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La peligrosa política de ‘No perdonaremos’ que sigue Estados Unidos

Autor: AM Queretaro

Esau McCaulley

Durante 20 años, estados unidos ha prometido vengarse del terrorismo. hay un mejor camino.

A finales del mes pasado, el presidente Joe Biden, en el tono sombrío y la vestimenta discreta que indican la respuesta a una tragedia, se dirigió a la nación. El ataque al aeropuerto de Kabul acababa de cobrar la vida de trece soldados estadounidenses y más de 60 civiles afganos. Habló conmovido sobre el máximo sacrificio de nuestros hombres y mujeres en el Ejército. Luego, viró su atención hacia nuestros enemigos. Dijo: “No perdonaremos. No olvidaremos. Los perseguiremos y los haremos pagar”.

La respuesta de Biden hizo eco de los sentimientos de George W. Bush hace 20 años tras los ataques del 11 de septiembre. Durante la mayor parte de mi vida, he escuchado a presidentes estadounidenses demócratas y republicanos prometer la muerte a nuestros enemigos. La lógica detrás de esto es bastante básica. Los actos de maldad exigen justicia. Nadie puede ver cómo regresan féretros envueltos en la bandera estadounidense a casa con sus familiares acongojados ni los últimos saludos de sus colegas soldados sin conmoverse.

GUERRAS GENERACIONALES

Mi familia conoce este temor. Mi abuelo sirvió a este país como parte del Ejército de Estados Unidos. Mi esposa lo ha hecho durante más de quince años de servicio activo y de reserva en la Marina. He sido pastor en iglesias cercanas a bases militares. Comprendo la inquietud en torno a los despliegues de combate. Precisamente estas experiencias me hacen pensar en la promesa de Biden de “no perdonar”.

Hemos visto lo que pueden hacer la furia y el deseo de venganza. Se metastatizan en nuestro interior y entre nosotros. Nuestro deseo de justicia puede convertirse rápidamente en odio, frialdad e incluso venganza en contra de pueblos enteros. Los inocentes de Afganistán y otras partes no se diferencian de nuestros verdaderos enemigos. Nuestra imagen de los extranjeros se distorsiona y los vemos como amenazas en vez de regalos para la república. Esta furia se ha dirigido a distintos grupos étnicos, raciales y religiosos según la temporada. Se ha lanzado con torpeza en muchas direcciones y nunca ha encontrado descanso ni saciedad.

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EL FRUTO DE LA VENGANZA

Hemos visto el fruto de una política de la venganza, pero la política del perdón y la contención sigue prácticamente sin probarse.

¿Y si dejáramos de alimentar a la bestia? ¿Y si un presidente se dirigiera al país y eligiera un camino distinto? Tenemos el ejército más poderoso del mundo. Es justo considerar lo que es necesario para proteger a nuestro país, pero la contención también puede ser una muestra de poder.

A menudo, el costo de la venganza conlleva demasiados riesgos para nuestras tropas, nuestra psique nacional y los civiles en el extranjero que no nos han hecho ningún daño. Está perfecto hablar sobre justicia, pero en un contexto internacional el alcance de esa justicia casi nunca se limita a los culpables. El dolor recae también en la gente inocente y las infraestructuras de por sí frágiles de países empobrecidos.

He aquí una propuesta radical y aparentemente insostenible: enfrentemos el odio con perdón y a veces incluso con amor.

EL DOLOR

¿El dolor de los estadounidenses no podría dar lugar a demostraciones de gracia? ¿Y si, en respuesta a una tragedia, le declaramos la guerra a la desesperanza humana, que es un semillero de terrorismo, y destinamos todavía más ayuda económica y esfuerzos para socorrer a los pobres y los refugiados? En los lugares mismos donde los terroristas hacen su reclutamiento, podríamos demostrar que nos importan los desposeídos. Podríamos demostrar que Estados Unidos es un amigo y no un enemigo de la gente que sufre en todo el mundo.

Esta visión de las realidades de la política mundial puede parecer ingenuamente piadosa y demasiado enraizada en la visión cristiana del poder transformador del amor para ser escuchada en nuestra era laica. El mundo respeta la fortaleza, no las reflexiones pastorales complejas sobre el amor.

