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Tres libros para un gran premio

Autor: Administrador

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Dos accésit -de igual categoría- y un premio, tres libros de estéticas muy distintas han ratificado por enésima ocasión -ya van treinta- que el Premio Jaime Gil de Biedma de la Diputación de Segovia es, desde la excelencia, la casa de toda la poesía española.

Uno de los dos accésit ha sido para Versos perdidos en un desván o, por fortuna, versos hallados en el Gil de Biedma entre la infinidad de poemarios que concurrieron, y hallados en razón de que su latido, revelación de silencios hondos, iluminó de emoción, una emoción cuajada en el crisol de la cultura, las deliberaciones, primero del pre jurado y enseguida del jurado, unos y otros ganados por la lumbre de misterio que los vertebra. Un misterio envolvente y una emoción transida en la sutileza de la memoria en penumbra y los argumentos intemporales de la cultura. O sea, misterio, emoción, sutileza, memoria y cultura, valores intemporales que, saliendo al encuentro del lector, despliegan sus alas desde el comienzo: «Ese sol, esas sombras que se sienten tan lejos, / en el fondo del aire… Las nubes que florecen / y auguran la tormenta, y a los pájaros / obligan a ocultarse… Esos lobos / que aúllan cuando asoma el viento norte. El brillo / glacial de los heleros, la fecunda / ceniza de nuestros restos en los bosques lúgubres, envueltos en la bruma».

Entre tanta perfección de hielo y tanto jugueteo oxidado de la poesía actual, la obra de Refoyo es necesaria

Estamos ante un poeta que vuela tan alto, tan alto que, a la manera de san Juan, da al sentimiento alcance, fecundando los restos de consunciones (palabra final del poemario) que convocadas por sus versos regresan convertidas en poema, poemas de sol y poemas de sombras. En definitiva, Jesús Aguilar Marina o la renovación de los modelos clásicos desde los símbolos tradicionales y la depuración expresiva. Poeta de trayectoria ya muy consolidada que irrumpió por derecho en el panorama poético en 1971 con Horizontes agotados, en cuyas páginas comenzó a liberar la voz del «tropel de pájaros» que lleva en el pecho («Tan solo»), aldabonazo a continuación renovado en Crónicas apócrifas, El jinete nocturno o Andenes y, volviendo a los pájaros que hacen nido en la razón de sus quimeras, en Pájaros de la luz y la lluvia, premio Gerardo Diego 2014, galardón antecedido por el accésit del Juan Ramón Jiménez de Huelva (La luz de los pantanos, 2002) o el León Felipe de Zamora (Andenes), suma y sigue de versos rescatados «de los pozos secretos donde espera / la blanca estrella de la desnuda poesía», como él mismo dice en «Sueños a la orilla del Mar», suma y sigue que ahora ha desembocado, por sus sílabas bien medidas, en este accésit del Gil de Biedma y en Visor, donde es bienvenido.

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«El fondo del cubo»

En cuanto al segundo accésit, hasta la hora presente David Refoyo publicaba en los márgenes del sistema comercial; márgenes, a mi juicio, a los que siempre conviene estar muy atento, porque son los espacios de renovación y sorpresas, con obras y autores que centellean hasta traspasarlos, función de vasos comunicantes que cumplen, o que debieran de cumplir los premios de poesía, y que determina la vocación y el destino de éste, acogido al nombre transgresor de Jaime Gil de Biedma. El fondo del cubo: el título es bien elocuente. Y un cubo cuya intensidad social y osadía expresiva salen del agua sucia que a la vuelta de los trabajos y los días empañaba el fondo del cubo después de que su padre, y él con su padre, hubieran limpiado los cristales de los escaparates y espejos de la ciudad levítica. «Por una poesía sin pureza», como explicó Pablo Neruda en la histórica primera página de una revista poética trascendental: Caballo verde para la poesía, estampada artesanal y creativamente por Concha Méndez y Manuel Altolaguirre en octubre de 1935. Recordemos las palabras clarividentes de Neruda: «Es muy conveniente, en ciertas horas del día y de la noche, observar profundamente los objetos en descanso […] La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando las cosas […] Así sea la poesía que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley».

Desde estas palabras de Neruda, vengamos a la poesía de Refoyo, mirando a El fondo del cubo, en homenaje a Miguel Delibes, novelista del hombre castellano y sus trabajos, por el poema titulado «Los santos inocentes»: «Cogíamos el agua de las fuentes públicas / yo que nací en mil novecientos ochenta y tres / que lo tuve todo al alcance / la escarcha sobre los dedos y el mismo sudor de cada verano / con el que pagaba la matrícula / pero robábamos el agua de las fuentes como los gitanos del extrarradio / y limpiábamos cristales […] antes de las diez posábamos el cubo sobre los escaparates / ellos vendían zapatos y camisas que no podíamos comprar que / anhelábamos mientras pasábamos la gamuza». Poesía impura. Entre tanta perfección de hielo y tanto jugueteo oxidado de la poesía española actual, la poesía de Refoyo es necesaria.

