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La importancia de la dieta y el ejercicio

Autor: Martin Caicoya

Tres filósofos y maestros coincidieron en aquella Atenas que se desmoronaba. El más viejo, Isócrates, enseñaba retórica. Su escuela estaba llena de estudiantes que necesitaban aprender esa técnica para defenderse y para imponerse. No era del gusto de Platón, quien en su escuela a las afueras de Atenas, en un gimnasio dedicado al héroe Academus, enseñaba fundamentalmente aritmética y geometría. A esa escuela, que se llamó «Academia», acudió desde la inculta y violenta Macedonia el joven Aristóteles. Fue él quien escribió un tratado contra la retórica que molestó mucho a Isócrates. La paradoja es que Aristóteles comenzó enseñando esa disciplina en la Academia. Más tarde, tras varios viajes y estancias en otros lugares, regresó a Atenas y también en las afueras, también en un gimnasio, este dedicado a Apolo Likeus fundó su escuela. El Liceo. Tres filósofos dedicados a la enseñanza, tres vidas parecidas pero de muy distinta duración. Aristóteles murió a los 62 años, por un problema de estómago, quizá un cáncer. Platón vivió nada menos que 80 años. Y el que había nacido antes, Isócrates, llegó a los 98 años. Quizás entonces, y antes, hubiera otros que alcanzaron edades más provectas. Porque los años que un ser humano puede llegar a vivir no creo que haya cambiado desde que existimos como especie. Lo que sí se modificó es la vida media. De estos tres filósofos fue de 80 años, muy por encima de la que entonces probablemente ocurriera, quizá 50. Tres personas que vivieron con intensidad su vida y estuvieron activos, en buena forma, hasta los últimos días. Eso es a lo que aspiramos: a vivir muchos años en plena forma física y mental.

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Creo que la expectativa de vivir alrededor de 100 años es más que suficiente. Conozco personas que han superado esa edad. Están cansados de vivir, me dicen que esto ya es muy largo. Lo ideal sería vivir esos años con plenitud física y mental.

Se podría pensar que hay unas recetas para mantener saludable la mente y otras para el cuerpo. Porque nos empeñamos en pensar que son cosas diferentes. Pero no es así. La mente es una cualidad que emerge del cerebro y el cerebro es parte del organismo, regido, con sus particularidades, por los mismos patrones que el resto del cuerpo. Así que cultivándolo se cultiva el cerebro: «Mens sana in corpore sano».

En primer lugar, el ejercicio. Sus efectos saludables sobre el cuerpo están bien acreditados. Lo que no es tan conocido es que el ejercicio retrasa el normal deterioro del cerebro asociado al envejecimiento y lo mantiene más alerta, más capaz, más flexible y «resiliente». Porque una de las consecuencias de la edad es la pérdida de la capacidad de adaptación, la dificultad para acomodarse a situaciones nuevas o contrariantes. ¿Cómo lo hace? Pues probablemente porque el ejercicio exige la activación de un montón de áreas cerebrales a las que obliga a estar atentas y vigorosas para poder responder. Lo mismo que los músculos se hacen más grandes cuando levantamos pesas o más resistentes a la fatiga cuando corremos, en el cerebro se crean y refuerzan circuitos y conexiones.

En segundo lugar, la dieta. De esto sabemos menos de lo que desearíamos y se ha convertido un campo apropiado para el charlatanismo. La información más fiable es la que procede de estudios epidemiológicos: qué comen los que viven más y qué los que viven menos. Pronto pusimos la mirada en la grasa buscando un solo y único culpable. Tiene su protagonismo pero no es la única. Ahora preferimos observar la dieta como un todo. De manera que, basados en la observación de que quienes cumplen con más rigor un patrón alimentario viven más años, aconsejamos la llamada dieta mediterránea. Y precisamente esa dieta, o los alimentos que la componen, son los más saludables para el cerebro. Veamos. Se aconseja una dieta con base en vegetales con preferencia de los de hoja verde. Entre otras cosas, por sus potenciales efectos anticancerígenos. Pues también pueden ayudar a retrasar el deterioro cognitivo. Así que conviene comer con frecuencia espinacas, brécol, acelga, repollo, lechuga. Y se dice que el mejor alimento animal es el pescado, por sus grasas protectoras del corazón. Además, esos omega-3 se han relacionado con niveles más bajos de beta-amiloide en la sangre, la proteína asociada al alzhéimer. Un estudio español demostró los enormes beneficios de los frutos secos (nueces, avellanas, pistachos…) para la salud cardiovascular. Desde entonces se replicó en otras poblaciones. Lo que no se esperaba es que los que consumen más frutos secos tienen mejor rendimiento cognitivo. Finalmente, en este breve repaso, los frutos del bosque. Ellos no son parte de la dieta ortodoxa, aunque llaman a la puerta por sus cualidades antioxidantes. Oxidarse es morir. Pues hay pruebas que apuntan a que retrasan el deterioro cognitivo.

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Dieta, ejercicio, mantenimiento del peso, moderación con el alcohol, abstención de tabaco, los consejos para una vida saludable valen para el cuerpo… y la mente.

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