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Muy por encima del arte…

Autor: TeldeActualidad.com

Nicolás Guerra

Para Miguel Ángel, genio renacentista, Dios se aproxima a un futuro varón y tras el “soplo divino” le da vida. Así lo pintó en el fresco “La creación de Adán” (1511), bóveda de la Capilla Sixtina (Vaticano).

Es una de las producciones artísticas más universales no solo por su extraordinaria calidad técnica (los colores fríos, por ejemplo, permiten resaltar ambas figuras) sino, también, por otras dos razones. Una: su vinculación ideológica con el Génesis, primer libro del Antiguo Testamento, en uno de cuyos apartados leemos “Creó, pues, Dios al hombre, a imagen suya lo creó”.

La segunda está relacionada con el campo léxico: el helenismo génesis se refiere a ‘origen o principio de algo’. Y el latinismo creación se bifurca: por una parte traduce ‘acción o efecto de crear’, es decir, ‘producir algo de la nada’. (Observación: según el Diccionario, la acción de crear -primera acepción- es exclusiva de Dios. Porque si el sujeto es el ser humano, crear -segunda acepción- significa ‘dar vida… en sentido figurado’, no literal.)

Tal acto monopolizador se personaliza en el fresco con otros detalles, entre ellos el que ahora me interesa destacar por su aproximación a la foto de este artículo: Dios -desde una posición más alta- acerca el dedo índice de su mano derecha al correspondiente de la izquierda de Adán, sentado frente a él. Es la representación pictórica de la versión religiosa, pues le dio vida al varón. Lo cual resuelve, fantásticamente, el origen de la raza humana ante el planteamiento racional (¿de dónde venimos?). Se trata de lo que algunos estudiosos llaman “el salto de la chispa”, metáfora indiferente al científico evolucionismo darwiniano.

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En esta fotografía, estimado lector, ni hay ficción ni perfección pictórica: se impone la acción humana en impactos emocionales. Las manos corresponden a dos seres vivos unidos por el metafórico cordón umbilical de paternidad / filialidad o, si lo prefiere, paterno – filial. El niño es muy pequeño, pero desde fuera mantiene fija la mirada en su padre; percibe la voz; el cuerpo se agita y trasmite movimientos de seguridad; incluso su aparato fonador acelera con timidez la propia actividad para emitir sonidos de relajación…

No enfrenta su meñique al paterno como en el fresco, pues no se trata de recibir la figurada descarga para empezar a ser y, como en las carreras, poner “cronómetros a cero”. Muy al contrario, lo ase como si pretendiera anclarse en él con la intención de fortalecer los primeros caminos hacia rutas consentidas y firmes. A fin de cuentas desconoce todo lo relacionado con elementales subsistencias, imprescindibles recursos. Pero vibran primeros contactos… siempre con sensibilidades menores a los experimentados con la madre, claro.

Porque esa viva exterioridad de ahora la trae en los cinco sentidos, imprescindibles también para entrar con buen pie en este mundo. Es el acto vital que amplía el círculo iniciado en el remanso maternal como alimento para mente, distensiones e infinitas protecciones durante los meses del embarazo, etapa inicial donde almacenó emociones reservadas solo para él y su progenitora (“juntos de mancomún”, tal como reza una placa colocada en el lateral sur de la iglesia de Gáldar).

Su presencia visual se había iniciado dos meses y algo antes, cuando hizo armonía su primer llanto en la “sala de alumbramientos”, tal decían tiempo ha cursis mentes temerosas de vulgaridades o acaso palabrotas como paritorio… Fue el primer contacto con la vida externa pues, como animal mamífero, la madre lo había ido moldeando con fortuna, solo ella podía darle lo imprescindible, el blanco de la rosa amiga ajena al rojo de la garcilasista, al azul de la lorquiana e incluso a la dorada del modernista Alonso Quesada: fue la pura rosa blanca de Martí, poeta cubano.

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El pollillo reposa su mano con calma; deja patente que la del padre se ha convertido también en asidero de seguridad y, por tanto, igualmente le inyecta aplomo, confianza, laxitud. La suya permanece abierta, distancia sus dedos desde la base como si pretendiera auscultar la vida íntima de cada uno de ellos… Por eso, y a pesar de su pequeñez, contactan físicamente con cuatro de la mano paterna, enhiestos, rigurosamente unidos con el pulgar como faro alumbrador para disipar sombras, oscuridades, nigérrimos velos…

(¿Acaso pretende ser -símbolo- la vieja farola del mar ubicada en el muelle santacrucero desde 1863, antigua guía de pataches y paquebotes? ¿O tal vez el faro sardinero asentado en tierras galdenses cuya ciclópea mirada penetraba las profundidades del horizonte y de cuando en cuando le guiñaba el ojo al coqueteo de la lamparilla tinerfeña ubicada en la misma línea frontal?)

Sí. Cuando toma posesión de la mano, la criatura olvida sus roncos ruidos de absoluta disconformidad con el carrito del paseo callejero, aparente caverna para el puñetero (¿qué guarda en el subconsciente?). Quizás le desequilibra la perspectiva de ciento ochenta grados que permite tener exacto conocimiento de cuanto acontece a su alrededor, allí donde los demás mantienen despierto el reloj del tiempo y el continuo acontecer… ¿Salir a la calle en el cochito cubierto… y retornar sin haber palpado la vida giratoria en torno a él? Lo tiene claro: ¡ni de coña! Por ahí no pasa. ¡Rebelde carajote, como el mencey de Anaga!

El crío encuentra el aliento de la ternura en la mano abierta, inconmensurablemente extendida para que rebusque, explore, encuentre y reconozca incluso en sus pliegues la serenidad tan sentida con el simple roce. Y se aferra al meñique, noray donde también afirma con amarras diástoles y sístoles de su corazón: lo conecta con el silencio, sereno susurro que emana como fuente milagrera desde el padre…

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Sí, siente las transfusiones de terneza, satisfacción y calmadas ondulaciones para recrearlo… aunque siempre serán infinitamente menores a las de su madre. Algo así como cuando la marea acaricia la costa isleña en el travieso juego de sirenadas espumas mientras el tímido oleaje hace de las suyas, tan sutil y tierno, dador de vidas y esperanzas…

Mateo es, sí, humano privilegiado frente al retratado Adán.

Nicolás Guerra Aguiar es catedrático y escritor.

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