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Luis Frade, el karateka de los seis metros del Barcelona para la ‘Final Four’ de la Champions

Autor: EL PAIS

Estaba de guasa con los compañeros del Sporting de Portugal en una comida pagada por las multas. Entonces, le sonó el teléfono y Luis Frade (Río Tinto, Portugal; 25 años) lo atendió sin mirar a la pantalla.

– “Hola, soy Xavi Pascual”, le dijeron desde el otro lado de la línea.

– “Ah, hola Charly”, respondió Frade, pensándose que era su antiguo compañero Carlos Ruesga, todavía incapaz de discernir si un acento era catalán o asturiano.

– “Que soy Xavi Pascual”, insistieron al otro lado del teléfono.

– “Sí, sí, Charly, qué pasa”, siguió en su error Frade.

– “Xavi Pascual, el entrenador del Barcelona…”, aclararon. Y fue en ese momento en el que el pivote se dio cuenta de su error. “Me puse blanco, nervioso perdido, y le pedí que me llamara en unos minutos”, cuenta Frade. Se dio una ducha y volvió a coger el móvil. “No recuerdo nada de lo que me dijo más allá de que me querían”, admite. Pero su vida, como cuando tenía 12 años, volvía a cambiar de guion de forma abrupta gracias a la pelota de balonmano.

Resulta que todavía siendo niño, sus padres lo enviaron a unas colonias de verano para que se entretuviera. Ocurrió mucho más que eso porque entre los deportes que hacían estaba el balonmano. “¿Juegas normalmente?”, le cuestionó un monitor. “Pues deberías pensártelo porque tienes cuerpo para ello”, añadió ante la negativa. El consejo se le quedó en el cerebelo y al volver a casa, toda vez que ya no hacía fútbol y el baloncesto y la natación no le acababan, decidió probar en el Aguas Santas, que estaba al lado de Oporto y de su casa. Aunque por entonces lo compartía con el karate. “Es una disciplina que empecé con cinco años y en la que con los años llegué a ser cinturón negro”, señala con orgullo este jugador bigardo de 1,94 metros y cerca de 110 kilos; “me transmitió muchos valores y me hizo madurar, me enseñó a ser buena persona porque no es un arte para pegar sino para defenderte. Y creo que me ha ayudado con el balonmano a nivel de agilidad, fuerza, velocidad de movimientos…”.

El binomio deportivo, en cualquier caso, traía de cabeza a sus padres. A Luis, que jugó al rugby en el Benfica; y a Mónica que hizo baloncesto en el Académico do Porto. Y no era raro que tras el kárate, con la Ford Transit del padre o con el Peugeot 307 de la madre, quemaran ruedas para llegar lo menos tarde posible al entrenamiento de balonmano. “Me lo dieron todo y siempre me apoyaron; los mejores padres posibles”, admite. Aunque también le hicieron estudiar y él llegó incluso a la Universidad de Economía de Oporto (FEP), pero tuvo que dejarlo con el profesionalismo. “Quizá acabe algún día porque me gustaba”, apunta Frade, al tiempo que recuerda a su madre, que falleció hace tres años por culpa de un maldito cáncer. “En parte, juego por y para ella”, resuelve el pivote azulgrana.

Su eclosión con el balonmano no tenía fin, del Aguas Santas al Sporting Portugal, escogido por dos veces el mejor pivote mundial júnior y una europeo, también el mejor del mundo sub-20. Justo después llegó al Barça, postpandemia. “De los primeros días los recuerdo el agotamiento”, aclara; “en un año pasé de jugar con mis amigos en la liga, al año siguiente con mis ídolos y participar en dos Final Four. Entendí el profesionalismo, las rutinas, cómo había que cuidarse…”. Y se fue ganando su sitio, por más que tuviera por delante a Ludovic Fàbregas y Cedric Sorhaindo por delante. “Eso es lo que te hace bueno, te hace evolucionar”, conviene; “y en los tres primeros meses no me enteraba, pero luego empiezas a ganar posiciones, balones, y la gente te mira a los ojos y te hace sentir uno de ellos. Eso te motiva y enorgullece”. Lo mismo, cuenta, que haber rendido ahora como pivote principal del equipo, ya en otra Final Four, donde se batirán con el Kiel alemán (Dazn y Sport3, 18.00). “Es un equipo buenísimo y aspira a ganar la Champions como nosotros y como el Madgeburgo y el Aalborg. Nos jugaremos el alma”, reflexiona. Él, karateka de los seis metros, también lo hará por su madre y por su hijo Gonçalo, que nació el 1 de junio, la alegría de la casa en Castelldefels junto a su pareja Caterina y Zeus, el Golden Retriever.

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