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San José de Cupertino, un humilde consagrado

Autor: Jesus Luis Sacristan

Nadie valoraba que Dios escoge lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, como dice San Pablo. Hoy, Domingo XXV del Tiempo Ordinario, conmemoramos a San José de Cupertino que sintió el apoyo de Dios frente a la anulación humana. Nace en este pequeño pueblo de Italia, en el año 1603. Sus padres eran muy pobres. Una de las muestras es que su padre no podía pagar la cuota de alquiler y los amos les echaron, teniendo que refugiarse en una casa extremadamente humilde.

Así vive José. Su sencillez le hacía una persona poco relevante ante los demás. Y este iba a ser su caso. De pequeño quería ingresar en los franciscanos, pero, después de tenerle un período a prueba, le echaron. Él no se dio por vencido y buscó un carisma de esa misma rama. Entonces lo intenta en los Padres capuchinos. Aquí sí parece atinar porque le acogen. Pero sus despistes como romper platos o no ser habilidoso en las tareas que le encomendaban los religiosos, le ponen otra vez en su casa.

Un tío suyo le acoge con dudas y al final retorna al hogar materno. Su madre insiste a los franciscanos para que se lo piensen y le acojan. La decepción anterior se opone, pero hay una solución: que entre como obrero a disposición de lo que le pidan. Nadie se imagina que, en breve, logre prepararse para el sacerdocio y que, a pesar de todo, se ordene. Su bondad se gana a todos, tocándoles el corazón y el alma.

Una vez en el ejercicio de su ministerio descubre que, como no era de palabra fácil, no tenía dotes de predicar. Por eso se dedicó a confesar y dirigir espiritualmente a las almas. Uno de sus dones era la experiencia profunda de Dios con abundantes éxtasis y el don de la levitación. Por esta gracia, quedaba suspendido en el aire por fuerza divina. Esta vivencia logra la conversión de muchas personas y que muchas gentes se acerquen a él para ir a Dios. San José de Cupertino muere en 1663.

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