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La verdadera historia de la Casa de los Sall

Autor: TeldeActualidad.com

Antonio María González Padrón

En un lugar de Gran Canaria de cuyo nombre sí me quiero acordar, hace ya muchos años que vivía una señora llamada doña Dolores Sall. Perdonen mis estimados lectores, la broma inicial. Pero si conocieran al personaje, cuyo nombre he empleado para iniciar este relato me darían toda la razón. Era Doña Dolores mujer sacada de un libro de Historia.

Mi madre Consuelo Padrón Espinosa llegó a Telde de la Villa de Valverde de El Hierro con solo doce años y, en un primer momento, vivió en la hoy llamada Casa de Saulo Torón o casa roja, que en el pasado se le denominaba la casa y finca del convento. Estamos hablando del barrio de San Francisco, en la ciudad de Telde, Gran Canaria. La joven herreña, conoció a casi todos, por no decir todos los vecinos de la zona.

Por supuesto, también a Doña Dolores Sall. Cuando la traía al presente me decía: Era alta y espigada, como diríamos en El Hierro, mirlada que es lo mismo que huesuda y seca de cara. A mí me parecía ver en ella a la Reina Regente Doña María Cristina, pues al igual que ésta, Doña Dolores vestía siempre largo traje de telas oscuras, para ser más precisa, de riguroso negro. Las partes bajas de la falda, dejaba asomar las puntas de unos zapatos planos y de igual color que el traje y éste en su parte superior tenía un alto cuello de encajes, que tapaba toda la garganta. Completaba su atuendo con unos guantes a manera de mitones y no llevaba otra joya que unos pendientes de azabache negro y un camafeo centrado en el cuello de su vestido. La dama nunca salía de casa sin tocarse con un velo de encaje, portando en su mano derecha una sombrilla o parasol de igual tejido.

Mi madre se reía al contarme que cuando se encontraban en la calle o en la plaza, siempre le decía lo mismo: Consuelito, mi niña, dile a tu hermana que te compre un parasol, pues es una pena que vayas a estropear esa piel tan blanca y fina que Dios te ha dado. Sirva este pequeño relato materno para acercarnos a la figura y personalidad de la última habitante de la casa solariega que la familia Sall poseyó entre las calles Portería, Montañeta y Altozano del barrio conventual teldense.

Hoy, rehabilitada de aquella manera tan usual en Gran Canaria, es decir, cambiando todo lo cambiable y aumentando todo lo aumentable, espera impacientemente su apertura como Centro de Interpretación del Conjunto Histórico Artístico de San juan y San Francisco, además de Centro de Acogida e Información Turística, desde hace la friolera de algo más de catorce años.

La actual Casa Sall, que en verdad debería llamarse Casa de Los Sall, para entre otras cosas evitar la grave situación que nos hizo pasar una innombrable Consejera del Gobierno Autónomo, cuando al inaugurar el nuevo espacio turístico, se atrevió a recomendar a los presentes el poco uso de la sal en las comidas, valorando que aunque ésta había sido un elemento importantísimo para hacer imperecederos los alimentos, no era menos cierto que, tomada en demasía estropeaba el sistema circulatorio. Por tanto, la Casa de Los o de La Familia Sall, nada tiene que ver con los cristales resultantes de la solidificación del agua marina.

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Vamos a lo que realmente nos interesa. Don Francisco Sall Grant fue un noble irlandés que vivió entre 1682 y 1750. No sabemos a ciencia cierta el porqué de su emigración a la Isla de Gran Canaria, suponemos que su condición aristocrática y la profesión de la fe católica, le hacían incompatible con un Reino Unido de mayoría protestante o anglicana.

Lo cierto es que en 1713 y cuando contaba con treinta y un años se establece en esta isla, en donde va a dedicar todos sus esfuerzos a mercadear con varios productos naturales del Archipiélago, entre ellos el célebre vino de malvasía, que hizo las delicias de los europeos durante todo el siglo XVII, XVIII y buena parte del XIX. Poseedor de un espíritu inquieto y emprendedor, llegó a poseer varios barcos que hacían cabotaje entre las diferentes Islas del Archipiélago y, al menos uno, que lo mismo partía hacia Europa que hacia la isla de Cuba y otros puntos de la América hispana.

