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Vino, cerveza, whisky y champán de la Iglesia contra la ley seca del rigorismo religioso

Autor: Jose Maria Sanchez Galera

Cada vez disponemos de más investigaciones médicas acerca de qué hábitos para la salud son los más adecuados. En su libro Predimed. Date el gusto de comer sano (EUNSA, 2015), el doctor Miguel Ángel Martínez-González habla sobre los beneficios que puede aportar el consumo «moderado o bajo» de vino o también de cerveza. No así de bebidas destiladas, cuya ingesta puede aumentar el riesgo de padecer cáncer. Los análisis al respecto parecen indicar que un vaso de vino o dos –un vaso, traducido a lenguaje métrico, son unos 150 ml, media lata– al día de puede redundar en mejora de la salud. Se trata de una cuestión sujeta a una enorme disparidad de estudios, de modo que el doctor Martínez-González suele mostrarse muy cauto. Él, antes que recomendar el consumo –aunque sea frugal– de vino, prefiere centrarse en otros detalles: no fumar, ejercicio moderado diario, dieta mediterránea —o sea, frutos secos crudos, hortalizas, legumbres, frutas, pescado, poca carne, pocos rebozados, nada de bollería industrial, poca azúcar.

El dios Baco, de Caravaggio

Desde el Neolítico

La historia del vino y la cerveza se remonta, parece ser, al Neolítico. De la vid y de cereales como el trigo o la cebada se elaboraron bebidas fermentadas que contenían dos grandes virtudes. La primera, su resistencia a la putrefacción, algo que las hacía preferibles –y más salubres– al agua. En Egipto, por ejemplo, la gran cantidad de parásitos contenidos en las mansas y densas corrientes del Nilo generaba un considerable elenco de enfermedades. Sin embargo, los consumidores de cerveza gozaban de un menor impacto en este tipo de afecciones. Algo que se ha constatado a lo largo de la historia. Al menos, hasta que los romanos elaboraron su complejo sistema de acueductos y, en tiempos modernos, se ha purificado el agua corriente por medios de todo tipo. Incluyendo la aportación de cloro que dota al agua de muchos municipios de un sabor característico.

Detalle de Baco enfermo, de Caravaggio

Bebida de los dioses

La segunda cualidad relevante del vino y de la cerveza es, obviamente, su agradable gusto y sus placenteros efectos. Por eso, muchos pueblos atribuían la invención de estas bebidas a los propios dioses, o incluían el vino o la cerveza en sus rituales. Los griegos ofrendaban vino en honor a sus deidades, y la Iglesia, siguiendo el ritual de la Última Cena, ha celebrado siempre la Eucaristía con vino.

En el libro bíblico del Sirácida (Eclesiástico) se menciona el vino en una docena de ocasiones: se recomienda su consumo moderado, se dice que alegra el corazón del justo –en esto coincide con el salmo–, pero que, en exceso, es el alimento de los pendencieros y puede hacer que, junto la tentación de las mujeres, el hombre sabio se descarríe. En el Evangelio el vino aparece varias veces, y, por lo general, en un contexto positivo. Se suele decir que el primer milagro de Jesús, a petición de su Madre, consistió en convertir el agua en vino ya avanzado el jolgorio de las bodas de Caná. «Tú has reservado el vino bueno para el final», exclaman. Lo cual es una prefiguración de un lema esperanzado que hoy repetimos a menudo: «Lo mejor está por llegar». Asimismo, y según la parábola, el buen samaritano aplicó aceite y vino a las heridas del maltrecho hombre asaltado por ladrones.

Detalle de Las Bodas de Caná, de Paolo Veronese

De manera simplista, se ha planteado a veces una divergencia entre los pueblos del vino –los pueblos cultos, como Roma y Grecia– y los pueblos de la cerveza –naciones toscas–, como los germanos y los celtas. Algunos añadirían un tercer elemento: la sidra. En todo caso, una divergencia que la Antigüedad tardía y la cristianización entera de Europa resolvió.