Pero las cosas no son tan simples.

DECLARACIONES DE MUERTE

Las declaraciones presidenciales de muerte a nuestros enemigos se han formulado con la retórica de las Escrituras judías y cristianas. Si los presidentes han invocado los textos sagrados del cristianismo, podemos buscar la ética de la cruz en su razonamiento moral.

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Biden citó a Isaías 6:8 en sus comentarios tras el ataque al aeropuerto. En este versículo, Dios le pregunta al profeta: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá por nosotros?”. Biden usó este texto para hablar sobre la disposición de las tropas estadounidenses a responder al llamado al servicio. Sin embargo, ese pasaje no habla sobre miembros del ejército que aceptan pelear por Estados Unidos, sino sobre el encargo de Dios a un profeta para que hable en su nombre.

LAS CITAS BÍBLICAS

Más adelante, el Libro de Isaías habla sobre un rey que terminará las guerras. La llegada de ese rey, llamado el Príncipe de Paz, hará que los leones se recuesten al lado de los corderos. Para el cristiano, este rey es Jesús, quien, en vez de matar a sus enemigos, dice mientras muere: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Nunca he escuchado este pasaje citado en nuestras respuestas al mal moderno.

Hay una larga e ilustre historia de la reflexión cristiana dedicada a la guerra justa, las circunstancias en que la guerra se vuelve una triste necesidad. Hay una tradición igual de extensa de pacifismo cristiano que renuncia a todo tipo de violencia. Mi objetivo no es plantear esos argumentos aquí. Quiero presentar un argumento más básico sobre nuestro instinto nacional hacia la violencia en vez del perdón.

ES EL MOMENTO DE LA PAZ

Deberíamos levantar las armas con pesar, en caso de tener que hacerlo. Cuando habló sobre su resistencia a la guerra, el reverendo Martin Luther King Jr. dijo: “Hoy, la opción ya no es elegir entre la violencia y la no violencia. Es elegir entre la no violencia y la no existencia”.

Era consciente de las dificultades de su postura. “No soy un doctrinario pacifista”, comentó. “Pero creo que la Iglesia no puede evitar tomar una postura sobre el tema de la guerra encontrando primero su propia y distintiva”.

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Creo que esa dimensión distintiva es el instinto del cristianismo hacia a la paz y el perdón.

Este deseo de perdonar debe filtrarse en el pensamiento de nuestros líderes de manera que vaya más allá de agitar Biblias enfrente de iglesias o citar las Escrituras después de unos ataques. El amor por los enemigos y extranjeros debe estar en la vanguardia de su imaginación política. Se debe aceptar la enseñanza básica de que el amor de Dios no está limitado por las fronteras nacionales.

PAZ EN EL INTERIOR Y EN EL EXTERIOR

Cuando se han cometido atrocidades en contra de la gente negra o morena en Estados Unidos, se ha exhortado casi de inmediato a la contención y el perdón. Se nos insta a protestar, pero no de forma destructiva. He estado de acuerdo de todo corazón. No creo que debamos responder a la injusticia nacional propagando aflicción a los demás. Amplío la misma lógica para el resto del mundo. Sin embargo, me pregunto: ¿por qué no se exhorta a la misma contención en el contexto de los incidentes internacionales?

Tal vez sea porque los estadounidenses creen que el amor y el perdón son herramientas que solo usan los desposeídos. Esa es una oportunidad perdida. Nuestra fortaleza militar y política implica que no tenemos que perdonar a nuestros enemigos, pero sería algo aún más poderoso que lo hiciéramos. La idea de que el amor y el perdón son estrategias exclusivas de los débiles es una malinterpretación del aspecto revolucionario de la respuesta cristiana frente al mal: la creencia de que Dios, quien tenía poder, optó por la debilidad, la vulnerabilidad y el amor como medios para transformar el mundo. Si nuestros líderes seguirán invocando a este Dios, deben hacerlo en serio. Sería un antídoto para la retórica que puede sentirse bien en el momento, pero que no nos libera para encontrar una mejor solución.

MT

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