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Navidad con Pablo d'Ors: “La misa dominical de hoy tiene los días contados, debemos reinventarnos”

Autor: Daniel Ramirez

Venimos a esta casa como viene tanta gente: con hambre de espíritu. Cada vez son más los “amigos del desierto”, esa red de meditadores que nació hace 10 años. No hay ascensor. Subimos por una escalera de parqué repleta de libros.

Hay libros por todas partes. En cada esquina. Serán meditadores, pero alguno habrá quebrado la quietud al rodar hacia abajo por culpa de tanto conocimiento encuadernado. De pronto, cuando ya estamos llegando al tercero, suena una voz. “Buenas tardes, bienvenidos, estáis en vuestra casa”.

La voz suena, pero como no hemos llegado arriba, no vemos a nadie. ¡Sólo falta que tropecemos con una zarza ardiendo! Ahí está, al fin, Pablo d’Ors. El hombre en la proa del barco de los silenciosos. Con su jersey verde y sus vaqueros. Ya son miles de personas en España y Lationamérica reuniéndose para “hacer silencio”.

Entrevista a Pablo D’Ors

Hemos venido a estrenar la Navidad con Pablo porque encarna una buena noticia. A él, quizá, no le guste que señalemos este contraste, pero mientras las iglesias se vacían, sus retiros se llenan. Mientras las escrituras extravían lectores, sus libros se inundan de ellos. El último se titula Los contemplativos (Galaxia Gutenberg, 2023): un itinerario espiritual hecho con carne. Está todo nuestro cuerpo y toda nuestra mente.

A Pablo, que debería figurar en la antología de los heterodoxos que escribió don Marcelino Menéndez Pelayo, le gusta vivir en la contradicción. La historia de su vida es el intento por conjugar dos polaridades aparentemente incompatibles: la del sacerdote y la del escritor. “Soy menos heterodoxo de lo que la gente piensa”, dice. Porque el cristianismo también aúna contradicción: Dios es uno y trino, Jesús es Dios y hombre, María es madre y virgen.

Hace tiempo que Pablo cruzó esa frontera. Cuenta –mientras toma asiento en un sillón y nos ofrece un cojín– que la clave era armonizar esas polaridades, y no resolverlas. Desde entonces, ha escrito sus libros más reconocidos: Biografía del silencio y Biografía de la luz.

Cuando nos sentamos, vemos enfrente la tentación de la quietud: un rostro de piedra, los libros de su abuelo Eugenio, fotos familiares en blanco y negro, un retrato de su maestro Franz Jalics. Y lo más importante: la puerta de la chimenea entreabierta. Todavía se cuela algo de luz por el ventanal, pero va a anochecer vertiginosamente.

Es difícil describir con pocas palabras el hacer de este escritor. Vamos a intentarlo por seguir su consejo: “Cuantas menos palabras, más certeras”. Pablo cree que el cuerpo es la puerta de entrada a la mente y al espíritu. Por eso erotismo y misticismo pueden ir de la mano. Pablo cree que la meditación es el intento de conectar con el misterio de la vida. Y Pablo cree que la contemplación puede intentarse con o sin fe.

¿Cómo se reza?

La oración es el gran tema: qué relación tenemos con el misterio de Dios, de la vida, de la luz, del amor… Creo que hay cuatro maneras de rezar. Una verbal, que son las plegarias que nos enseñan de niños. Otra mental, que tiene que ver con las lecturas y el examen de conciencia. También existe la oración afectiva, la del deseo de buenos sentimientos. Y luego la contemplativa: el silencio o la meditación.

Y tú…

¡Yo practico todas! [sonríe].

Existe un tabú sobre la manera de rezar, igual que todavía existe un tabú en cierto modo sobre la manera en que nos decimos “te quiero” o hacemos el amor. Rezar es lo más íntimo.

Rezar es algo muy íntimo. Cuando entro a una iglesia y veo a gente rezando o cuando veo a gente meditando… Me conmueve. Es un gesto especial, sagrado, mediante el que intentamos entrar en contacto con el misterio de la vida y con lo más profundo de nosotros mismos.

