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McGee, de bufón de la NBA a pívot del 'Dream Team'

Autor: P. Lodeiro
Actualizado: Guardar

Los Juegos Olímpicos de Tokio, con suerte, serán la última evidencia de cómo el mundo deportivo convivió con la pandemia del coronavirus. No habrá público en las gradas del país nipón, los periodistas estarán monitorizados por medio de aplicaciones en todo momento y los primeros positivos en la villa olímpica ya han hecho acto de presencia. También se han caído de lista olímpica algunos deportistas antes de su viaje a Japón por contacto o contagio con el virus, y es aquí donde entre el nombre de Javale McGee. El pívot de los Denver Nuggets de la NBA, ante la baja de Bradley Beal de la selección estadounidense de baloncesto, fue incluido la pasada semana por Greg Popovich en la lista del ‘Dream Team’. El broche de oro a una carrera que en sus inicios parecía predestinada al fracaso.

McGee, en sus primeros años en la NBA, se hizo un nombre en la liga tanto por sus increíbles condiciones físicas (2.13 metros, 122 kilos) y sus espectaculares mates como por sus ‘patinazos’ sobre el parquet. Un jugador que podía lanzar ganchos al más puro estilo de Abdul-Jabbar y en la siguiente jugada cometer un fallo que podría considerarse indigno incluso de un juvenil. Tras cuatro temporadas en los Washington Wizards (2008-2011) y otras cuatro en los Denver Nuggets (estos le pagaron 44 millones de dólares por su estancia en Colorado), McGee, de manera algo injusta, se convirtió en uno de los bufones favoritos de los aficionados de la NBA. Shaquille O’Neal, que tras su retirada se convirtió en comentarista televisivo, tenía un espacio en un programa deportivo (‘Shaqtin A Fool’) en el que se dedicaba a meterse con los jugadores que cometían bochornosos errores durante los encuentros. McGee era una de sus víctimas habituales, tanto que incluso se ganó algún programa monográfico. George Karl, su entrenador en Denver, definió su baloncesto con un curioso juego de palabras: ‘lazy and crazy’ (en español, vago y loco).

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La casquería se impuso al talento y McGee comenzó una dura travesía por el desierto. Fue nómada, sin conseguir un contrato estable en ninguna de las 30 franquicias de la liga y en Philadelphia 76ers y Dallas Mavericks no consiguió echar raíces. Parecía que la carrera del pívot se apagaba pero entonces, el equipo del momento, los Golden State Warriors, decidieron darle una última oportunidad, un movimiento que le cambió la vida para siempre. Llegó a la bahía de San Francisco sin un contrato garantizado, una técnica que los equipos de la NBA utilizan para probar a jugadores en los que no se confía demasiado y, en caso de que sean un fiasco, poder deshacerse de ellos sin un gran desembolso. Tras unas semanas, McGee firmó en julio de 2016 con el equipo y, pese a que no fue una de las piezas clave del éxito debido a una plantilla plagada de estrellas, sí que se serenó y fue un obrero en un equipo de altos ejecutivos. En sus dos temporadas en los Warriors, fue campeón en dos ocasiones.

Su epifanía se prolongó en Los Ángeles Lakers, su siguiente destino, y en 2020 volvió a ser campeón. Ya con un aura de veterano redimido y asentado de nuevo en la rotación de los Nuggets de Jokic, McGee ha recibido la llamada de Popovich para viajar a Tokio, un entrenador que ante todo no tolera las tonterías, prueba inequívoca de que McGee es otro. No se espera que tenga un papel fundamental en la rotación de un ‘Dream Team’ al que las bajas se le acumulan y que llega con ciertas dudas a la gran cita. Pero, además del premio de ir, McGee podría perpetuar uno de los hitos más especiales en los Juegos si consigue con Estados Unidos el oro. Su madre, Pamela, consiguió el metal en Los Ángeles 84 además de ser campeona de la NBA femenina ese mismo año. Dos generaciones de McGee en la cima del baloncesto para limpiar un apellido que parecía maldito.

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