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La fiebre del oro llega a Escocia

Autor: La Vanguardia

En enero de 1848, un tal James W. Marshall descubrió oro en Coloma, California, y a raíz de ello más de 300.000 personas se desplazaron desde todo el mundo a la costa norteamericana del Pacífico en busca de un sueño. Cincuenta años después, ya en las postrimerías del XIX, el precioso metal hizo su aparición en el noroeste salvaje de Canadá, con efectos similares. Cuando la noticia llegó a Seattle y San Francisco, se produjo una estampida para encontrar tesoros en la región del Klondike (territorio del Yukón). El fenómeno ha llegado ahora, con un cierto retraso, a Escocia.

Todo empezó con el descubrimiento accidental de pepitas, hace unos años, en los riachuelos de los alrededores de Tyndrum, un pueblo a orillas del Loch Lomond. Posteriores prospecciones a nivel industrial revelaron la existencia bajo tierra de sedimentos por valor de unos 200 millones de euros, que llevaron a abrir Cononish, la primera nueva mina en el país desde los años ochenta, propiedad de la compañía australiana Scotgold Resources.

En el 2012 fue hallada en Gales una pepita de 97 gramos que se vendió por 60.000 euros

Con la pandemia, con la mayoría de la población trabajando en casa o en el paro temporal subvencionado por el Estado, y más tiempo libre de lo habitual, muchos escoceses se han lanzado a los ríos, riachuelos y arroyos del país, con sus detectores de metales y bateas de plástico para colar las pepitas, y sobre todo con mucha ilusión encima. “Escocia tiene bastante oro para los baremos europeos –dice Richard Jemielita, un consultor geológico de Glasgow–, igual que Gales e Irlanda del Norte (no así Inglaterra), aunque poca cosa en comparación con Estados Unidos, Sudáfrica, Rusia, Australia o Canadá”.

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El oro escocés, precisamente por su rareza, es uno de los más valiosos del mundo, y anillos de diamantes hechos a mano por la compañía Hamilton and Inches, que utiliza el metal extraído de la mina de Cononish, cuestan hasta cien mil euros, o treinta mil en el caso de unos pendientes. Más valioso todavía es el oro del País de Gales, el más raro de todo el mundo. Entre eso y que es el que utiliza la familia real británica para sus coronas y demás, su precio está por las nubes y puede cotizarse hasta treinta veces más que otro de similar pureza, quilates y calidad.

Un grupo australiano espera extraer oro por valor de 200 millones de euros de la mina de Cononish

En las fiebres del oro de California y el Klondike, algunos afortunados se hicieron millonarios, pero fueron la excepción. La mayoría de aventureros regresó a casa con las manos vacías, excepto alguna pepita simbólica de recuerdo, si es que no tuvo también que venderla para pagar el viaje y la comida. En Escocia, ahora, se trata sobre todo de un hobby relacionado con la naturaleza y el aire libre, como salir a pescar, a cazar o a pasear por la montaña, pero con el aliciente nada desdeñable de tropezarse con un pequeño tesoro. El hallazgo más importante en Gran Bretaña, para poner las cosas en perspectiva, lo realizó Vincent Thurkettle en el 2012, en la isla galesa de Anglesey, que encontró una pepita de 97 gramos que vendió por 60.000 euros.

En los ríos de Escocia, si a uno le toca la lotería, puede descubrir en su batea una pepita que valga en el mercado unos seis mil euros, que no está nada mal. “Pero mi consejo a los aventureros –dice Thurkettle, que ha ido buscando oro, pero sin tanta fortuna, ni mucho menos– es que no lo hagan por dinero sino por placer. Estarán en paisajes amarillos, sin nadie alrededor, con el sonido del agua de fondo, pero lo más probable es que la gasolina les cueste mucho más que el oro que encuentren”. Miles de entusiastas le están haciendo caso, leyendo libros de geología, comprando mapas, botas y todos los artilugios necesarios. Hasta el punto de que algunos advierten de las consecuencias negativas para el medio ambiente.

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En teoría, el oro y todos los minerales que se puedan encontrar en los ríos británicos pertenecen a la corona (o sea, el Estado), que hasta hace poco había hecho la vista gorda en los casos excepcionales –como el de Anglesey– en el que alguien había dado con un tesoro. Ahora, entre que el precio del dorado metal se ha doblado en los últimos cinco años y se espera que lo siga haciendo, y que cada vez hay más gente que lo busca, las autoridades han decidido ponerse más duras y reclamar lo que consideran suyo. O sea, que no solo hay que tener suerte sino además burlar a Hacienda…

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