¿De qué sirven esas oraciones que aprendimos de niños? Pueden ser un mantra para los católicos igual que utilizan otros mantras los ateos que meditan.

Sirven de mucho. La oración vocal es la típica de la infancia. Luego, en la juventud, se suele rezar de manera más mental. En la madurez, es tiempo de la oración afectiva, del deseo de los buenos sentimientos. La meditación y la contemplación… son propias de la sabiduría.

La gente que reza experimenta una progresión, pero cada nueva forma de orar no prescinde de las anteriores, sino que las incluye y las trasciende. Yo sigo recitando el “padre nuestro”. Hacernos mayores, en general, no debería significar el extravío de lo que se nos dio siendo niños.

Muchísimas personas que no creen en Dios se acercan a ti por tu manera de meditar. En tu caso personal, ¿diferencias entre rezar y meditar o es todo uno?

La meditación es una oración contemplativa. Así que, en esencia, rezar y meditar es lo mismo: un viaje a nuestro centro, a nuestro templo interior. Eso se puede hacer con fe cristiana y sin ella.

Creo que vivimos un momento de gran deserción de la confesionalidad, pero eso no significa que atravesemos una crisis espiritual. Veo una gran sed espiritual. En Amigos del desierto no exigimos la fe católica. Sin embargo, tampoco resulta necesario emigrar al budismo para meditar. En nuestra tradición cristiana tenemos muchas herramientas para afrontar la aventura del silencio.

Me acuerdo del personaje de uno de tus libros, que dice “no distinguir entre placer corporal y placer espiritual”. ¿Lo dice ese personaje o lo dices tú también?

Lo digo yo también. Somos cuerpo, somos mente y somos espíritu. Están integrados. El gozo espiritual, la alegría del ser, tiene que ver con lo sensorial. Cuando Santa Teresa cuenta su éxtasis, lo describe de una manera muy física, muy corporal.

“La contradicción forma parte de la fe: decimos que Dios es uno y trino, que Jesús es Dios y hombre, que María es virgen y madre”

Recuerdo una vez, en clase de Literatura, con el profesor Álvaro de la Rica: nos decía que la “Noche oscura del alma” es muy religiosa, pero también terriblemente sensual si se lee con atención. Me acordé de ti, de tus libros.

He escrito a menudo sobre ese vínculo tan estrecho entre erotismo y misticismo. En mis libros, hay páginas eróticas y místicas. El erotismo y el misticismo pretenden la búsqueda de la comunión con el ser amado, con el universo y la totalidad.

La oración meditativa que yo practico viene de la tradición hesicasta, nacida en el desierto. Es genuinamente cristiana, pero oriental. Se practican la quietud y la respiración consciente. No es una oración mental y discursiva, sino física. Otra vez aparece el vínculo con lo corporal.

Un personaje tuyo dice que, al sentir un punto de felicidad insoportable, le entran ganas de hacer el amor. No debería sorprendernos porque tú lo dices como escritor. Pero nos sorprende porque también eres sacerdote.

La bipolaridad entre lo artístico y la vocación religiosa es la historia de mi vida. El arquetipo literario y el arquetipo religioso. Ya no los vivo como dos ámbitos difíciles de conjugar. Creo que he logrado trascenderlos. Por ejemplo, esta conversación que mantenemos ahora no es menos sagrada para mí que una homilía. Soy consciente de que sorprende lo que digo, pero no debería. Tenemos en nuestra tradición escritores eclesiásticos como Lope de Vega, que hablaba del amor, de…

Lope era un verdadero heterodoxo.

Sí, sí. Mucho más que yo. Los sacerdotes tenemos acceso a muchas personas. Pensar que no nos hacemos cargo de cómo está el percal es de una gran ingenuidad.

“Las personas que están vivas siempre desconciertan”, dijiste una vez.

¡Me desconcierto sobre todo a mí mismo! La vida en sí es desconcertante. Estar vivo es estar abierto al desconcierto y participar con alegría de ese desconcierto general.

