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Litón, Canela y el FIB

Autor: Sergio Ruiz Antoran

Litón es un burro. Canela es una burrita. Con sus orejitas peludas y su dentadura son el cortacésped animal en la casita de Isabel. Encima de sus cogotes hay una enorme encina desde donde se ve uno de los mejores atardeceres de Aragón. Si hace buen día se divisa medio Pirineo y parte del otro. Abajo emerge el olor a carnaza del restaurante de Kurz, un suizo que un buen día a finales de los ochenta paró allí con su bicicleta y allí se quedó, a criar hijos rubios y reconstruir Pano en su lugar en el mundo.

Al otro lado del monte se distingue una estupa. Puntiaguda, su blanco reluce entre el verdor apagado del invierno y alguna almendrera en flor. Cerca queda un templo cuadrado de colorado tejado. Desde la encina puede ser un juego divertido ponerte a identificar tenderetes, casetas y chalecitos que se arremolinan alrededor de estatuas de dioses exóticos y del gran albergue que conforman Dag Shang Kagyu, el centro tibetano de Panillo que otro día a finales de los ochenta empezaron a construir unos butaneses junto a Casa Sosas, ante la mirada curiosa de la adolescente Isabel.

Ella y Kurz difícilmente se pierden el Losar. Fue este jueves, achicado aún por el coronavirus. La celebración del año nuevo tibetano se compone de plegarias con ecos del Himalaya, mucha música de trompa gorda, hogueras blancas que atufan a incienso y un baño en polvos de colores que te embadurnan el pelo, la sonrisa y el alma. El lama Drubgyü habla un castellano curioso a budistas que han llegado a este rincón de Ribagorza desde distintos puntos del planeta y distintas alegrías o tristezas.

Hay quien habita aquí en humildes yurtas mongolas, sin agua ni luz corriente, y los que han construido buenas casas bien acondicionadas, quien llegó para encontrarse y otros que aún están en ello. Todos han montado una comunidad espiritual y singular para el ojo poco adaptado a la diversidad y tolerancia.

El risueño Drubgyü es de Bután, donde no se mide el PIB sino el FIB (Indice de Felicidad Bruta), porque lo que importa es el bienestar interior y no el dinero exterior. En Panillo eso parece. En estos tiempos en los que la guerra y los refugiados vuelven a nuestra pantalla, la que nos interesa, porque hay otras que matan sin nosotros, este remanso de paz internacional que une a un butanés, la chica de Casa Sosas, el suizo hallado en Pano y a cualquiera parece una alegoría de un mundo feliz. Feliz e inalcanzable porque, con o sin religiones, la pasta manda y somos más burros que Litón y Canela.

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