El presidente electo de Colombia no debería despertar los fantasmas de una revolución socialista que ayudó a inspirar a su otrora asesorado Hugo Chávez

Este domingo, con más de 10 millones de votos, Gustavo Petro Urrego se convirtió en el nuevo presidente de Colombia. Petro fue exitoso porque supo leer a un país que exigía en las calles, en las redes, en el campo y en las ciudades, el cambio.

Petro interpretó a los ciudadanos que se hastiaron de un presidente inane como fue el saliente Iván Duque; la gran paradoja de estos cuatro años de mal gobierno, según lo reportan todas las encuestas de opinión, es que Duque, un desconocido que fue puesto como presidente por Álvaro Uribe, terminó siendo el sepulturero, no solo de 20 años de uribismo sino del mismo Álvaro Uribe, el hasta ahora imbatible ex presidente colombiano que desde el 2002 no perdía, per se o a través de interpuesto candidato, ninguna elección presidencial en este siglo.

El ex presidente Uribe terminó preso en el gobierno de su invento: la justicia le dictó medida de aseguramiento durante el gobierno de Duque y tuvo que aislarse de la campaña política para ver cómo su enemigo más acérrimo se convertía en presidente, prometiendo el cambio que el país exigía después del gobierno más impopular de la historia colombiana, el de Duque.

Así las cosas, Gustavo Petro, el ex guerrillero que toda la vida luchó en política para llegar al poder a partir de exacerbar sentimientos de revolución e inconformismo, llega a la presidencia de una Colombia polarizada: apenas 3 por ciento de votos lo separaron de su competidor, Rodolfo Hernández, quien encarnó a esa mitad de colombianos anti petristas.

Así las cosas, Petro deberá gobernar para un país que en gran parte es anti petrista y deberá cuidarse de no despertar los fantasmas que lo rondan como la sospecha de que buscará reelegirse (en Colombia no hay reelección presidencial), instalar la revolución socialista que ayudó a inspirar a su otrora asesorado Hugo Chávez y, sobre todo, deberá tranquilizar a la comunidad internacional que lo observa con la prevención de que Colombia no se vaya a convertir en otra Venezuela.