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Svante Pääbo, un premio Nobel de ciencia ficción

Autor: Esquire

    ¿Te acuerdas de Parque Jurásico y su sueño de recrear criaturas del pasado gracias al ADN conservado en los fósiles? Si alguien nos ha acercado de alguna manera a esta fiebre de la ciencia ficción, ese es Svante Pääbo, ungido con el Premio Nobel de Medicina el 3 de octubre de 2022. Si hoy podemos entender cómo se desarrolló el cerebro de un neandertal, si hoy podemos discutir seriamente la resurrección del mamut, se lo debemos principalmente a Pääbo. Fue Pääbo quien dirigió el desarrollo de la paleogenómica con una ambición tenaz y gratificante. Es decir, la disciplina que nos permite disponer de los genomas de especies extinguidas desde hace cientos de miles de años y, quizás, en el futuro, incluso resucitarlas.

    El Indiana Jones de la genética

    La historia de Svante Pääbo está fuera de lugar desde su concepción. De hecho, es hijo de una relación clandestina entre el bioquímico Sune Bergström, premio Nobel de Medicina en 1982, y la química estonia Karin Pääbo, que trabajaba en su laboratorio. Bergström, que tenía esposa y otro hijo, veía a su hijo Svante todos los sábados, pero nunca reveló su existencia al resto de la familia. El primer amor del joven Svante no fue la genética, ni siquiera la geología, sino el antiguo Egipto, que le dejó boquiabierto tras unas vacaciones con su madre a los 13 años. Como cuenta en su autobiografía científica, Pääbo estudió egiptología durante algún tiempo en la Universidad de Uppsala, y también trabajó en la catalogación de fragmentos y otros artefactos en el Museo del Mediterráneo de Estocolmo. Pero le pareció un trabajo demasiado lento y abstracto: “Pensaba que se trataría de descubrir momias y pirámides, pero, al menos en Uppsala, se trataba más bien de lingüística”.

    mountain view, ca   november 08  director, max planck institute for evolutionary anthropology, svante paabo poses with the 2016 breakthrough prize in life sciences at the 2016 breakthrough prize ceremony on november 8, 2015 in mountain view, california  photo by kimberly whitegetty images for breakthrough prize

    Kimberly WhiteGetty Images

    Tras abandonar sus sueños de una vida como Indiana Jones, Pääbo dejó la egiptología después de dos años para estudiar medicina. Pero es a ese amor al que debe el punto de inflexión de su carrera, desafiando a quienes piensan que las humanidades y la ciencia no tienen nada que decirse. Durante su doctorado en genética, en el que estudiaba cómo ciertos virus del resfriado evadían las defensas inmunitarias, se preguntó si todas esas finas tecnologías de ADN recombinante, aún relativamente incipientes en aquella época, podrían aplicarse a los restos arqueológicos; en concreto, para aislar el ADN de las momias egipcias. Se puso en contacto con su antiguo profesor de egiptología, Rostislav Holthoer, y le convenció para que colaborara en la obtención de muestras de tejido humano de algunas momias almacenadas en el entonces Museo Staatliche de Berlín Oriental en 1983. Después de la cena y durante los fines de semana, Pääbo utilizó el laboratorio para intentar extraer ADN de muestras de 2400 años de antigüedad. Lo consiguió, publicando los resultados primero en una pequeña revista de arqueología de la RDA, Das Altertum, en 1984, y luego en la mucho más prestigiosa Nature en 1985. Era la primera vez que se aislaba el ADN de restos milenarios. Pääbo había descubierto algo mucho más grande que un tesoro egipcio.

    Genomas de un tiempo profundo

    La ambición de Pääbo se lanza inmediatamente más allá de la época de los faraones. Pääbo decide que la genética, o más bien la genómica, puede explorar el tiempo profundo; que es posible reconstruir el ADN y, por tanto, la biología, la historia y la evolución de los seres humanos y no humanos del pasado lejano. Para ello, establece protocolos de laboratorio absolutamente paranoicos para limitar al máximo cualquier contaminación por ADN reciente, que de otro modo destruiría la señal de los raros fragmentos de ADN contenidos en los fósiles. Insiste en replicar cada estudio de forma independiente, para asegurarse de que sus datos son reales y no artefactos debidos a la contaminación, un error que había costado la reputación de otros laboratorios que se lanzaban al ADN antiguo en aquella época. Los esfuerzos dan sus frutos.

    En 1988 obtuvo el ADN del cerebro de un nativo americano de 7.000 años conservado en una turbera, y a partir de ahí siguió avanzando. En 1994, Pääbo publicó las primeras secuencias de ADN de mamuts de hasta 50.000 años de antigüedad. Gracias al ADN antiguo, Pääbo comienza a desentrañar la historia evolutiva de especies extinguidas, como el moa, el lobo tilacino o marsupial australiano, o los perezosos gigantes, permitiendo comparar su ADN con el de especies actuales, abriendo una ventana al pasado lejano que hasta ahora era completamente de ciencia ficción. La única limitación es la degradación del ADN, que se desmorona al cabo de unos pocos millones de años. Hasta la fecha, el genoma más antiguo secuenciado pertenece a un mamut de hace 1.600.000 años.

    leipzig, germany   october 03 svante paabo, director of the max planck institute for evolutionary anthropology, is thrown into a pool of water by her colleagues after a press conference after he won the nobel prize in physiology or medicine on october 3, 2022 in leipzig, germany paabo is being recognized for his pioneering work in decoding the genome of neanderthals and proving a genetic link to modern humans photo by jens schluetergetty images

    Jens SchlueterGetty Images

    Pero fue en 1996 cuando se hizo la verdadera gran apuesta: la genómica de la evolución humana. En ese año, consiguió extraer secuencias de ADN de los huesos de los neandertales. Fue la primera vez que conseguimos coger el genoma de otra especie humana. En ese momento, sólo se trataba de algunos fragmentos de ADN mitocondrial, no del ADN mucho más largo y complejo del genoma real, que un equipo dirigido por Pääbo recuperará en 2010. Pero ya esas pocas secuencias de ADN respondieron a uno de los mayores interrogantes sobre nuestra evolución, revelando que los neandertales podrían no haber sido nuestros progenitores directos, sino que representaban un linaje evolutivo separado y paralelo al nuestro. El estudio de la historia de la humanidad nunca volvería a ser lo mismo.

