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Secularización y pandemia: mirada europea, perspectiva global

Autor: Religion Digital

Querido Javier:

Hemos vivido un verano extraño, tal como está siendo este año de pandemia. Tratamos de hacer lo que hacíamos hasta ayer, porque más que nueva normalidad deseamos nuestra antigua normalidad. Sin embargo, todo es distinto. Todo es siempre distinto –ya lo decía Heráclito– pero quizá ahora seamos más conscientes de ello. Hoy hago mías las palabras del cardenal Newman. “Vivir es cambiar”.

Y así también está cambiando la presencia de las religiones en los últimos meses. Y hablo más desde la intuición que desde la estadística, puesto que aún no tenemos ni tiempo ni datos suficientes para valorar en profundidad qué está pasando con la vivencia religiosa desde que la Covid-19 se convirtiera en pandemia.

Al principio de este tiempo extraño he de reconocer que me sorprendió la aparición de la cuestión religiosa en reflexiones de distintas personalidades, el seguimiento de las palabras del Papa, especialmente en el destacado hito del Urbi et Orbi extraordinario del 27 de marzo, las iniciativas virtuales de carácter religioso (oraciones, eucaristías, encuentros, etc.), y la presencia de esa Iglesia inasequible al desaliento en las calles, en las situaciones más complicadas: ese resto de Israel de ayer, hoy y siempre. Sin embargo, creo que la situación de impasse y desconcierto está expandiéndose progresivamente y calando más intensamente en los ánimos, que quizá estuvieran alentados ante la novedad de la situación en sus comienzos. El tiempo va cribando las actitudes y nos va descubriendo, dentro del constante cambio, cuáles pueden ser las permanencias. A este respecto creo que hay dos puntos importantes que me gustaría subrayar hoy.

Por un lado, durante el confinamiento escribíamos un artículo conjunto sobre la importancia del cristianismo cultural en sociedades como la española. Nos centramos más en sus vigencias, pero quizá no enfatizamos suficientemente su fragilidad. En este mismo medio de Religión Digital, Jesús Bastante exponía el 8 de septiembre las afirmaciones del cardenal Hollerich, presidente de la COMECE (Comisión de las Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea) y una destacada voz a favor de una Europa de la solidaridad. En la entrevista del cardenal a l’Osservatore Romano señalaba que “Los ‘católicos culturales’, de izquierda y derecha, ya no vendrán. Han visto que la vida es muy cómoda. Pueden vivir muy bien sin tener que ir a la iglesia”. En su opinión, la situación provocada por la pandemia ha podido adelantar 10 años el proceso de secularización.

Con la precaución necesaria, comparto a priori su análisis. La pandemia ha vuelto a revelar no solo la importancia de la religión cultural, uno de los primeros refugios para tantas personas durante la pandemia, sino también que Dios continúa siendo una etiqueta, un concepto, un esquema, no una vivencia dinámica. Las etiquetas pueden resistir en la estabilidad. Pero los cambios en las vivencias, como el provocado por la pandemia, quiebran los esquemas. Quiebran la idea de Dios cuando es eso, un esquema.

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Intuyo que parte de los que no pudieron ir a misa desde marzo no volverán. Sintieron que “no pasaba nada”. Y así es. No pasa nada, porque el rito religioso -más allá del carácter normativo con el que se ha revestido- es una celebración, no una sanción. Una celebración intersubjetiva, de relaciones comunitarias y entre el individuo y Dios. Toda relación, como es la relación entre el individuo con su comunidad y con lo sagrado, que en la tradición monoteísta ha adquirido el nombre de Dios, debe seguir el ritmo del cambio vital. Si no, muere. Así sucede con nuestras relaciones afectivas. ¿Por qué iba a ser diferente con la religión? Ante la nueva vivencia, si la religión cultural es un esquema, más una idea que una creencia en términos de Ortega, se resentirá profundamente.

Sin embargo, me temo que el cambio religioso no solo dependerá de los cristianos culturales, sino también de los cristianos que más compromiso social y pastoral han adquirido durante sus vidas. Animadores, sacerdotes y religiosos, laicos comprometidos, etc. se han visto en medio de una situación que ha cambiado también sus esquemas: la limitación de las actividades extraescolares, el cierre de las iglesias, los límites de sus propuestas, etc.

Puede que para ellos Dios no sea un esquema, pero sus modos han podido correr el riesgo de esquematizarse, de anclarse al “es lo que se ha hecho”. Y el cambio de situación ha favorecido que se pongan en ocasiones trozos de vestido nuevo sobre un vestido viejo sin darse cuenta que a largo plazo, ambos acabarán por estropearse. Sin caer en la cuenta de que su labor constituye una pieza fundamental para que el cambio religioso adquiera una u otra forma en los próximos años.