Su vinculación con Telde suponemos que vino a través de la compra de esos caldos, que en nuestra comarca eran de excelente factura y ya habían sido recomendados por varios mercaderes británicos, quienes llegaron a afirmar que en Telde y en su Vega Mayor, se cultivaban las vides de cuyo jugo se sacaba el mejor vino del Archipiélago.

En 1806 su heredero, Don Juan Antonio Sall y la esposa de éste, Doña Elvira, adquirieron una casa de planta baja y terrenos adyacentes, en total casi 2.000 metros en el Barrio de Santa María de La Antigua o San Francisco.

Quienes conocen el lugar, les será mucho más fácil hacerse una idea de la nueva propiedad de la familia Sall. Hacia la calle Portería se elevan dos altos tapiales, uno de ellos ennoblecido con vetustas almenas y, en medio de ambos, una casa terrera a la que al poco tiempo se elevó en altura añadiéndole un segundo piso y techo de teja árabe a dos aguas. También en un extremo del tapial se erigió una segunda vivienda de dos pisos. A diferencia de la anterior, ésta era de reducidas dimensiones, con solo dos espacios habitables: uno en la planta baja y otro en la planta alta, comunicándose una y otra por una escalera exterior de madera y en parte de cantería gris.

El resto del solar era ocupado por una huerta-jardín, que con el tiempo también cambiaría a la vista de sus dueños y visitantes. Al resultar la casa principal primigenia algo pequeña para las necesidades y estatus de sus moradores, éstos erigieron un segundo edificio, esta vez de trazas neoclásicas. Éste, de forma rectangular poseía tantos huecos de ventana en la parte superior como inferior y cubierta plana de azotea de la que salía en forma de cañón, varias gárgolas o bota aguas realizadas en madera de tea.

El resultado de las reformas llevadas a cabo por don Juan Antonio, fueron las siguientes: dos casas una más tradicional y la otra más moderna, la primera hacia el Norte y la segunda al Sur de un patio central, en donde se erguía orgullosa una magnífica palmera canaria. Al lado Este y entre las dos casas, un muro de mampuesto separaba al patio del llamado Jardín Pequeño o lugar de unos cincuenta metros cuadrados o tal vez menos, utilizados por la familia para buscar la fresca. El resto de sus espacios abiertos vendrían dados por una huerta, en donde se cultivaban todas aquellas cosas que eran necesarias en el cotidiano abastecimiento de la despensa: papas, cebollas, ajos, perejil, hierba huerto, cilantro, tomillo, etc. Y en la gran explanada existente entre la Casa Neoclásica y el paredón de igual estilo que daba a la calle Altozano, un magnifico jardín romántico con rosaleda y estanque con lavadero.

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Quienes conocieron dicho lugar hasta los años treinta, lo recordaban cubierto en su totalidad de plantas, la mayor parte de ellas aromáticas y, tanto en los altos tapiales como en los muros colindantes a otras casas, las célebres rosas de pitiminí o galletón, mostrando gran variedad de colores. En fin, un lugar para el remanso de las horas. La paz y la tranquilidad ambiental hacían que los amigos de la familia gustaran de ir a tomar el té, aunque en el invierno era muy cotilleado el excelente chocolate de Doña Dolores.

Cuando fallece nuestra biografiada, quedan como herederos de la propiedad sus sobrinos y así de forma indivisa, llega hasta nuestros días. Puesta a la venta en torno a 1980, todos los que intentaron adquirirla, se encontraron con una pega particularmente insalvable para cualquier ciudadano: la mitad exacta de dicha propiedad pertenecía al Cabildo de Tenerife, quien a su vez la había adquirido de Las Hermanas de los Ancianos Desamparados de La Laguna. Estas monjas de meritoria vida existencial, la habían recibido de un heredero de Doña Dolores, profesor retirado de la Universidad de San Fernando. Al querer la orden religiosa mejorar las condiciones de su Asilo y estar faltas de dinero, lo buscaron en la institución insular, cambiando pesetas por propiedad en Telde.

A su vez, el Cabildo de Gran Canaria poseía, creo, dos fanegadas de tierra de labor y plataneras en el Valle de La Orotava. Para su adquisición definitiva, el Cabildo tenía que conciliar al resto de los herederos, que superaban la docena. Sí es verdad que todos ellos estaban en la idea de que toda la propiedad se conservara con la misma imagen de antaño y a ser posible, fuera destinada a un servicio público.