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Gioconda Belli

Y finalmente el premio, conquistado nada menos que por Gioconda Belli, escritora de implantación mundial, para empezar con el cual se impone dar un salto de lugar y tiempo, situándonos en Managua y en la víspera de la Navidad de 1972: contra «mi pobre ciudad, engalanada para la Nochebuena», noche oscura del alma, que diría san Juan de la Cruz, se desató el abrazo mortal de un terremoto devastador. El suelo se abría, las casas volaban en pedazos, llovían los cristales. Sin luz y a tientas, con las paredes derrumbándose y las escaleras desapareciendo bajo sus pies, «cuando por fin logramos salir [a la calle] por una hendija, nos recibió la visión apocalíptica de un cielo rojo, denso. La ciudad sumergida en una nube de polvo». Así se recordó Gioconda Belli en una de las páginas estremecedoras de su estremecedor libro de memorias, memorias de desvelos y angustias, pero memoria también de renacimientos, El país bajo mi piel. Así se recordaba ella, y así la tengo presente yo a través de su literatura, literatura de vida contra la muerte, de afirmación contra las negaciones. Indemne y altiva contra los cielos rojos de la destrucción, los incendios y las persecuciones. Mujer de luz entre nubes de polvo.

Nicaragüense que siente, habla y escribe en el español de Rubén Darío, su pequeño país poéticamente es inmenso. Nicaragüenses son, entre otros, Carlos Martínez Rivas, el maestro de La insurrección solitaria; José Coronel Urtecho, el poeta vanguardista de Pol-la D’Ananta, Katanta, Paranta; Ernesto Cardenal, el demiurgo de Canto cósmico, la voz telúrica de Somos polvo, ministro sandinista de Cultura (1979-1990) que falleció en marzo del año pasado y fue enterrado casi en secreto en la isla Mancarrón, para «evitar una profanación» de partidarios del gobernante Frente Sandinista, como ocurrió en la misa de cuerpo presente oficiada en la Catedral de Managua, con Gioconda Belli acosada. Implacable el régimen de Daniel Ortega con sus antiguos compañeros.

De Martínez Rivas a Cardenal, río de poetas que desemboca en Gioconda Belli. Nicaragua, universo de poetas y conjuro de volcanes. En fecunda consecuencia, poesía volcánica la de Gioconda Belli, con versos de fuego (Línea de fuego, su segundo poemario, recibió en 1978 el Premio Casa de las Américas) que -son sus palabras- «me asaltaban todo el día». Es una reflexión muy interesante la que ella hizo en los albores de su poesía: de repente, «abiertos los diques», los diques del corazón, «mis versos eran las boyas donde anudaba los recuerdos para que la marea no se los llevara». La mujer habitada, mujer entre diques de laguna profunda, ha vivido en el temblor de todas las encrucijadas, herida pero intacta en la precariedad de los sueños, creyente -siempre creyente- «en mañanas posibles», poeta de las nubes monumentales de Nicaragua, poeta de sus atardeceres infinitos, cuando el día se funde en el abrazo con la noche, noche de noches, con la vela encendida para mirar de frente sin engañarse: «Si eres una mujer fuerte / prepárate para la batalla: / aprende a estar sola / a dormir en la más absoluta oscuridad sin miedo / a que nadie te tire sogas cuando ruja la tormenta / a nadar contra corriente».

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Acabo de citar, tras las huellas imperecederas de Rubén, a Carlos Martínez Rivas, a José Coronel Urtecho, a Ernesto Cardenal. Y me dejé, entre otros, un nombre imprescindible: Pablo Antonio Cuadra. Lo hice deliberadamente, para singularizarlo ahora.

Poeta que en Nicaragua lo era todo, Pablo Antonio Cuadra introdujo en la sociedad literaria a la jovencísima y entonces absolutamente desconocida Gioconda Belli por la puerta grande del suplemento literario de La Prensa. A sus manos había llegado un manojo de sus primeros poemas -«los escribí anoche, me salían como conejos del sombrero», confesó a su primer lector, Bosco, el Poeta, quien la incitó a escribirlos-.

La de Gioconda Belli es una literatura de vida contra la muerte, de afirmación contra las negaciones

Entiendo sin dificultad la sorpresa incendiada de Bosco y comprendo perfectamente la conmoción de Pablo Antonio Cuadra, porque eso mismo sentí yo -sorpresa y conmoción- en cuanto inicié la lectura, insisto: en cuanto la inicié, de El pez rojo que nada en el pecho, poemario que hacía el número 673 del total de 1750 presentados. Amor y desamor; nostalgia y dureza, dulzura y apagamientos: «Vivir de acuerdo con el corazón tiene su precio, pero no tengo madera para vivir de otra forma» (El país bajo mi piel). La mujer fuerte y la mujer zarandeada por la pasión, «habitante milenaria / de la precariedad de los sueños» que a solas se dice «anhelo el rincón de tu hombro / llorar sobre tu espalda / atracar mi barco en el dorso de tu brazo / península de mi esperanza». De mi esperanza y de todas las desesperanzas. Amor y nostalgia, atardeceres, nubes, amaneceres y soles. Y a su lado la voz de los heraldos negros, con poemas tan estremecedores como el de Las asesinadas, alegato cargado de dolor contra la violencia machista desde la militancia en un feminismo legítimamente orgulloso, porque a Gioconda Belli, mujer de combate que se jugó la vida contra el somocismo y que ahora mismo la tiene en vilo frente al nuevo sátrapa nicaragüense, nadie puede discutirle que vaya con su verdad por delante. Y yo desde luego comparto ese anhelo suyo: «Ya ha llegado el momento de que hombres y mujeres dejemos de temernos».

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