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La pandemia nos cambió las fiestas sampedrinas • La Nación

Autor: La Nacion.com.co

Del 24 al 29 de junio el Tolima Grande hubiera sido nuevamente escenario de las fiestas más populares de la región, si la covid-19 no hubiese golpeado la vida cotidiana incluidas las manifestaciones del folclor y las fiestas tradicionales.

*Ricardo Mosquera M

Exrector-Prof.Asociado UNal.

La frase que acuño el periodista huilense Luis Alberto Fierro (q.e.p.d.), “péquese la rodadita”, es recordada en las celebraciones del Festival Folclórico, Reinado Nacional del Bambuco y Muestra Internacional del Folclor que se realiza cada año cuando propios y forasteros se dan cita en Neiva, poblados del Huila y Tolima para celebrar sus fiestas tradicionales. Aquí confluyen el talento de nuestros artistas con la danza y el donaire de la mujer calentana que al ritmo de rajaleña, sanjuaneros y bambucos contagia al visitante de alegría, acompañados de la calidez opita para disfrutar de una de las fiestas más autóctonas de Colombia

El origen de las fiestas se remonta a la época de la conquista y la colonia española cuando el patrón dominante era San Juan el Bautista, según el historiador Bernardo Tovar, a las primeras épocas del cristianismo, que combina con el rito pagano en un sincretismo, pero en donde mejor se instalo fue en Venezuela y en Colombia en la región del Tolima Grande. Pero ocurre que para el catolicismo San Pedro es más entidad divina por aquello de que “Tú eres Pedro y sobre ti edificare mi iglesia”, lo cual significa rendirle homenaje a este santo, que en una mezcla entre conquistador español, indígenas y afros traídos como esclavos concentro “las tres etnias alrededor de la explotación económica liderada por el encomendero que pronto genero relaciones amigables, aunque era claro el sometimiento sin discusiones a la autoridad plena del capitán  (español )de indígenas y negros” (Ver Las Huellas de Villamil –Vicente Silva-2006).

Diego de Ospina y Medinilla, fundador de Neiva, designado canciller real del Nuevo Reino de Granada fusiono a trabajadores, sirvientes y amigos conformando una agrupación musical que exhibía en diferentes eventos sociales y que contrastaba con la curiosidad religiosa donde predominaban en los templos ritmos europeos como valses, mazurcas, polkas y contradanzas; pero Don Diego se presentaba con sus bambucos y sus raros instrumentos de las tierras de Bambuco, cerca de Aipe, (Huila). Por lo cual se cree que esos hombres llamados “bambucos” llevaron consigo esta tonada y en cada región le hicieron modificaciones y aportes afines a la geografía; por ello en Nariño, Norte de Santander y otras, la esencia de la danza es “la mujer conquistada: la mujer torea y retrocede, pero el hombre nunca le voltea la espalda ni la toca porque eso es falta de respeto” (Las Huellas de Villamil). Ese rasgo es completamente indígena y es fuerte porque lo bailan campesinos antiguos y los negros. Del rajaleña, surgió el Bambuco con diferentes ritmos: el fiestero, el caucano, el santandereano, el de la región Andina y el Bambuco San Juanero del Huila.

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El Sanjuanero, bambuco alegre y tema oficial de las fiestas, se baila con ritmos y compases de estricto cumplimiento para todas las candidatas participantes convertidas en el alma de la fiesta, cuyas aspirantes a llevar la corona popular, departamental o nacional, danzan en una competencia que combina ritmo y coquetería como recordando la tradición monárquica española. El padre Andrés Rosas lo identifica como el “joropo huilense” compuesto en 1936, tocado por primera vez por la Murga Femenina Huilense dirigida por Anselmo Durán Plazas.  Fue interpretada por la banda departamental el 12 de junio de ese año durante las fiestas patronales de Gigante por la banda departamental; y luego de que se estrenara en el Capitolio Nacional el 6 de agosto de 1938 en el cuarto centenario de la fundación de Bogotá se bailó como fusión musical de rajaleña y sanjuanero.

Símbolo distintivo es la música folclórica expresada en el “rajaleña” que pertenece al género de la trova, copla incisiva, picante e irónica de doble sentido que convierte todo en instrumento “para rajar” del prójimo, la vida cotidiana, la política, o la crisis con irreverencia y humor. Hace parte de la cultura oral del huilense que le pone su tonada dependiendo de la región. Tenemos el que invita al éxtasis y al olvido: “Cuando llegue el San Pedro/yo olvido pronto pesares/ brindando con aguardiente/si son aires nacionales”.

