M. Night Shyamalan lleva toda la vida en los mundos de la fantasía, de la imaginación sobrenatural; y, sin embargo, pocos cineastas han hablado tanto y tan bien de la realidad. Cada guion que firma, cada película que rueda, es una alegoría del presente, una constatación de que a veces la mejor manera de llegar al destino es dar un rodeo. Con ‘Llaman a la puerta’, que estrena en España este viernes, se mete en varios asuntos espinosos a partir de una idea que encontró en la novela de Paul Tremblay ‘La cabaña del fin del mundo’: una pareja con su hija pequeña pasan unos días de retiro en el bosque cuando cuatro extraños se cuelan en la casa para exigirles un sacrificio con el que evitar el fin del mundo.
Entre medias, además de sus habituales giros de guion –«en ocasiones veo muertos»–, Shyamalan propone debates de esos que no tienen solución.
«Quiero hablar de las cosas que son importantes para nosotros, y quizá ponerlo en un contexto de ficción hace más fácil abordar estos temas desde un lugar en el que no ves venir tan claramente de lo que se va a hablar», explica el cineasta al ser cuestionado por la cultura de la cancelación y la moda de la corrección política que recorre Hollywood. «Me pregunto si ‘La visita’, que rodé en 2015, y ‘Múltiple’, en 2016, las podría hacer ahora. Me pregunto si no tocan temas demasiado sensibles hoy en día. No sé, pero yo quiero seguir hablando de cosas así», señala, no sin mostrar una preocupación evidente. La repregunta es obligatoria:¿Hay mayor miedo para un director de películas de terror que descubrir que lo que rodó hace menos de una década hoy podría ser «cancelado»? «Entiendo que eso viene de buenas intenciones, de la idea de proteger a todo el mundo y no generar sentimientos negativos a nadie, lo entiendo… Pero por naturaleza tiendo a ser malvado, y si veo que algo incomoda pues allá que voy, quiero más y lo busco. No creo que sea el mejor rasgo de mi personalidad, pero está ahí», sentencia con una sonrisa, sabedor de la fama que tiene su cine.

Porque cuando Shyamalan observa a su alrededor, o cuando ríe con su tono de voz agudo de niño malo, parece estar planeando secuencias de terror. Y lo constata durante la entrevista en Madrid la pasada semana, en la lujosa suite de un hotel en el Paseo del Prado, donde entre moquetas y mármoles, rodeado de periodistas, publicistas, agentes y maquilladores, gira la cabeza y dice:«Estoy aquí pensando en lo que lleváis y en que estamos aquí encerrados, y eso es suficiente para generar una escena o una película… No hace falta ni salir a la calle», indicó durante la primera jornada en Madrid;en la segunda, fue a un pase privado a presentar la película y se fotografió con «influencers». Y al día siguiente, continuó su gira por media Europa.
Una mirada religiosa
Hablar de una película de Shyamalan supone caminar en el precipicio del destripe. Para no caer en él, lo mejor es dejar que el cineasta deje las pistas para que el espectador llegue a la pantalla limpio. «Considero la religión como una mitología más, igual que me interesan otros mitos, como los alienígenas o los fantasmas… Yme interesaba mucho [para esta película] la idea de introducir algo de la Biblia en una historia real del mundo de hoy», señala el director sobre los cuatro atacantes que interrumpen el descanso de la familia protagonista. Y lo hace, dice, hablando con conocimiento de causa, porque, aunque él sea hindú, como su familia, estudió durante diez años en una escuela católica:«Así que definitivamente conozco esa mitología. Me gusta mucho», señala, para preguntarse directamente: «¿Cómo serían ahora los cuatro jinetes del Apocalipsis? ¿Cómo nos contarían el fin del mundo?». Yes que sabe que si hay algo que lo define como director es que se mantiene con los pies en la tierra pese a que su cabeza vuele por los mundos de la fantasía:«En el guion no puedes decir que no hay reglas, porque si vas a hacer un filme con dragones y brujas, tiene su propio lenguaje, uno diferente. Ahora bien, sí se pueden meter determinados toques de fantasía, pero no de cualquier manera y no sin normas… Lo que hago es algo muy complicado», señala.
Todo para firmar una adaptación que rechazó una primera vez porque no le dejaban salirse de los márgenes del libro, y que al final terminó por aceptar cuando pudo cambiar el final a su gustó, ya que, según Shyamalan, «la premisa era increíble, pero eso te obligaba a terminar de manera satisfactoria también». Y el libro no lo hacía. Por eso cree que los miles de seguidores de la novela descubrirán una historia muy diferente. Y que le resulta increíble «cómo dos artistas han hecho dos versiones tan diferentes de una misma premisa».
Lo dice orgulloso, porque él, dice, «ama el cine», y lo demuestra siendo inagotable. Seis películas en diez años; y entre medias ha desarrollado dos series. Pero lo tiene claro:«En la televisión he tenido libertad absoluta y he encontrado grandes amigos, pero el cine es mi religión. Es la forma más elevada de arte y nadie me va a convencer de lo contrario. Y es el único sitio del mundo moderno a salvo de la multitarea», celebra.