Un amigo, poco antes de casarse, me decía: “¡Pero cómo van a dar cursos matrimoniales los curas si no se han casado nunca!”. Tú no te has casado, pero te leo y tengo la sensación de que te dio tiempo a vivir antes de ordenarte. Y si no, la vida a través de los libros funciona.

El arquetipo del sacerdote es muy rígido, mucho más que el del escritor. Para todo el mundo es muy difícil ser uno mismo, pero para los sacerdotes todavía más. Cuando hablo de esto, me acuerdo de Simone Weil, que fue ella misma, que desconcertaba mucho. Décadas después de morir, nos sigue resultando así. Ella decía: “La contradicción es el criterio de lo real”.

Si ves una persona que por una parte es muy espiritual, pero por otra parece muy corporal… Es una persona real. La contradicción forma parte de la fe cristiana: decimos que Dios es uno y trino, que Jesús es Dios y hombre, que María es virgen y madre. Me gusta escribir sobre las almas más poliédricas.

Ha ido cambiando tu escritura.

Al principio, me decían: “¿Por qué no escribes más sobre Dios?”. Ahora lo hago con mayor frecuencia. Yo respondía: “Será que no me sale, será que no lo tengo dentro. Puede que mi alma sea más pagana y agnóstica de lo que pensáis”. Creo que lo ideal no es resolver las contradicciones, sino dar armonía a todas ellas. El objetivo es vivir esa tensión con armonía y no con dramatismo.

Pablo d'Ors es escritor y sacerdote, nieto de Eugenio d'Ors.

Pablo d’Ors es escritor y sacerdote, nieto de Eugenio d’Ors. Javier Carbajal

Te definen en las solapas de tus libros como “maestro espiritual de miles de personas”. Los políticos, los empresarios y los medios tienen capacidad de influencia, pero tú influyes en lo más profundo de un ser humano. Es una gran responsabilidad.

Bueno, creo que es la primera solapa en la que se pone eso de “maestro espiritual”. Antes siempre ponía “escritor y sacerdote” [se parte de risa]. En la pandemia, se produjo un salto cualitativo. Hizo que mi manera de meditar se difundiera muchísimo. Existen más de cien grupos de Amigos del desierto entre España y América Latina. Más de mil personas se reúnen semanalmente para hacer silencio.

No tiene que ver con mi poder de convocatoria ni nada por el estilo. Esa búsqueda espiritual es el signo de los tiempos. Detecto una búsqueda de nuevos lenguajes para el cristianismo y la espiritualidad en Occidente.

“Quietud, lentitud, plenitud”. Siempre ha existido esa raíz de filosofía budista u oriental. Pero ahora le toca convivir con la sociedad más alejada de ella. La más rápida y vertiginosa.

Precisamente por eso, por estar permanentemente volcados hacia fuera, tenemos la necesidad de buscar recursos que nos ayuden a viajar hacia dentro. Este tipo de sociedad ha puesto de moda la meditación y el silencio del cuerpo. Estamos asistiendo a un salto en el nivel de consciencia. Lo que está pasando es muy profundo.

Hasta hace poco, nos movíamos por lo racional. A grandes rasgos, sigue ocurriendo: quienes más prestigio tienen son los científicos. Pero en este nuevo tiempo estamos pasando a un nivel de consciencia más místico. Eso no significa alejarse de la racionalidad, sino incluirla y trascenderla. Dentro de cincuenta años, el modo de educar será muy diferente. Ha entrado con fuerza este nuevo paradigma. El gran tema de hoy es la consciencia.

También escribes por boca de otro protagonista: “Si tienes deseo de hablar, cállate”. Te voy a llevar un día, si te apetece, a la tribuna del Congreso de los Diputados.

¡No he estado nunca! Eso que has citado intento practicarlo. Cuando estamos en una tertulia, sentimos el impulso de participar. Retener ese impulso es muy aleccionador: acabas descubriendo que la mayor parte de las cosas que decimos son autoafirmativas y se parecen a los emoticonos. La no-intervención, la no-acción, es muy útil. Se trata de no actuar fuera para actuar dentro.