El conflicto social tampoco queda ausente, como lo interpreta Jorge Villamil en El Barcino, la historia de aquel novillo que secuestran los guerrilleros bajo el liderazgo de Tirofijo y que recuerda el comienzo de la guerrilla: “Cuando en los tiempos de la Violencia se lo llevaron los guerrilleros con Tirofijo cruzó senderos llegando al Pato y al Guayabero”.

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Por su parte el sanjuanero al igual que el rajaleña se arraigó en el imaginario colectivo y funge en la actualidad como himno institucional de las festividades del San Pedro. Fue Anselmo Duran Plazas quien le dio vida utilizando instrumentos no rudimentarios; es una composición de salón no espontanea con utilización del ritmo cadencioso del rajaleña, pero acompañado de cuerdas tales como tiple, guitarra, requinto, así como del tambor y de instrumentos nativos como la flauta de Queco, el chucho, el marrano, la tambora, la esterilla y el carángano entre otros instrumentos.

Los poetas y compositores resaltan el contenido de la fiesta con exponentes como Silva y Villalba, Los Tolimenses (Emeterio y Felipe) y el Cantor de las Américas, Jorge Villamil. Otro de los huilenses que trascendió las fronteras nacionales, “El cantor del trópico” José Eustasio Rivera, inmortalizó la danza del idilio campesino, tímido balbuceo amoroso en los pasos de una gentil calentana pudorosa, a comienzos del siglo XX: “La gentil calentana, vibradora y sumisa de cabellos que huelen a florido arrayán cuando danza bambucos estremece la risa y se alegra el susurro de sus faldas de olán”.

Es de notar la riqueza del rajaleña en sus distintas variaciones: la finura de la sátira que recuerda al español Francisco de Quevedo en Regulo Suarez: Dos flores habéis perdido/ambas en edades tiernas; una por abrir la boca y otra por abrir las piernas.

El sentir fiestero del opita, amante del canto y la música de cuerdas mezcla coplas, pasillos, guabinas y bambucos, haciéndole descuentos a la frustración del “cuánto tienes, cuánto vales, principio de la actual filosofía”. Durante las primeras versiones del Festival no había una estructura definida de baile, pero según David Rivera Moya en su obra “Así es mi Huila”: “El antiguo bambuco clásico definió ocho pasos en su coreografía que inicia con la invitación del hombre a la mujer, se tocan los codos por la derecha y por la izquierda; forman tres veces el número ocho; mutuo coqueteo, persecución graciosa, galantería del pañuelo, la venia arrodillada del hombre; y el abrazo galante que sugiere aceptación y querencia”

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No pueden faltar cabalgatas, desfiles con taitapuros y mohanes con cuerpos locos sin corazón, las corralejas; la gastronomía típica: el asado huilense, el sancocho de gallina, la chicha de maíz, bizcochuelos y la mistela de mejorana.

Nuestra Tierra de Promisión o “Valle de las tristezas”, como la llamo Jiménez de Quesada, está llena de contrastes: bañada por el río Magdalena se muere de sed en el desierto de La Tatacoa; no explota el río como medio de transporte; con bonanza petrolera por más de 50 años despilfarró sus regalías y no salió del atraso; con represas como Betania y el Quimbo no generó desarrollo industrial y deterioró el ecosistema; y en suma, con pobre cultura moderna, acostumbrada a las rentas de la tierra y el petróleo, a la clientela estatal como factor de empleo y poder político, con excepciones de piscicultores, empresarios del arroz, café y cacao que tienen cultura empresarial. Se requiere un cambio cultural liderado por su Universidad Surcolombiana que solo supera la crisis que hoy vive, si se sacude del clientelismo y corrupción liderando un nuevo bloque histórico comprometido con el cambio.

Que valore la rumba sana sin llegar a la borrachera colectiva: “Sírvame un trago de cinco/sírvame otro de cincuenta/sirva y sirva sin descanso/hasta que pierda la cuenta” (Sanjuanero huilense). Un viraje que proyecte liderazgos nuevos como plantea el dramaturgo alemán Bertolt Brecht, en Loa al Estudio: “¡Estudia el ABC! No basta, pero estúdialo (…) Estás llamado a ser un dirigente. Repasa la cuenta, tú tienes que pagarla”

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