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Irving Gatell/ Janucá, mito o historia: ¿Cómo se relaciona el pueblo judío con la realidad?

Autor: Enlace Judio

El mito es más que una ficción. Es la condición natural desde la cual razona cualquiera que tiene esa percepción fragmentada de la realidad.

Por ello, las culturas antiguas podían entrar en contacto con eventos, situaciones o personas completamente reales, pero entenderlas y explicarlas desde los paradigmas del mito.

Velo así de simple: si tú y una persona de hace 3 mil años se pararan juntos en medio del campo durante la noche, y voltearan hacia el cielo, tú verías estrellas, soles, galaxias, planetas, cometas, asteroides. Tu compañero antiguo, en cambio, vería dioses.

Así que el mito no está en la posibilidad de definir algo como ficticio o real, sino en el modo en que lo percibimos e interpretamos.

Nuestra antigua incapacidad para entender que la realidad era una sola —es decir, que todo ocurre bajo un mismo combo de Leyes de la Naturaleza— nos llevó a creer que el cosmos era la sede de un conflicto entre el orden y el caos, y que en la tierra dicha confrontación se resolvía siempre gracias al héroe, ese personaje elegido por los dioses y destinado para devolverle la armonía al mundo.

Con el paso de los siglos y poco a poco, logramos entender que las cosas no funcionan así. Que el caos sólo es aquello que no conocemos, y que la forma de vencerlo no es por medio de una guerra cósmica, sino investigando y estudiando. Eso nos llevó a cambiar por completo nuestra comprensión del pasado. Ahora, en vez de explicar todo en función de “las acciones de los héroes”, sabemos que las dinámicas sociales son causadas por otras dinámicas sociales. Sin dejar de reconocer la valentía o la determinación que han tenido muchos individuos a lo largo de la Historia, hoy sabemos que ellos también son producto y fruto de sus propios tiempos, y no al revés.

En la visión mitológica, el ser humano está abandonado e indefenso, y depende de principio a fin del héroe, elegido de los dioses, para ser redimido. Y es que en esta visión se asume que el mundo está irremediablemente sujeto o sometido a un mundo invisible desde donde se decide todo, mientras que a los seres humanos no nos queda más que ser testigos incapaces de alterar los designios de los dioses.

En la visión histórica, en cambio, el ser humano es el que construye su propio destino, para bien y para mal. El mundo no está sujeto a una dimensión invisible desde donde se decida cuál será nuestra suerte, buena o mala. Las cosas que suceden son, simplemente, consecuencia de nuestros propios actos.

Ahora fíjate en este detalle curioso: las festividades de invierno en todas las culturas antiguas fueron, eminentemente, mitológicas. Generalmente, eran fiestas para celebrar el nacimiento del sol (el héroe por excelencia en las grandes colecciones mitológicas), a partir de que después del solsticio de invierno —el día más oscuro del año—, el sol empieza cada día a recuperar un poco de su fuerza para llegar a su triunfo en el equinoccio de primavera.

El judaísmo eliminó por completo esta idea. Janucá no se trata de eso. Hay un vago vestigio solar en la vela principal de la Janukia, que es el llamado Shamash (recordemos que sol, en hebreo, se dice Shemesh). Pero no hay más. Todos los demás elementos de las mitologías solares simple y sencillamente no existen en la festividad de Janucá, con todo y que su actividad central es el encendido de las luces.

¿Y qué fue lo que el judaísmo puso en lugar de los mitos solares?

Historia. Un episodio de nuestro milenario paso por esta tierra.

Sí, hay un héroe, pero a Yehudá Hamakabi nunca se le da el papel de “elegido de D-os” para devolverle el orden al cosmos. Es apenas el caudillo que lleva al pueblo judío a su liberación. Y si acaso Janucá nos remite a un milagro, Yehudá Hamakabi no tiene nada que ver en él. En última instancia, el héroe del milagro del aceite fue ese anónimo Kohen que decidió esconder una vasija de aceite, para que los sirios seléucidas no pudieran profanarla.

Esto nos habla de cómo ha sido la relación del judaísmo con la realidad, que no es otra cosa sino la misma esencia de la fe judía: el monoteísmo.

Ser monoteísta no consiste nada más en creer que allá en el cielo sólo hay un señor muy poderoso que hace y deshace lo que quiere con la naturaleza. Significa, antes que nada, que la realidad es una sola porque el Creador es uno solo. Significa también, entonces, que no se debe razonar en términos de mitología, sino en términos de historia. Es decir, que las cosas no suceden porque un héroe elegido por los dioses traiga el orden y resuelva los problemas del mundo, sino que las dinámicas sociales son consecuencia de otras dinámicas sociales.

Mira qué tan claro lo tiene el judaísmo: nuestra máxima expectativa tradicional es la llegada del Reino Mesiánico, que podría definirse como una dinámica social en la que el caos habrá desaparecido y el mundo vivirá en paz. Dicho en esos términos, pareciera que estamos hablando desde un paradigma totalmente mitológico.

Pero ¿Qué es lo que va a traer el Reino Mesiánico a este mundo? Según el judaísmo, lo único que lo puede traer es nuestra obediencia de las ordenanzas de la Torá.

Entonces no estamos dependiendo de un héroe, sino entendiendo que una dinámica social (nuestra práctica y observancia de la Torá) generará otra dinámica social (el Reino Mesiánico).

Y lo entendemos así no porque sea un dogma o una doctrina, sino porque el judaísmo no razona en términos de mito, sino de historia.

O, dicho en otras palabras, el judaísmo está bien conectado con la realidad, y por ello su sorprendente capacidad para transformarla.


Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío.

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