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Una colisión entre un camión semirremolque y una camioneta deja al menos 13 muertos en California

Autor: Yahoo

The New York Times

El trumpismo se apodera del Partido Republicano pospolítico, mientras el conservadurismo tradicional se desvanece

ORLANDO, Florida — Desde hace décadas, se repetía el mismo ritual tras las derrotas electorales republicanas. Los elementos moderados del partido, alineados con sus dirigentes, argumentaban que los candidatos se habían desviado demasiado hacia la derecha en temas como la inmigración, así como en su lenguaje, y aconsejaban volver al centro político. Y los conservadores sostenían que los republicanos habían abandonado la verdadera fe y debían volver a los principios fundadores para distinguirse de los demócratas y obtener la victoria. Se nos podría perdonar por no ver este debate después de 2020, porque apenas está teniendo lugar. Los republicanos han entrado en una especie de momento pospolítico en el que las fuerzas más estimulantes del partido son las emociones, no los temas. Este cambio se hizo patente el fin de semana pasado en la Conferencia de Acción Política Conservadora (la CPAC, por su sigla en inglés), donde la trumpificación del encuentro anual y la promesa del expresidente de vengarse de sus críticos dentro del partido dominaron los titulares. Sin embargo, igual de sorprendente fue lo que no se dijo en el evento. Poco se dijo de por qué los republicanos perdieron la presidencia, la Cámara de Representantes y el Senado en los últimos cuatro años ni de la agenda que deberían seguir para reconstruir el partido. La ausencia de un examen de conciencia se debe en parte a las sorpresivas victorias de los republicanos en la Cámara de Representantes y a que muchos activistas se niegan a reconocer que perdieron la Casa Blanca, como resultado de una afirmación falsa perpetuada con entusiasmo trolero por el propio expresidente Donald Trump el domingo, para deleite de la multitud. No obstante, el expresidente distó de ser el único republicano de alto perfil en demostrar que el confrontamiento con los demócratas y los medios noticiosos, si aprovecha el agravio de las bases del partido hacia ambos, es la mejor receta para ser aclamado dentro del Partido Republicano de la actualidad. “Podemos sentarnos y sostener debates académicos sobre la política conservadora, podemos hacerlo”, dijo el gobernador de Florida, Ron DeSantis, en medio de una ovación en su discurso en la CPAC. “Pero la cuestión es, cuando los ánimos se calienten, cuando la izquierda venga por ti: ¿te mantendrás fuerte o te doblegarás?”. Este es el partido que Trump reconfiguró y es la razón por la que tantos republicanos tradicionales están horrorizados, o al menos alarmados, de que el trumpismo esté remplazando al conservadurismo. “El futuro del Partido Republicano depende de debatir y promover grandes ideas arraigadas en nuestra creencia en el constitucionalismo del gobierno limitado”, dijo el representante de Texas Chip Roy, quien argumentó que el partido necesitaba orientarse en torno al “argumento para liberar al pueblo estadounidense de los mandatos, confinamientos, regulaciones e impuestos impulsados por un gobierno poderoso”. Roy apareció en uno de los pocos paneles de la CPAC centrados en el gasto gubernamental, que otrora fuera un tema central para la derecha, y aprovechó su tiempo para hacer súplicas a la audiencia. “En este momento, nada es más importante. Estamos permitiendo que Washington D. C. se apodere de nuestra vida, pero estamos pagando la factura”, afirmó. Si los asistentes sentían la misma sensación de urgencia, no lo demostraron. En sus declaraciones posteriores, Trump trató de explicar el “trumpismo” ―“lo que significa son grandes acuerdos”, aventuró―, pero sus posibles herederos reconocen claramente que el núcleo de su atractivo está más relacionado con las apariencias que con la agenda. Además del expresidente, ninguno de los dos republicanos presentes obtuvo una respuesta más ferviente que DeSantis y Kristi Noem, gobernadora de Dakota del Sur, dos exmiembros de la Cámara de Representantes convertidos en gobernadores de primer mandato. Ninguno de ellos esbozó una nueva agenda política ni presentó una visión renovada de un partido que solo ha ganado el voto popular nacional una vez en más de 30 años. En cambio, fueron ovacionados en repetidas ocasiones por lo que tienen en común: un sentimiento compartido de victimismo ante las críticas de los medios de comunicación por su gestión de la crisis del coronavirus y un desprecio combativo por los expertos en salud pública que han instado a aplicar restricciones más agresivas en sus estados. Desde los albores del movimiento conservador moderno, a mediados del siglo XX, ha habido un elemento de política de victimismo en la derecha: la sensación de que las poderosas fuerzas liberales están dispuestas contra los conservadores y que los republicanos pueden enviar un mensaje con su voto. “Molesten a los medios de comunicación: Reelijan a Bush” fue una de las calcomanías más populares en la campaña de 1992 de George H. W. Bush, quien ahora se recuerda con frecuencia como la antítesis caballerosa de Trump. Sin embargo, en el seno del Partido Republicano siempre hubo debates intensos, inmensos y de grandes consecuencias. En la década de los setenta, hubo un enfrentamiento al interior del partido sobre el papel de Estados Unidos en el mundo, dividido entre el control del canal de Panamá y si había que enfrentarse a la Unión Soviética con la mano abierta o con el puño cerrado. En los años ochenta y noventa, las batallas por el aborto se recrudecieron y la oposición al caso Roe contra Wade se convirtió en una prueba de fuego para muchos en la derecha. En el segundo mandato de Bush y en los años posteriores, los republicanos se dividieron en torno a la inmigración y, una vez más, sobre la huella de Estados Unidos en el extranjero. En particular, muchos de estos enfrentamientos se produjeron en la CPAC. En 2011, Mitch Daniels, el gobernador de Indiana en aquel momento, utilizó un discurso de alto perfil en la reunión para advertir contra el creciente peligro de “la nueva amenaza roja” —los números rojos, no el Ejército Rojo— que tenía en la mira a los conservadores molestos por el enorme gasto de George W. Bush y Barack Obama. Ron Paul, exlegislador de Texas, y después su hijo, el senador de Kentucky Rand Paul, utilizaron los cónclaves para cuestionar el intervencionismo al estilo de Bush, para deleite del público juvenil, al que incitaron a inundar las encuestas extraoficiales en su favor. No es casualidad que los tres primeros puestos de la encuesta extraoficial de este año hayan sido los tres que más se burlaron de las restricciones motivadas por el coronavirus: Trump, DeSantis y Noem. “Se les percibe como los nuevos simpatizantes jóvenes de Trump que no son políticos”, comentó sobre DeSantis, de 42 años, y Noem, de 49 años, Amanda Carpenter, exasesora del Senado del Partido Republicano que ahora escribe para el sitio web The Bulwark. Las entrevistas entre los asistentes a la conferencia sugirieron que muchos de ellos se sintieron atraídos a los dos gobernadores, principalmente por su estilo. Sany Dash, quien vendía productos en un puesto de la CPAC, explicó que le gustaba Noem “porque da pelea” y agregó: “Siento como si fuera una versión femenina de Trump, solo que no tan burda ni vulgar”. “Tiene el grado justo de trumpismo”, comentó Brad Franklin, un recién graduado universitario, sobre DeSantis. This article originally appeared in The New York Times. © 2021 The New York Times Company

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