¿Y qué tipo de acción es la que conviene hacia dentro?

Una mirada indulgente y benévola sobre nosotros mismos. Si la conseguimos, solemos tener también esa mirada para los demás.

“Cuanto más silencio haces, tus palabras suelen ser más certeras, porque no van alimentadas por el ego”

Tú te ves obligado a vivir en una contradicción: eres un predicador que medita. La gente espera de ti que hables, que muestres, que enseñes.

Es otra polaridad, como la de sacerdote y escritor. Cuanto más silencio haces, tus palabras suelen ser más certeras. Porque no van alimentadas por el ego, sino por algo más genuino. Silencio y palabra son dos caras de una misma moneda.

Suelo contar en las conferencias la historia de un sabio que está metido en el bosque. Los discípulos, cada tarde, van a pedirle una palabra. Él se niega porque ha hecho voto de silencio. Cuando va a morir, dice: “Fuego”. Entonces, el bosque donde vive se pone a arder. Cuando la palabra es eficaz, transforma la realidad, no se queda en la palabrería del Congreso y el Senado.

¿Sigues la política? ¿Te sorprende la cantidad de cosas que se dicen en tan poco tiempo? Nos pasa también en los periódicos. Se dicen y se publican cosas sobre asuntos muy complejos sin sosiego para la reflexión.

No deberíamos poder hablar de prisa acerca de nuestros sentimientos. Cuando contamos nuestra intimidad, imprimimos un marchamo más lento. La televisión de hoy es lo contrario, nos aturde. Existe ese conflicto entre lo vertiginoso y la necesidad de ir despacio.

Volviendo a las oraciones: España será un país de cultura católica, judeocristiano, mientras la inmensa mayoría de sus ciudadanos sepa entonar el “padre nuestro”. ¿Se está perdiendo incluso eso? Porque las iglesias se están vaciando a gran velocidad.

La pérdida es progresiva y cada vez más rápida, aunque no va a suceder una descristianización de la noche a la mañana. Soy una persona con esperanza. Creo que esto está ocurriendo para bien: necesitamos reconfigurar nuestro mundo interior y reconciliarnos con nuestro pasado religioso.

Podría decirse que no son buenos tiempos para la religión en Occidente, que el presente y el futuro caminan por otro lado. Sin embargo, mientras se diluye el cristianismo, proliferan lo que podríamos llamar ideologías religiosas, basadas en los dogmas: el nacionalismo, los extremismos…

La ideología es la caricatura de la religión. El prestigio de la espiritualidad y la meditación hoy se ha construido sobre el desprestigio de la religión. En la medida en que las grandes religiones como el cristianismo van perdiendo fuerza, las ideologías que has mencionado la van ganando. Veo una estrecha correlación.

Según la propia Iglesia, en España existen ocho millones de católicos que van a misa. Pero esa cifra va descendiendo cada año. Paradójicamente, mientras desciende esa variable, aumenta el número de los que marcan la “X” en la declaración de la renta. ¿Cuál es tu diagnóstico?

Es un misterio. Quiero pensar que, a pesar de que muchos no comulguen al cien por cien con los planteamientos de la Iglesia, sí reconocen que se sigue desarrollando una tarea social muy importante. Fui educado en un seminario con los misioneros claretianos. Íbamos a Proyecto Hombre, a las cárceles, a las residencias de ancianos…

“La Iglesia debe hacerse cargo de la cuestión social, como dice el Papa, pero creo que lo genuino es la espiritualidad”

¿El problema es la lejanía? ¿La falta de conexión? Me ha recordado esto a una de las protagonistas de tu libro. Da clases de taichí en un portal. Derrama la luz sobre la gente. Cada vez acuden más personas. Un sacerdote le dice: “¿No preferís hacerlo en la parroquia?”. Y ella contesta: “Estamos mejor aquí. Nos ve la gente que pasa por la calle”.

Las razones de ese alejamiento son muchas. La principal quizá sea que la Iglesia no ha sabido encontrar el lenguaje para empatizar y conectar con los hombres y mujeres de hoy. También es cierto que el auge del materialismo alejó a muchos de la búsqueda espiritual.

