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¿Quién manda en las élites?

Autor: Periodista Digital

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Los magnates invierten su dinero creando y participando en grandes negocios y corporaciones de muy diversa índole: bancos, farmacéuticas, agroquímicos, eléctricas, tecnología punta, nanotecnología, energías renovables, terrenos, semillas, armas, pornografía y otras industrias  inconfesables relacionadas con el mundo del hampa, como el terrorismo, el narcotráfico, la pederastia o el tráfico de personas, temas de los que está prohibido hablar. También invierten en prensa. De hecho, los medios de comunicación están en sus manos y los que no son propios los financian. Solo así pueden implementar sus medidas y tapar sus mentiras cubriendo la verdad con el manto de las conspiraciones.

Las conspiraciones y los complots siempre han existido a lo largo de la historia, pero al pueblo se le suele dar una explicación alejada de la verdad, divulgada o incluso fabricada por la prensa del momento y los denominados  historiadores y portavoces oficiales. Suelo poner el ejemplo de la película Ciudadano Kane, en la cual su  protagonista –un amoral profesional de la mentira mediática, que da vida al magnate de la prensa William Randolph Hearst— le decía a su corresponsal que se encontraba en Cuba, un poco antes de desencadenarse la contienda entre España y Estados Unidos: “… usted suministre las ilustraciones, que yo suministraré la guerra”. Previamente, el ilustrador le había enviado un cable diciéndole: “Todo está en calma. No habrá guerra. Quiero volver”. ¡Y vaya si hubo guerra! A la sazón, la prensa jugó un importante papel propagandístico en la formación de la opinión pública, y este fenómeno se prolonga hasta nuestros días, en la actualidad con técnicas mucho más sofisticadas.

Aunque genéricamente se alude a las élites para denominar al gran poder oculto que mueve los hilos del mundo, conviene hacer una distinción importante entre las escalas de estos círculos de poder: las élites, la cúpula y la supercúpula. A este último grupo pertenece un elenco de personas muy exclusivas, representantes de familias poderosas a lo largo del tiempo, incluso con parentescos ancestrales entre ellos, que siempre han dominado el mundo. Algunos investigadores hablan de las líneas de sangre e incluyen en este grupo a las casas reales, tanto vigentes como extinguidas, con relación de parentesco entre ellas, incluso con familias influyentes fuera de la realeza (Bush, por ejemplo, aunque de categoría inferior, es pariente de la reina de Inglaterra). Actúan en la más absoluta sombra y sus nombres no suelen aparecer relacionados con el Nuevo Orden Mundial. Su empatía hacia la raza humana es escasa o nula, pues consideran al hombre como un parásito y esclavo a su servicio. Utilizan las ciencias ocultas en su beneficio y son muy supersticiosos y dados a los rituales de sangre en honor a sus “dioses” del lado oscuro, a los que sirven. Como hacían en la antigüedad.

La “cúpula” y las “élites” dependen de ellos. A la “cúpula» pertenecen familias o individuos muy poderosos en lo económico, políticos de renombre, científicos e ideólogos de estrategias para la causa del dominio y control de la humanidad. Personajes como Kissinger, MacNamara, Rothschild o Rockefeller se encuentran a caballo entre los dos grupos, siendo una especie de puente entre ellos. Las “élites” pertenecen a un escalón inferior. La mayoría son políticos, científicos y economistas cazados a lazo, cerebritos titulados en las universidades punteras del sistema y transformados en líderes de diseño; agresivos sin alma, sin límites morales, que “militan” en el Club Bilderberg y otros organismos de la masonería actual. Cuando hablamos de masonería no queremos decir que todos sean masones. Muchos no han sido iniciados en la organización –discreta y secreta como les gusta denominarse—, pero sí han admitido su ideario. Son los esclavos de los anteriores y ejecutores de sus órdenes, para lo cual utilizan la infraestructura del sistema. En realidad, hacen lo que se les ordena y son fieles a la causa. Son los capataces de la obra, meros robots, pero muy peligrosos por su proximidad al ser humano.

Si bien es un detalle que pasa desapercibido, muchas de las actuaciones de los amos del mundo están diseñadas de acuerdo a parámetros relacionados con la astrología, la numerología, la simbología o la magia. Esto no quiere decir que estas disciplinas seas negativas per se, sino que están siendo utilizadas de manera involutiva.

Esta categoría de personajes serían lo que Salvador Freixedo denomina en La granja humana y Defendámonos de los dioses los “dueños visibles del mundo”. Pero la pirámide no acaba aquí. Por encima de estos tres grupos, existe un suprapoder que suele pasar inadvertido no solo por el gran público, sino por los analistas considerados despiertos. Son los «dueños invisibles del mundo», conocidos como fuerzas oscuras o seres del lado oscuro, es decir, entidades no humanas de otros niveles de existencia, que se encuentran en la involución permanente y son quienes están dirigiendo este éxodo de la humanidad hacia su destrucción. Son los llamados espíritus del mal que nos describen las diferentes religiones y a los que alude san Pablo en su carta a los Efesios: “… nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire”.

En mayor o menor medida, los “visibles” siempre han dejado pistas, más o menos veladas, a través de declaraciones medio secretas, reuniones sospechosas, confesiones de implicados arrepentidos –a veces en el lecho de muerte—, textos filtrados, y la utilización reiterada de fechas y símbolos para influir en el inconsciente colectivo y también de manera directa.

Estas organizaciones utilizan en su favor el lado más siniestro del ocultismo, la brujería y la magia, siendo la numerología y el simbolismo activos importantes en sus puestas en escena. En esta hora final, visibilizan el proceso con sus rituales públicos cargados de símbolos subliminales, que los ciudadanos no llegan a comprender, pero que ejercen su influencia en el ámbito que les interesa: el subconsciente.

Desde el hombre de Cromañón hasta hoy, las estructuras del ser humano donde se produce la concienciación han ido evolucionando. Sin embargo, las estructuras reticulares encargadas del procesamiento inconsciente no han sufrido alteración. Su lenguaje son los símbolos y los arquetipos, que por ser atemporales y universales están en el inconsciente colectivo desde siempre, y muchos son comunes a todas las culturas. Ejemplos conocidos, aparte de la ubicación, orientación y forma de determinadas construcciones civiles, son algunos eventos como la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, la del túnel de San Gotardo en Suiza o la ceremonia de Madrid en honor de las víctimas de la covid.

También utilizan la memoria predictiva y el primado negativo o priming. La reacción que mostramos ante un determinado estímulo puede venir condicionada por otro estímulo anterior, del cual no somos conscientes. Explicado de manera muy sencilla, consiste en la utilización de estímulos que hemos recibido y olvidado, que quedan registrados en el subconsciente, y que al aflorar ante situaciones similares que se presentan como reales –como es el tema que nos ocupa—, nos es fácil integrarlos y darles el rango de normalidad.

En la actualidad, no tienen inconveniente en expresar a las claras sus propósitos transhumanistas en discursos, ruedas de prensa o declaraciones políticas, haciendo alarde del fin del homo sapiens. En un próximo artículo transcribiremos algunas de sus estremecedoras palabras.

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