    A partir de ahí, el ADN antiguo revelaría una imagen de nuestra historia que de otro modo sería inalcanzable. Revelando que nuestro pasado evolutivo no es el de una escalada progresiva que culmina en nuestra especie, ni siquiera el de un árbol evolutivo de ramas incompatibles: es una red de híbridos humanos. Los genomas antiguos revelan que los neandertales y otras especies humanas se han cruzado con la nuestra varias veces, dejando huellas importantes en nuestro genoma. Más perturbador aún es el descubrimiento, gracias a un único fragmento de meñique encontrado en una cueva de los montes Altai, en Siberia, de una especie humana hasta ahora desconocida, los denisovianos. Una especie cuya existencia ni siquiera habríamos sospechado, si las técnicas y la ambiciosa perseverancia de Pääbo no nos hubieran llevado a analizar su ADN, y que ahora sabemos que también forma parte de nuestro patrimonio genético. En su página web oficial, Svante Pääbo sonríe mientras sostiene el cráneo de un neandertal. Es al mismo tiempo el trofeo de una victoria y de una reconciliación. Puede que hayamos sido nosotros los que hayamos borrado a los neandertales de la Tierra. Pero ahora somos nosotros, en gran parte gracias a la obra de Pääbo, quienes reconstruimos su indisoluble enredo con nuestro destino.

    Resucitar el pasado

    El Premio Nobel a Pääbo no sólo corona esta revelación de nuestra historia. Tener en nuestras manos genomas antiguos nos da un enorme poder: el de reconstruir especies enteras extinguidas. Es un sueño, el de la desextinción de especies como el mamut, que ha pasado de ser ciencia ficción a una hipótesis lejana pero parcialmente realista, en gran parte gracias a su trabajo. Estos proyectos abren un abanico extremadamente complejo de problemas científicos y bioéticos. Ahora está claro que en realidad no podremos recrear copias exactas de las especies que se extinguieron en un pasado lejano, sino simulacros biotecnológicos, que podrían acercarse a ellas sin llegar a recrearlas perfectamente. Esto no impide que se invierta seriamente en estos proyectos: hace tan sólo unos días se informó de que la CIA, nada menos, invirtió en Colossal Biosciences, una empresa de biotecnología que se ha hecho cargo del gigantesco proyecto de resurrección.

    Es probable que a la CIA le importe poco recuperar paquidermos lanudos y que, en cambio, esté interesada en los conocimientos biotecnológicos que podrían adquirirse utilizando ese proyecto como campo de entrenamiento, pero sugiere que, de alguna manera, se están poniendo serios. George Church, un genial y controvertido genetista de la Universidad de Harvard, una de las principales figuras en el desarrollo de tecnologías revolucionarias como Crispr y el Proyecto Genoma Humano, ha llegado a proponer la clonación de niños neandertales a partir del genoma, una pesadilla bioética, pero no muy lejos de nuestro alcance. Sin embargo, a menor escala, podemos hacer que los genes neandertales funcionen en tubos de ensayo y comprender, por ejemplo, cómo dieron lugar a un desarrollo cerebral diferente.

    leipzig, germany   october 03 svante paabo, director of the max planck institute for evolutionary anthropology, with a model of a neanderthal skeleton after a press conference after he won the nobel prize in physiology or medicine on october 3, 2022 in leipzig, germany paabo is being recognized for his pioneering work in decoding the genome of neanderthals and proving a genetic link to modern humans photo by jens schluetergetty images

    Jens SchlueterGetty Images

    Queda un dato curioso, como ha señalado el periodista científico Andrea Capocci: el genoma neandertal ganó un premio Nobel, el de nuestra especie no. Esto se debe probablemente a que, si bien Pääbo es ciertamente el principal protagonista de la revolución paleogenómica (aunque no el único), la secuenciación del genoma humano fue una empresa extremadamente más compleja y concurrida, en la que es difícil identificar a unos pocos protagonistas a los que premiar. Es probable -aunque siempre hay sorpresas- que el comité del Nobel, para no disgustar a muchos, no complazca a nadie. Por último, está el hecho de que el Nobel a Pääbo es un Nobel de “fisiología y medicina”. Es cierto que ahora sabemos cómo nuestra herencia neandertal, por ejemplo, puede influir en nuestra salud, incluida nuestra susceptibilidad a la Covid-19.

    Pero está claro que la importancia del trabajo científico de Pääbo no radica en las implicaciones sanitarias. Se trata de haber revelado capítulos enteros de nuestra historia, de otro modo inaccesible, y de haber abierto la perspectiva de recrear especies que ahora se han perdido. Los antiguos genomas de Pääbo nos permiten relatar e imaginar épocas pasadas en las que múltiples especies humanas se encontraron y generaron familias; las migraciones, la ascendencia y las líneas de sangre que están en la raíz de lo que nos hace humanos; los posibles futuros en los que la extinción, por primera vez, ya no es para siempre. Lo que Pääbo nos ha dado son historias que nos hablan a nosotros, a nuestro presente, a nuestra identidad, a nuestra relación con la vida biológica. Quizá el Nobel que hubiera merecido, más que el de medicina, es el de literatura.

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