Ese relato que mencionas es un canto a la vejez. La plenitud nos espera al final, en la ancianidad. Recluyendo a los grupos en las parroquias se les convierte en algo eclesiástico en el peor sentido de la palabra. Nosotros, Amigos del desierto, a veces nos juntamos en iglesias, pero siempre digo: “Mejor, un sitio laico”. Una biblioteca, un gimnasio, un centro de salud. Así no hay prejuicios.

La entrevista, en el reflejo de un retrato de Pablo d'Ors.

La entrevista, en el reflejo de un retrato de Pablo d’Ors. Javier Carbajal

En los últimos meses, han vuelto a la portada los abusos de menores cometidos en el seno de la iglesia. Ha ocurrido algo extraño. La Iglesia encargó a Cremades un informe al respecto. El despacho de abogados ha cifrado su investigación en 2.056 víctimas. La Iglesia dice que no superan las 1.300. Es una realidad difícil de gestionar que puede redundar en esa lejanía.

Sí. Hay gente que piensa que, más allá de la escalofriante y patética realidad, se está produciendo una campaña de descrédito contra la Iglesia. No lo sé. ¿Qué puedo decir sobre los abusos? Es triste, otro signo de que la institución debe reinventarse y buscar otras maneras de estar presente en la sociedad.

La Iglesia debe hacerse cargo de la cuestión social, como dice el Papa, pero creo que lo genuino es la espiritualidad: ayudar a las personas a comprender que el ser humano es más que instintos y deseos, más que cuerpo y mente. Pongamos el acento en ese anhelo de plenitud.

El culto dominical parece que tiene los días contados en su fórmula actual. Percibo una falta de creatividad pastoral. Y eso ocurre porque no hay vida dentro. Si la hubiera, esa vida traería la creatividad. Occidente se reinventará. A lo mejor tiene que caer más bajo y hundirse más para que de las cenizas surja algo nuevo.

Otra de las novedades en la iglesia es la autorización de El Vaticano para que los sacerdotes bendigan a las parejas homosexuales, pero sin equipararlas al matrimonio. Algunos católicos dicen que es un gran paso; otros que resulta insuficiente porque se sigue haciendo “diferencias entre los hijos de Dios”.

Es un gran paso. Lo digo francamente. No creo que esa diferencia en el sacramento signifique discriminación. No implica que se trate a unos mejor que a otros. Se está institucionalizando algo que ya era un hecho. Yo he bendecido relaciones de amor entre parejas homosexuales desde hace muchos años. Y puedo dar fe de que no soy el único sacerdote de Madrid que lo ha hecho.

¡Estás confesando un ‘delito’!

No estaba oficializado, pero en general, buena parte de la Iglesia, quiero creer que la mayoría es muy acogedora con todas las personas que se acercan. Me parece importante esa institucionalización. Las cosas se están moviendo algo.

¿Te parece suficiente o conviene dar más pasos? Lo siguiente sería el sacramento, pero parece imposible.

Siempre se puede ir más allá, no lo sé. Debemos lograr que nadie se sienta discriminado por su condición sexual. ¿Podemos crecer en acogida? Por supuesto que sí.

“La ciencia y la religión empiezan a confluir: algunas de las cosas que decían los místicos las comparte hoy la física cuántica”

Hemos dado un paseo por todos los factores que desatan ese vaciamiento de los templos, pero dices que tienes esperanza. ¿Qué debería, en concreto, hacer la Iglesia?

Soy un pesimista esperanzado. Por mi carácter, no tiendo a ver la botella medio llena. Todo lo contrario. Pero he cultivado mucho la esperanza. Estamos en un mundo mucho más pacífico que hace un siglo, las personas tienen más sensibilidad social, cada vez son más los interesados en su interior…

La ciencia y la religión empiezan a confluir: algunas de las cosas que decían los místicos las comparte hoy la física cuántica. La fuente de renovación, a mi juicio, pasa por la conciencia, el silencio y la espiritualidad. Es lo que modestamente hago yo con Amigos del desierto.

