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La primera vuelta al mundo Magallanes-El Cano (VI)

Autor: Tribuna de Avila

Seguimos en el más largo viaje de aquel tiempo, la primera circunnavegación de Magallanes/Elcano. Y en el trascurso de muchas singladuras, hoy nos toca la primera parte del gran periplo. Que incluye la travesía del Atlántico desde las costas africanas de Sierra Leona, hasta Brasil. Y poco después de dejar los cálidos trópicos, el comienzo de la gran invernada en el Puerto de San Julián, antes del pretendido motín contra Magallanes, que veremos el próximo viernes, cuando Tribuna lo difunda entre los lectores de Castilla y León.

De Sanlúcar de Barrameda al Estrecho

Ya vimos cómo la flota de cinco naves partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519 a Sanlúcar de Barrameda, de donde se dio a la vela el 10 de septiembre de 1519 para el más largo viaje.

Antes de la partida, Magallanes consultó con los oficiales el rumbo a seguir. Y también lo hizo en las Islas Canarias (Tenerife) para acordar la ulterior navegación oceánica. Pero el caso es que luego, se desvió del curso convenido, dejándose de más consultas. Conducta que originó un cierto conflicto con los oficiales españoles, sobre todo con Juan de Cartagena, veedor del rey y, por ello mismo con mando teórico en la expedición al propio nivel del capitán general.

Sierra Leona y Brasil

Al levar anclas de Tenerife, Magallanes resolvió seguir la ruta habitual de los navegantes portugueses, costean-do África hasta la altura de Guinea / Sierra Leona, antes de dar el gran salto a Brasil, cruzando el ecuador[1]. Momento en que, según Pigafetta, se produjo el psicofenómeno del fuego de San Telmo, una superstición de las navegaciones del Atlántico: en el palo mayor parecía formarse una especie de fuego fatuo, coincidiendo con los peores momentos de las tormentas. Según los marineros, funcionaba como protección de los navegantes; amainan-do la fuerza de los vientos, y alterando las agujas de las brújulas para de ese modo seguir el mejor rumbo[2].

Sortilegios aparte, resultó que fue aún en las costas africanas cuando se produjo el primer incidente grave dentro de la oficialidad de la expedición: Magallanes acusó al maestre de la nao Victoria, Antón Salomón –medio albanés, medio siciliano— de sodomía y decidió ejecutarlo, junto con el grumete al que acosaba sexualmente.

Cartagena se enfrentó a Magallanes, considerando excesiva la pena, y exigiendo, además, que hubiera el previo juicio del caso. Se expresó así, en su condición de muy alto funcionario real, creyéndose en su derecho a hablar libremente. Pero Magallanes le tomó por el pecho y dijo sólo dos palabras[3]:

  • Daos preso.

Cartagena quedó arrestado, y a partir de esa ocasión, hasta llegar al puerto de San Julián, en la Patagonia, el veedor real estuvo prisionero, a bordo de la nao Victoria, con la vigilancia expresa de su capitán Luis de Mendoza, que le dio el mejor trato en su propio camarote[4]. La situación creada en las costas africanas y ese confinamiento, conducirían después a lo que veremos en su momento.

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En las cálidas costas tropicales de Brasil

El caso es que las cinco naves, ya desde el continente americano, siguieron a la línea de la costa de Brasil, hasta que el 13 de diciembre de 1519, dieron con una hermosa isla de promontorios visualmente muy atractivos: por el santoral llamaron al lugar Santa Lucía (Sepetiva, nombre indígena), en un lugar entre las localizaciones actuales de Río de Janeiro y Santos, el puerto de Sao Paulo. Los naturales del país festejaron a los navegantes recién llegados, sobre todo por entender que habían traído con ellos copiosas lluvias, tras un largo periodo de sequía[5].

