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La resurrección urbana de Desquite

Autor: Arturo Guerrero

Antes de los guerrilleros había bandoleros. En los años 50, y hasta mediados de los 60, campeaban los bandoleros. Entre las dos denominaciones hubo similitudes y diferencias. Las similitudes fueron la persecución política, que comenzó en persecución familiar. La principal diferencia fue un ideal. Los bandoleros hicieron de la rabia un motor. Los guerrilleros se apertrecharon detrás de una causa, un móvil político.

Entre el alcalde y la policía, al ´Capitán Desquite´ le mataron al papá y al hermano mayor en el pueblo tolimense de Rovira, donde había nacido. Desquite no era Desquite todavía en aquel 1950. Tenía 14 años. Se le vino encima el cielo. Sacó a la mamá y demás familia de su tierra saqueada. Prestó servicio militar, al salir consiguió armas, compinches. Se puso ese nombre de guerra, que no necesitaba explicación.

Así comenzó una racha de asaltos, asesinatos, decapitaciones, violaciones, en fin, la variada mezcla vertida por la cólera. Hizo temblar al Tolima, Valle y Quindío. El ejército lo acorraló cerca de Venadillo y hasta ahí llegó. El 17 de marzo de 1964 ocho perforaciones de fuego lo acabaron.

Al año siguiente el fundador del Nadaísmo, Gonzalo Arango, publicó un poema en prosa titulado “Elegía a Desquite”, pieza de culto de ahí en adelante. Lo trató duro: no lo rebajó de criminal, a pesar de reconocer que los hombres no nacen asesinos, “sino que son asesinos porque la sociedad en que nacieron les negó el derecho a ser hombres”.

Un tomo rojinegro y duro, publicado por Ícono Editorial en octubre del 2020 sirve este texto en trece páginas enérgicamente ilustradas por Alejandra Vélez. Es tan impresionante el resultado que provoca abrir una página cada día y exhibirla en atril como obra de arte y escupitajo sobre esa sociedad de “opresión, miseria, miedo y persecución”.

Las ciudades colombianas están hoy invadidas de pequeños Desquites. Asaltan en los puentes, asesinan desde motocicletas, violan a sus víctimas, encaran a la policía, se quedan con celulares, carteras y computadores. No nacieron criminales. Fueron empujados al crimen por el desempleo, los echaron de la pieza amontonada, no tenían sino para una comida diaria.

Van callejeros al lado de recicladores sin caballo, vendedores ambulantes sin chaza, pordioseros que piden la liga. Son la marea urbana de la miseria. Todos los esquivan, les temen. Son la resurrección de Desquite a escala citadina. Así lo profetizó Gonzalo Arango, como desgracia. Si este viviera se autoproclamaría “General Exterminio”, como lo hizo hace 55 años.

Comandaría la tropa de los atracadores de hoy que, como Desquite, viven la vida que no merecen, viven muriendo, errantes y aterrados. Tan aterrados como sus asaltados de cada noche. Porque no solo fueron desterrados desde niños y vueltos a desterrar cuando jóvenes, sino que han sido privados del afecto, de la mirada noble, del mínimo saludo.

Se oye desde siempre la queja final del poeta nadaísta: “¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?”

arturoguerreror@gmail.com

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