Por cierto, ¿sigues siendo asesor cultural del Papa?

Lo fui durante un quinquenio, de 2015 a 2020. Terminó mi mandato. Lo corriente es la renovación. Éramos treinta personas en todo el mundo. Nuestro trabajo era contar en El Vaticano lo que pasaba en nuestros respectivos países.

¿Has tratado a Bergoglio? Genera adhesiones y detracciones a partes iguales. No había habido en la era contemporánea otro Papa tan polémico.

Me fio de él. Me transmite buenas vibraciones. Me sentí tocado interiormente cuando lo tuve por primera vez delante. Más allá de las polémicas sociales que pueda suscitar, es un hombre que tiene una conexión con el mundo espiritual. El hecho de que no deje tranquila a la gente es un signo de que hace y dice cosas que mueven. Si no, no se hablaría de él.

Pablo d'Ors es internacionalmente conocido por su libro 'Biografía del silencio'.

Pablo d’Ors es internacionalmente conocido por su libro ‘Biografía del silencio’. Javier Carbajal

Por ir al fondo del asunto del que hablábamos: cuando se dan debates, conversaciones familiares, de amigos, entre ateos y creyentes, aparecen algunas preguntas típicas. “Si existe Dios, ¿cómo pudo ocurrir el Holocausto?”. “Si existe Dios, ¿cómo pudo morirse mi hijo de un cáncer a los tres años?”. Me han venido estas preguntas a la cabeza leyendo uno de tus relatos: aquella mujer que estuvo pegada a la cama de su marido todo el tiempo… y el marido acabó muriendo cuando ella salió un segundo de la habitación. Toda la vida juntos y de repente… No se les concede ni eso.

Es el problema del sufrimiento humano. El cristianismo se puede resumir en esta frase: “Dios existe, ¿qué quiere de mí?”. El budismo se puede resumir con esta otra: “El sufrimiento existe, ¿cómo puedo liberarme de él?”. Las dos tradiciones tienen una propuesta para afrontar el problema del sufrimiento.

En el budismo, la propuesta es la impasibilidad, ir más allá de los propios deseos. Me parece un mensaje muy importante. Si no fuese cristiano, sería budista. En el cristianismo, la propuesta es la pasión: poner amor donde hay sufrimiento. El amor es la única manera de intentar transformar o redimir el sufrimiento. Cuando nos hacemos esas preguntas, esta es la respuesta que se me ocurre: “Dios te ha hecho a ti para redimir ese sufrimiento”.

Es cierto que muchos de los males relacionados con el sufrimiento tienen que ver con la voluntad humana, pero muchísimo sufrimiento es ajeno a todo eso: las catástrofes naturales, las enfermedades, el azar…

Por eso, esas preguntas que tú hacías no las ha logrado responder nadie. Somos una escuela de almas. Estamos aquí para aprender: las cosas que nos pasan no son crueles ni casuales. Quiero creer que todo es para bien. La meditación no es un principio optimista, pero haciendo silencio descubres que la realidad no es neutra, sino que está a favor de ti. Esa sensación es lo que los cristianos llamamos “providencia”. Parece más sensato confiar que desconfiar. La confianza vibra más alto que el escepticismo.

¿Y qué hay de nosotros? De las personas. Tú mismo te haces esta pregunta por escrito: “¿No es cierto que hay algo en el corazón humano, raíz posiblemente de todos nuestros males, que se alegra ante el mal ajeno y que se entristece ante su bien? Responde tú mismo. ¿Existe esa raíz?

Sí. Todos nos alegramos alguna vez del mal ajeno. Somos muy pequeños. Es innegable. Lo vemos desde que somos niños. No lo concibo como una lucha entre el bien y el mal. Suelo explicarlo con esta metáfora: “Las nubes pasan, pero el cielo permanece”.