En esos cálidos parajes, la tentación se hizo muy fuerte, y Magallanes no tuvo más remedio que permitir el desembarco de sus hombres, que disfrutaron, en aquel paraíso, de unas Navidades más que alegres, probando dos alimentos locales desconocidos en Europa: patatas, y pan de maíz.  Con los indígenas, se realizaron intercambios muy favorables, incluyendo no pocas fiestas eróticas entre marinos y nativas[6].

La primera visita al Cono Sur de las Américas

En los primeros días de 1520, ya de nuevo en navegación, se vio cómo la costa giraba de forma esperanzadora hacia el Oeste, con entrantes en tierra por donde se suponía que podría estar el paso interoceánico. Hasta que arribaron, en el actual Uruguay, a una hermosa bahía a la que llamaron “Monte Vidi”. Probablemente porque algún gallego o portugués vio un monte, donde luego se asentó la ciudad de Montevideo. Seguidamente, avanzaron más hacia el Oeste, entrando en aguas cada vez más terrosas, que eran las del hoy denominado Río del Plata; así llamado por las bandadas de peces que al sol ofrecían, en sus lomos, un reflejo argentífero.

Por el Mar del Plata pasaba, según las estimaciones de Magallanes, el meridiano de la línea de demarcación del Tratado de Tordesillas, empezando, pues, el hemisferio español, y al propio tiempo era el límite más meridional alcanzado en la expedición de Juan Díaz de Solís, en 1515; amén de la también referida misión lusa secreta a la misma zona.

Tal como hicieron sus precursores, Magallanes exploró el área, comprobando que el agua dulce era suministrada por un gran río, el Paraná, por lo que pronto ordenó reanudar la navegación por mar abierto (2 de febrero de 1520), haciéndolo en paralelo a costas cada vez más inhóspitas, frías y desiertas, tan faltas de encanto que la expedición se desanimó mucho[7]. Criticándose sotto voce al autoritario comandante que daba órdenes, pero no explicaciones sobre dónde podía estar el prometido paso del Atlántico al Mar del Sur[8].

Así las cosas, el 20 de febrero de 1520 llegaron los navegantes a un nuevo entrante, después de doblar el cabo Corrientes (a la altura de la actual ciudad de Mar del Plata): era el área de Bahía Blanca, a la altura del paralelo 40° Sur, no alcanzado antes por ningún europeo. Un hito en el que por la marinería se suscitó la idea de si convenía o no continuar explorando. Ante lo cual, Magallanes no vaciló en su decisión de seguir hacia el Sur, hasta llegar a la hoy conocida como Península Valdés. Donde se apreció una variada fauna de cetáceos: focas, lobos y elefantes marinos; y sobre todo, pingüinos, que causaron admiración a los navegantes, por sus andares.

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Los patagones solitarios y el invierno austral: el puerto de San Julián

A esa altura de la costa se produjeron los primeros avistamientos de patagones, verdaderos gigantes según la crónica de Pigafetta, que siempre tan fantástico él, dijo que “nuestra cabeza llegaba a su cintura”. Pero el referido nuevo gentilicio no se debió, como tantas veces se ha escrito, al tamaño de los pies de esos nativos, sino que está relacionado con una novela de caballería que más tarde citaría el propio Cervantes: El Primaleón, de Francisco Vázquez[9]; donde aparecía un gigante monstruoso, de cuerpo humano y cara de perro, que respondía al nombre de Patagón[10].

Siguiendo siempre en dirección Sur, el 31 de marzo de 1520, llegaron los navegantes a una amplia bahía muy cerrada, verdadero puerto natural que bautizaron como San Julián (siempre el santo del día), en la latitud 49º 20′ S. Donde, por la buena protección para los barcos y la abundancia de pesca, Magallanes decidió invernar; en lo que fue una estadía de casi cinco meses, hasta el 24 de agosto de 1520. La razón de tan larga escala fue que el luso capitán general apreció que el otoño austral se les echaba encima, con temperaturas cada vez más bajas. Pues si bien es cierto que aún estaban lejos del Polo Sur, a la altura de la Patagonia, los inviernos son muy duros, por el influjo del helador continente de la Antártida[11].

