Me pareció una idea muy interesante y empecé a ver un cierto patrón, una manera de pensar que se podía aplicar a diferentes ámbitos”. En Australia, la genetista y microbióloga Madeleine Van Oppen trabaja en lo que ha dado en llamar evolución asistida, experimentos y cruces con corales para potenciar la reproducción de la Gran Barrera de Coral, expuesta al blanqueamiento producido por las olas de calor que están acabando con ella a un ritmo devastador.

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Elizabeth Kolbert,
Elizabeth Kolbert,ED. CRÍTICA

Pero los esfuerzos por controlar y dominar la naturaleza, aunque sea con el objetivo de preservarla, no siempre tienen un final feliz. Es el caso de las carpas chinas que el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos importó en 1963 para mantener a raya a las plantas acuáticas que amenazaban la biodiversidad del Misisipi. Se habían dejado llevar por los alegatos de Primavera silenciosa, el influyente trabajo de Rachel Carson, una de las científicas pioneras de la conciencia ecologista.

Ahora, para contener la imparable expansión de una especie invasora como la carpa, el Cuerpo de Ingenieros del Ejército norteamericano ha instalado barreras eléctricas en el propio río y se plantea el gasto anual de miles de millones de dólares para desarrollar métodos para contener, desviar o eliminar a “los cuatro famosos peces domésticos” de China. “Soy una gran admiradora de Carson”, reconoce Kolbert, “pero es cierto que Primavera silenciosa acababa con una muy evidente exhortación sobre lo que el mundo debía hacer y eso tuvo algunos efectos indeseados. Aún así, todavía pienso que fue una heroína. Su trabajo tuvo un impacto enorme, en la mayoría de los casos de manera muy positiva, pero en otros, que ella no pudo prever, también causó algunos problemas”.

Tecno optimismo frente a tecno fatalismo

Frente al tecno optimismo de Silicon Valley, Kolbert ofrece una suerte de tecno fatalismo, aunque mantiene una estudiada ambivalencia sobre la conveniencia de cada una de las técnicas, iniciativas y proyectos que analiza en cada uno de los capítulos del libro. Precisamente, para evitar repetir los errores de Carson, Kolbert sostiene que “de manera deliberada, soy muy ambigua sobre cuáles de estas técnicas deberían prosperar. Básicamente soy una escéptica y no quiero decir nada de lo que me pueda arrepentir después”.

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Lo que sí tiene claro es que nuestra actitud actual “es como si estuviéramos caminando sonámbulos hacia desastres sin precedentes. La gente no se da cuenta de la escala ni de la velocidad del cambio climático y con eso no sólo me refiero al calentamiento global, sino a transformaciones profundas que están sucediendo en todo el planeta y que no tienen analogías a lo largo de nuestra historia. Para encontrar efectos parecidos tendríamos que irnos al período Cretácico, cuando el asteroide impactó y acabó, entre otras cosas, con los dinosaurios”. Ahora nosotros somos el meteorito y no sabemos a ciencia cierta cómo detener el impacto.

Ante un panorama tan negro, ¿queda algún resquicio para la esperanza? Kolbert suspira profundamente y se coloca las gafas sujetándose el pelo antes de contestar. “Jim Hanson, al que muchas veces llaman el padre del calentamiento global, ya que es el científico de la NASA que hizo saltar la alarma en primer lugar sobre la subida de las temperaturas y ha demostrado tener razón una y otra vez, suele decir: ‘espero que estéis escuchando’. Y creo que esa es la mejor respuesta posible. La cuestión no es si la gente está esperanzada o no, sino si está dando los pasos necesarios para poner remedio a todo esto”. Mientras, los pájaros del oeste de Massachusetts siguen piando, ajenos a la geoingeniería, los super corales, las tecnologías de emisiones negativas y el deshielo del manto de hielo de Groenlandia. ¿Por cuánto tiempo? Quién sabe…

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