El mal, lo oscuro, es transitorio, pero la luz es permanente. No hay sombra que una mirada amorosa no pueda disolver. La raíz del mal existe, pero se puede vencer. Podemos estar en paz. No es algo gratuito ni fortuito, sino fruto de una tarea. Quien se aplica va poco a poco dejando atrás la tiniebla. En mi último libro hay situaciones muy oscuras, pero siempre está de fondo la esperanza.

“Escuchar tres veces el telediario en un día no te hace estar más informado, sino más saturado”

Otro tópico que suele incluirse en los análisis de nuestro tiempo es “la falta de valores”. El hecho de que, en general, seamos menos católicos que nuestros padres y nuestros abuelos, ¿implica realmente que tengamos menos valores que ellos?

No lo creo. No pienso que nuestra generación sea peor que las anteriores. Más bien al contrario. Somos mejores. Ya iremos buscando cómo reformular las grandes tradiciones del pensamiento, en este caso la católica. No creo en absoluto que tengamos menos valores que nuestros abuelos.

De entre todos los escándalos de la esfera pública, ¿cuáles son los que más te sublevan?

Estoy muy poco al tanto de la política. Veo las noticias una vez a la semana como máximo. Si no, no podría dedicarme a lo que me dedico. Tengo una vida de meditación y lectura bastante intensa. Recibo a mucha gente aquí en casa que viene a contarme sus desdichas.

[Suena el telefonillo. ¡En qué momento! ¡La providencia!]

Jode, esto tiene que estar organizado.

No, no. Es un chico que viene a confesarse [se rie]. Decía que no puedo estar al tanto de la política ni creo que sea imprescindible. Escuchar tres veces el telediario en un día no te hace estar más informado, sino más saturado. Si dedicásemos más tiempo a pasear por el parque, a estar con nuestros hijos, a hacer ejercicio, a meditar… Nos iría mejor.

Hay un asunto político por el que me gustaría preguntarle: la amnistía. Porque el Gobierno, que es quien la promueve, la justifica con el concepto del “perdón”. ¿Te convence?

Para que algo sea creíble es preciso indagar en la intención.

Explícate.

Para que un acto pueda ser calificado como moralmente correcto, debe reunir tres condiciones. La primera: la puridad de la intención. Pongo un ejemplo: si yo estoy aquí para lanzar un mensaje que creo que puede ayudar a la gente, es mejor que si estoy aquí para vender libros. La segunda: la cosa debe fluir. Si hay turbulencias y cuesta, tienes que replanteártelo. Y tercero: se debe tener esperanza, pero no expectativas. En el caso que me preguntas, tiendo a creer que no se cumplen estas condiciones.

Eso no significa que la amnistía y el perdón sean rechazables como principios. Al revés, son una maravilla. Pero sólo si están motivados por un verdadero deseo de reconciliación, y no por una estrategia política.

Un momento de la entrevista.

Un momento de la entrevista. Javier Carbajal

Una curiosidad: ¿han acudido a ti políticos para que les enseñes a meditar?

No muchos, pero alguno sí. A nuestra red acude todo tipo de personas. Más de cuarenta años para arriba; no hay muchos jóvenes. Hay más mujeres que hombres. Y más no-practicantes que practicantes.

Si te aparece un diputado en un retiro de silencio, es como para echarse a temblar.

Lo bueno de los retiros es que no nos preguntamos a qué se dedica cada uno. Vivimos la misma experiencia independientemente de la trayectoria personal. Lo que busco no es la empatía intelectual o sentimental entre los presentes, sino la comunión espiritual, que es algo mucho más profundo.

La palabra puede generar afinidad intelectual o sentimental: “Estoy de acuerdo, me gusta lo que dices”. Pero, en cambio, el silencio genera comunión espiritual: hay algo elemental y básico que une a los seres humanos. Por eso creo que implantar la meditación en los parlamentos, las escuelas y las empresas sería de gran ayuda.

Para quien no lo haya hecho nunca, ahora que se acercan los propósitos de año nuevo: ¿cómo se empieza a meditar?

De manera muy modesta. Bastarían diez minutos diarios en silencio, sentados, con la espalda erguida y atentos a la respiración. Recomendaría eso durante un mes. Si perseveran, que me llamen y hablamos.

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