Pinguino de Magallanes (Spheniscus magellanicus) debe su nombre al navegante luso. En un primer avistamiento fueron descritos como “extraños gansos” obscuros. Fuente: Pexels

Retrospectivamente, se ha pensado que Magallanes también eligió aquel lugar por su tranquilidad y la gran abundancia de peces y mariscos para reforzar las subsistencias propias. Pero, además, es posible que tuviera otros motivos para fondear, por los indicios de que se preparaba una conjura contra él: la mayor parte de capitanes y tripulación desconfiaba de que realmente el gran navegante supiera algo de cierto sobre el célebre paso que él mismo había dado por seguro. Tal vez por esa suposición, el Capitán General de la flota quiso disponer de sus cinco navíos, fondeados en aguas tranquilas, y no en las procelosas del mar abierto, donde un asalto a su autoridad habría sido más peligroso.

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En el momento de recalar en San Julián, la expedición se encontraba apenas a 150 millas de la boca oeste del estrecho tan anheladamente buscado. Pero naturalmente, eso no lo sabía Magallanes: hubieran podido llegar al legendario paso en poco tiempo, y ganar el nuevo mar abierto y subir a latitudes más bonancibles, evitando así la invernada… y la rebelión que acabó llegando.

Al invernar en San Julián, el Capitán General ordenó a sus capitanes que racionaran los víveres para alargar subsistencias. Algo que disgustó a una tripulación y una oficialidad cada vez más hostil. En adelante, la distribución de pan y vino experimentaría una notable reducción, cierto que compensada por la abundante pesca en la bahía.

Ante esa actitud de protesta de la tripulación, Magallanes echó más leña al fuego, extrañándose de que unos castellanos valientes mostraran semejante debilidad, olvidando que “habían emprendido el viaje para servir a su rey y a su patria”. Y les manifestó que él, personalmente, estaba resuelto a morir antes que volver cubierto de ignominia. De modo que, a su entender, cuanto mayores fueran los sacrificios, tanto más beneficiosos serían para el monarca[12]. La verdad es que el Capitán General gozaba de un cierto humor interior, del que, obviamente, sólo participaba él[13].


[1] Carla Rahn Phillips, “La expedición Magallanes-Elcano”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pág. 154.

[2] José Calvo Poyato, La ruta infinita, ob.cit., p. 279

[3] Stefan Zweig, Magallanes, ob.cit., pág. 146 y sig.

[4] Álvaro Bermejo, Juan Sebastián Elcano. Las raíces del Horizonte, ob.cit.

[5] José Calvo Poyato, La ruta infinita, ob.cit., p. 290.

[6] José Luis Comellas García-Llera, “La travesía del Atlántico (1)”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 125.

[7] María Antonia Colomar Albajar, “Mapa de la Gobernación del Río de la Plata”, en El viaje más largo. La primera vuelta al mundo, Acción Cultural Española, Madrid, 2019, pág. 134.

[8] José Luis Comellas García-Llera, La travesía del Atlántico, ob.cit., pág. 141 y sig.

[9] Libro de caballería español, continuación del Palmerín de Oliva, publicado por primera vez en Salamanca en 1512, con el título de Libro segundo de Palmerín.

[10] Álvaro Bermejo, Juan Sebastián Elcano. Las raíces del Horizonte, inédito.

[11] Más adelante se recuerda como en la Bahía de San Julián también invernó (julio de 1578) el inglés Drake en su propia vuelta al mundo. Y allí tuvo, como Magallanes, un motín y dos muertos.

[12] Stefan Zweig, Magallanes. La aventura más audaz de la humanidad, Editorial Maxtor, Valladolid, 2017, pág. 159 y sig.

[13] Puede verse el trabajo de Leoncio Cabrero, “Fernando de Magallanes”, en Historia 16, Madrid, 1977, pág. 140 a 158.

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