Creo que en ese comprensible “salvar las actividades” se puede perder la perspectiva del medio plazo. Se resuelve el mañana sin preguntarse por el pasado mañana, que quizá también esté marcado por la pandemia. Y en esta actuación de supervivencia, aunque suene extraño, también se fragua la secularización de la que habla Hollerich. A todos ellos, como a tantos otros que desde diferentes creencias y cosmovisiones promueven la generación de una ciudadanía comprometida y activa, me cabe decirles las tres palabras que han inspirado la nueva programación del Teatre Nacional de Catalunya (TNC): incertidumbre, flexibilidad y creación. Incertidumbre, porque quizá hayamos vivido con demasiadas certezas. Toca sabernos en la intemperie y no morir en el intento. Flexibilidad, porque la pandemia nos ha vuelto a revelar que la vida es esencialmente cambio y que no existe permanencia que no tome esta realidad como base. Creación frente a las excesivas herencias que quizá hayamos heredado del pasado.

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Esto es un breve esbozo a partir de la intuición. La única convicción desde la que escribo estas líneas es que “a vino nuevo, odres nuevos”. 

Rafael

Querido Rafael:

El verano no ha sido para tu reflexión un tiempo baldío y tu profunda reflexión postveraniega viene cargada de enorme interés y apasionante desafío. Pero sobresale en tu escritura algo cada vez más infrecuente y, quizá por ello, más apreciado por mí. Tu compromiso intelectual corre parejo a la necesidad de una vida digna, es decir, al deber moral y deviene en respuesta necesaria ante tiempos tan faltos de tal precisa simbiosis. No sé si estamos todavía en condiciones de prever diez años de adelanto de procesos secularizadores, como quiere el buen cardenal Hollerich, opinión que parece atraerte al mirar este “entre-tiempo” de la pandemia, aún con demasiadas vidas truncadas en el discurrir cotidiano.

Lo que creo que sí es constatable, junto a la entrega generosa de tantos a los que más sufren y lo precisan, entre lo que cabe reseñar la pléyade de investigadores que laboran a destajo y sin descanso, y algunos aciertos importantes en la política europea, es el crecimiento de la impudicia de no pocos poderes públicos con influencia global y en su correlato, desgraciadamente cada vez más inevitable, de idéntico carácter en la opinión publicada y pública. No es sólo el incremento de la banalización en crecientes esferas sociales, que tan bien expresara la gran pensadora Hannah Arendt, sino la absoluta impunidad con la que la estulticia crece en el discurso político, sin que el reproche ciudadano sea equiparable a ese abuso, que atenta a la más elemental ética civil y corroe la confianza y la credibilidad democrática.

Me temo que el largo tiempo de la pandemia, el pasado y el que aún queda, no ha hecho sino encontrar un caldo más de cultivo de tal degradación moral. En apenas dos meses sabremos si cabe aún alguna esperanza razonable para la gran nación norteamericana y con ella para el conjunto de un mundo global. El tiempo de otras esperas será aún más largo para otros países, más grandes o menos, donde las tensiones permanecen y parece difícil descubrir una luz próxima.

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En tal contexto, amigo Rafael, quizá la mirada de nuestro cardenal, y quizá la de muchos bien intencionados pastores de los que él es autorizado portavoz, adolezca de una mirada, sin duda legítima, pero excesivamente europeísta. Quiero decir que me atrae más, por más profundamente certera, la respuesta que pides al desafío post-pandémico (la conciencia de su transitoriedad, a pesar del dolor aún largo, es creciente y hasta notoria en sus manifestaciones “postmodernas”) para crear nuevas formas y expresiones religiosas, cristianas en este caso, fruto de esa ciudadanía comprometida y activa, cuyo protagonismo con razón reclamas. Su semilla y primeros frutos, a mi ver, se notan en muchos lugares y grupos de todo el mundo, pero especialmente en África y Latinoamérica (pienso concretamente, como ejemplo, en el Sínodo de la Amazonía) y su eco sigue resonando en las palabras del buen papa Francisco, cuya nueva encíclica resultara, por lo que nos llega, de obligada y atenta lectura.

En esta dirección me atrevo a añadir aún dos breves notas más, complementarias de tus enjundiosas palabras de hoy. Las nuevas expresiones de las prácticas religiosas del nuevo tiempo no cabe juzgarlas desde esquemas intelectuales tal vez un tanto desfasados en su mirada etnocéntrica y un tanto obsoleta. La nueva secularización no puede ser contestada por una neoevangelización que se sitúe de nuevo contra la modernidad necesaria. Es, en mi mirada, un lugar común de creyentes y no creyentes, que fomentan con claridad y entrega los  compromisos, personales y colectivos, que exigen el cumplimiento cabal de los Derechos Humanos y el ejercicio pleno de la Democracia, conscientes de que la legitimidad de la Ley corresponde al poder civil y cualquier privilegio religioso que atente contra la autoridad legítima resulta condenable y a un tiempo que la confesión religiosa es igualmente un derecho humano, que alcanza a su propia dimensión profética. Su corolario es que su patrimonio, el permanente y el que se modifica, formará parte intrínseca de la cultura humana, porque de ella nace y en ella se renueva. Tal vez ahí aniden los lazos comunes de la fraternidad humana.

Javier

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