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La verdad del escritor, por Daniel Múgica

Autor: The Objective

A López de la Calle ETA lo asesinó por informar. Era un periodista, tecleaba desde la realidad y le pegaron un tiro. ETA se lo pegaba a todo el mundo. No se bajaba la guardia, los demócratas. Y eso que estábamos en una nación liberal. También te matan si te limitas a imaginar, si conviertes lo soñado en arte. La lectura de ficción permite idear un mundo mejor cuando se vive en el peor. Cuando las mujeres son azotadas, los homosexuales liquidados y las religiones que no sean estatales orilladas. En un Estado islámico donde mandan los teólogos te persiguen por alzar la voz en nombre de un dios diferente.

El dios particular del escritor está hecho de retazos de imaginación cosidos con un hilo indestructible de libertad. Matan al escritor y le quitan lo que será, pero nunca lo que fue. No le la han arrebatado la libertad en este caso, el escritor la ha regalado consciente en lo escrito.  Caliente el cadáver sus ficciones prevalecen, aunque las quemen como los nazis. El que las ha leído conserva en la memoria la atmósfera que ha respirado en las páginas. Y se recrea en su memoria sensitiva, la que florece en un instante de emoción.

Las historias almacenadas en el recuerdo sirven al lector para ampliar las fronteras, para comprender que la diferencia fortalece y la identidad debilita, la autoinmune. Así que el escritor se convierte en un alfarero y sus ánforas en receptáculos del deseo. El lector huye de lo convencional, de lo establecido, y vive en el extremo de lo apetecido mientras pasa las páginas. El escritor ha realizado un esfuerzo descomunal en pos de la verdad, la propia, la individual, y la ha volcado en negro sobre blanco. Se presenta al lector desnudo. El lector puede vestir la verdad ajena con la propia.

La libertad de la verdad que nace de varias, la de la ficción, aterra a los islamistas. La capacidad de la narrativa de potenciar verdades diversas es el motivo del ataque a Salman Rushdie. En la verdad multicolor no precisamos un solo dios, ni siquiera un dios. La verdad mata al falso dios, Alá difuminado en el Estado. Alá se ha diluido en la contemplación del lector, y Mahoma ha desaparecido. Un lector de ficción asume que Mahoma es un falso profeta, como los demás de cualquier religión. Mahoma, en la ficción, se ha transformado en un telepredicador sin rostro, sin la habilidad de captar a lo humano para el Estado todopoderoso, la definición de la dictadura.

«Escribir es discrepar y leer es discrepar, de siempre»

El lector y el escritor, casados en la página que uno escribe y el otro lee, son destructores de dioses, de los que no les permiten ejercer el derecho a la discrepancia. Escribir es discrepar y leer es discrepar, de siempre.

Un acto sencillo es capaz de convertirse en una acción revolucionaria. Gandhi, el adalid de la paz, recogió un puñado de sal.  Con el gesto rompía el monopolio británico de la sal. Comenzó la desobediencia civil que desembocaría en la independencia de la India. Leer ficción es un acto sencillo.

No parece cierto que Salman Rushdie bajara el escudo. De lo contrario no hubiera dictado conferencias, en la que le atacaron. Culpar a la organización de falta de seguridad se antoja un dislate. No había cinta de seguridad. Un loco, o un asesino, rompe su silla y te atiza en la cabeza. Irán estaba detrás, no por la fatua en sí, sino por la ley de Alá que prohíbe la disidencia. Con Irán y con Rusia no se debe pactar nada. Los ayatolás están disfrutando en vida de las huríes, prostitutas jóvenes obligadas a su alcoba. No me pidan que contraste esta información, evidencia de las dictaduras. No exijan a un escritor que calle o baje la cabeza. El escritor decide callar. Sus escritos siguen aullando. Intentar matar a Rushdie, y conseguirlo, aísla a la carne. La materia orgánica de Salman Rushdie son sus publicaciones, sin fecha de caducidad. Léanlo, disfrutarán.

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