Así, puestos todos de acuerdo, el Cabildo de Gran Canaria se hizo con su titularidad, aunque para ello tuviera que mentir al expresar por escrito en algún que otro informe, que la adquisición de la propiedad se hacía en aras de aumentar la funcionalidad de la Casa-Museo León y Castillo, ardid legal que ya había utilizado alguna vez que otra. Así lo hizo al menos cuando adquirió en la propia Alameda de San Juan de esta misma ciudad, la archiconocida casa de León y Joven.

En un acuerdo institucional entre la Corporación Insular y Local, se cedieron los dos inmuebles antes aludidos (la Casa de Los Sall y la Casa de Los León y Joven). El Cabildo se desprendía de los mismos entregándolos al Ayuntamiento de la ciudad por espacio de casi un siglo y con unas cláusulas documentales, en donde se les reservaba para usos socioculturales (en el caso de la casa Sall para Conservatorio o Escuela de Música y para la de León y Joven como Museo de Bellas Artes). Este gesto cabildicio se festejó con gran júbilo entre los amantes de la cultura en Telde pues entonces se creyó que en un futuro próximo la ciudad iba a contar con dos instituciones que venían a ennoblecer aún más la Zona Fundacional.

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En el caso de la casa Sall o de Los Sall, se necesitaron casi veinte años para que los munícipes dieran el pistoletazo de salida a sus obras de rehabilitación, que no de restauración. Pero con la casa León y Joven, muy lejos de ocurrir lo mismo, aún hoy sigue deteriorándose y en un estado cada vez más lamentable. Aunque para las dos, el Cabildo exigía la restauración y puesta en funcionamiento antes de los primeros quince o veinte años. Cuestión ésta que, si no se resolvía favorablemente, haría reversible el acuerdo quedando de nuevo el o los inmuebles en manos cabildicias.

Pasado los años, como hemos ya explicado, con dineros de administraciones insulares y regionales, se llevaron a cabo obras de todo tipo, encaminadas a la puesta al día de los inmuebles y huerta-jardín de la Casa de los Sall. Asimismo, se enajenó la huerta-jardín de la casa de Los León y Joven, convirtiéndolo en la plaza que hoy conocemos como Rincón de Plácido Fleitas.

En la última legislatura, cuando el actual alcalde la ciudad de Telde, Don Héctor Suárez, era Director General del Gobierno de Canarias, se dotó la Casa de Los Sall de todo lo necesario para cumplir una nueva y muy apropiada función, como sería convertirla en un Cetro de Interpretación del Conjunto Histórico Artístico de San Juan y San Francisco, al mismo tiempo que, ser un Punto de Acogida e Información Turística de primer orden.

Pero miren por donde, los ciudadanos, deseosos de disfrutar de ese espacio, verían como pasaban un mes, dos, tres… y así sucesivamente, sin que se pudiera inaugurar. Hasta que se descubrió un gran pastel político-administrativo. La razón por la que no se ponía en marcha la Casa de Los Sall no era otra que, en el Plan General actualmente vigente y en el P.E.R.I. de San Juan y San Francisco, ese espacio estaba reservado para el anteriormente reseñado Centro de Estudios Musicales y al ser de todo inoperante por falta de espacio se le cambió su funcionalidad, cuestión ésta que se hizo sin variar un ápice lo consignado en los documentos más arriba expuestos. Nos aclaramos. La Casa de Los Sall estaba destinada a ser eso: un Conservatorio Municipal de Música, nadie se preocupó de cambiar la funcionalidad de los edificios y ahora nos encontramos con que llevamos más de dos años con todas las dotaciones mobiliarias dispuestas para su uso y sin poder abrir sus puertas.

Esto último dice mucho del Muy Ilustre Ayuntamiento de Telde, tanto de sus políticos como de los Servicios de Urbanismo y Patrimonio Histórico Artístico. Somos conscientes que estas aclaraciones no van a gustar, pero son puras verdades históricas. Y como tanto se ha defendido en este consistorio la Ley de Memoria Histórica, a ella me remito para sacar a la luz uno de los capítulos más vergonzantes de las últimas décadas en este Telde tan grande como complejo.

Antonio María González Padrón es licenciado en Historia del Arte, cronista oficial de Telde e Hijo Predilecto de esta ciudad.

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