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Reflexiones sobre la muerte

Autor: Rafael Soto Baylon

Rafael Soto Baylón

miércoles, 02 noviembre 2022 | 05:00

De nada podemos tener seguridad excepto de la muerte, la propia y la de los semejantes. El solo hecho de saber que un día dejaremos de existir nos llena de espanto. Particularmente si no le temo a la vida menos a la muerte a pesar de haber estado tomados de la mano en al menos tres ocasiones, Carl Sagan escribió “Me gustaría creer que cuando muera seguiré viviendo, que alguna parte de mí continuará pensando, sintiendo y recordando. Sin embargo, a pesar de lo mucho que quisiera creerlo y de las antiguas tradiciones culturales de todo el mundo que afirman la existencia de otra vida, nada me indica que tal aseveración pueda ser algo más que un anhelo”.

Pero ¿por qué “debemos” morir? Es paradójico, pero el tema es vital para la filosofía porque no solo damos una respuesta biológica sino que implica adentrarnos a contenidos de diversa índole. Sea el caso, aunque tememos a la muerte estamos dispuestos a entregar la vida por la religión, el honor, la patria o un presunto estado voluntario y así la eutanasia o el suicidio asistido es una opción.

La muerte se refiere cuando finaliza una historia particular de las entidades vivas. Pero ¿por qué “debe” ocurrir  así? ¿Por qué –como se dice de los dioses y de Chabelo- no somos inmortales?

Enseñaba Epicuro librarnos del temor a la muerte “Cuando nosotros somos la muerte no es y cuando la muerte es nosotros no somos”. El humano –hasta donde sabemos- es el único ser que conoce con antelación de la inminencia de nuestro final. Esta se nos presenta como una realidad irremisible. Esta es, para los existencialistas, una experiencia única, irrepetible y personal. 

El consuelo ante la realidad de la muerte son muchas y variadas según los tiempos y las culturas: las religiones comúnmente prometen una vida después de la vida.  Otras cosmovisiones hablan de la transmigración de las almas, tesis apoyados por filósofos como Platón, para quien además, la filosofía es una eterna meditación acerca de la muerte.  Esas teorías nos llevan a hablan de cierta eternidad ante la imposibilidad de evadir la muerte física.  Para Kierkegaard no son sino consuelos falaces afirmando que a la filosofía debe corresponder el campo de la verdad y la sinceridad alejados de la ceguera intelectual. 

El problema de la muerte involucra a otros muchos cambios. En una concepción física de tiempo y espacio absolutos afirmábamos nuestra finitud, pero no la del universo.  Hoy sabemos que también las estrellas nacen y mueren.  El Cosmos está en constante renovación.  Muchas de las estrellas que vemos en una noche obscura, lo más probable es que ya no existan.  Entonces, si los componentes el universo mismo fenecen, ¿por qué no habremos de hacerlo nosotros?

El problema filosófico de la expiración involucra a la concepción y valor de la vida y sobremanera al sentido que debemos dar a esta.  No deja de lado el aspecto biológico o físico pero no se limita a éstos.  Una corriente filosófica que no considere estos temas sería vacua.  Posiblemente la respuesta no nos satisfaga  pero ¿por qué debemos morir?  Pues para que otros vivan. 

Mi álter ego está de buen humor y contará un chiste de actualidad. Eran dos compadres a quienes les encantaba el beisbol. Era una pasión desbordada. Pero les preocupaba que en el más allá no existiera el rey de los deportes. Hicieron un pacto, el que muriera primero volvería a este mundo a informarle al otro que ocurría en el ultramundo. Uno de ellos muere y pasados algunos días se le apareció al vivo. “Compadre, compadre” le habló con voz de ultratumba. 

“¿Recuerda nuestro juramento? Le tengo dos noticias, una buena y una mala. La buena. Pues sí hay béisbol en el cielo, y juegan los mejores. A la Serie Celestial acude incluso Dios y no interviene en el resultado. El estadio más pequeño tiene capacidad literalmente para doscientas mil almas”. “¡Qué bien! ¿Y cuál es la mala?” y recibió como respuesta “Que mañana picha usted, compadre”.

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