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Juega o muere, un previsible relato de terror que no sale de sus laberintos

Autor: LA NACION

Juega o muere (All Fun and Games, Estados Unidos/2023). Dirección: Eren Celeboglu, Ari Costa. Guion: J.J. Braider, Eren Celeboglu, Ari Costa. Fotografía: Ricardo Diaz. Música: Alex Belcher. Edición: Louis Cioffi. Elenco: Asa Butterfield, Natalia Dyer, Benjamin Evan Ainsworth, Laurel Marsden, Annabeth Gish, Marina Stephenson Kerr, Summer H. Howell. Duración: 76 minutos. Calificación: solo apta para mayores de 16 años. Distribuidora: Digifilms. Nuestra opinión: regular.

Si hablamos de juegos como mecanismo obturador de terror, la referencia más cercana es la saga de Saw. Un poco más atrás, la aterradora canción infantil en la saga de Freddy, y aún más lejos y hace tiempo la ouija como llamador de espíritus y también como uno de los más notables experimentos de marketing que se han hecho.

Por ello, cuando uno se adentra en la historia de Juega o muere y descubre que su título es una descripción tan literal como precaria, de una película igualmente literal y precaria, sabe que no va a encontrar nada nuevo bajo el sol.

Y no lo hay. Luego de una presentación que ubica la acción en Salem (con todo lo que eso implica en cuestiones brujería) se asiste, literalmente, a la última escena del film. Enseguida, un flashback muestra una serie de sangrientos crímenes que le dan al lugar fama de maldito. De regreso al presente, los hermanos Marcus (Asa Butterfield) y Jonah (Benjamin Evan Ainsworth) encuentran en una casa abandonada un cuchillo hecho con huesos humanos. El más joven de ambos no tiene mejor idea que llevarse el arma de recuerdo, leer una inscripción que tiene grabada e inmediatamente ser poseído por un demonio. El conjuro no es tan grave, basta que alguien más lea lo escrito para que el espíritu cambie de cuerpo, y el anterior quede como si nada.

Eso sí, mientras tanto, el afectado por la maldición invita a su entorno, compuesto por su hermana Billie (Natalia Dyer), y otros tantos -que no alcanzan a ser debidamente presentados antes de pasar a mejor vida- a jugar versiones mortales de el ahorcado, las escondidas, etc.

Los primeros veinte minutos de la película despiertan algo de interés a partir del trabajo de Ainsworth como niño endemoniado. A fuerza de miradas y un rictus inquietante, el joven actor logra despertar cierta inquietud. ¿Habría sido un camino interesante para explorar? Por supuesto, pero no hubo voluntad. Porque ni bien el espectro se “muda” a su hermano Marcus, todo comienza a desbarrancarse. Sin demasiada justificación, la acción se desplaza del interior de la casa familiar a un bosque, donde la matanza se propaga solo por necesidades estadísticas.

Sería deseable que hubiera algo más para decir, destacar algún elemento que redunde en alguna escena, sino memorable, por lo menos regocijante. Pero no, hay más sangre salpicando locaciones que en la escritura del guion, la realización y el trabajo técnico juntos. Podrían no estar los juegos y no habría mayores cambios, se trataría de otro slasher sobrenatural con adolescentes corriendo por sus vidas; y a decir verdad, tampoco es que corren mucho.

Mueren los que tienen que morir, viven los que aparecen primero en el reparto y, como ya se dijo: por si quedaba alguna duda ahí está la primera escena a modo de spoiler de la conclusión. A pesar de su reparto muy reconocible para los sub 25, y un título con el suficiente gancho para acercarse a ver de qué se trata, Juega o muere no puede salir del laberinto de confusiones en el que se mete por voluntad propia. Para jugar hay que tener ganas, sino no hay manera de pasarla bien.

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