Los borrachos, de José Malhoa

Los filólogos asumen que la palabra española «cerveza», al igual que su equivalente lusa cerveja, procede –mediante el bajo latín cervesia– de una voz céltica. Y sería la integración de lo céltico, lo germano y lo latino –dentro de lo católico– lo que explicaría, en parte, que los monjes –desde benedictinos hasta trapenses, porque la oración no se desliga del cultivo de la tierra; Esopo ya dijo: «en la viña tenéis vuestro tesoro»– se convirtieran durante la Edad Media en maestros cerveceros, pero también en expertos viticultores. Y, con la aurora de la Modernidad, sabios inventores de las bebidas destiladas, empezando por el «agua de la vida», o, dicho en gaélico, uisqe–béatha. Transliterado al inglés como whisky. Por no hablar de un benedictino llamado Pierre Pérignon (ss. XVII–XVIII), a quien se adjudica el alumbramiento o fortuito hallazgo del vino espumoso o champagne.

Detalle de Las Bodas de Caná, de Marten de Vos

Frente al Islam

La España medieval nos ilumina en este sentido. Los seguidores de la religión de Mahoma aseguran despreciar el vino, bebida de pecadores idólatras. En cambio, los cristianos –y de forma muy marcada los mozárabes– se empeñan en mantener sus parras y fermentar sus caldos oscuros y espirituosos. Y este será uno de los factores que mejor indicará la evolución de al-Ándalus. Los emires, régulos, sultanes y califas más corruptos o delicuescentes incentivarán el cultivo de la vid, porque del vino cristiano obtendrán mayores beneficios fiscales. Pero también porque se entregarán a los placeres de la bebida, al tiempo que escogerán entre sus favoritas siempre a cristianas de piel blanca, cabellos dorados y ojos glaucos. No olvidemos que nuestros Omeya eran medio célticos: pelirrojos o rubios de pupilas rodeadas de un iris garzo. Por el contrario, los mandatarios muslimes más rigoristas condenarán el vino y ordenarán arrancar miles de raíces de los viñedos bajo su dominio. Dentro de las corrientes de interpretación del Corán y el Hadiz existe una que no prohíbe el alcohol, sino sólo la borrachera, o nada más que entrar beodo en una mezquita. El vino, capaz de modificar la interpretación de las palabras del Profeta, en nombre de Al·lah, el Clemente, el Misericordioso.

Detalle de Las Bodas de Caná, de Gerad David

Frente al protestantismo

La Iglesia, por otro lado, supo también zafarse del moderno rigorismo que asoló los Estados Unidos durante la llamada «época de la ley seca». Las feministas del momento, considerando que el alcohol era el germen de los males de la sociedad, lograron su prohibición. Pocas excepciones hubo en aquella América árida y puritana; la Iglesia logró que se permitiera el cultivo de la vid y la elaboración del vino, con fines sacramentales. Y eso salvó, sobre todo en la California heredera de fray Junípero Serra, a un suficiente número de bodegas y lagares.

Quedarse con lo bueno

Detalle de Las Bodas de Caná, de Paolo Veronese

Por su parte, las bebidas destiladas –desde el whisky irlandés o escocés hasta el Frangelico– dan testimonio del êthos católico. Los primeros ingenios que podrían anticipar el alambique proceden del Egipto helenístico. Un país que, a la mezcla de lo egipcio, lo griego y lo romano, añadió lo cristiano y más tarde lo árabe y mahometano. Puro ecumenismo. Lo cual acarreó que el helénico ámbix o redoma se perfeccionara –quién sabe si por mano agarena o cristiana– en un mágico contenedor metálico donde diferentes substancias se permutaran en alcohol. De hecho, la palabra griega ámbix, ámbikos es la misma palabra «alambique» con el simple añadido del artículo árabe al.

Con fines supuestamente medicinales, pero perturbadores para la moral y buenas costumbres que predicaba el Profeta, el descubrimiento adquirió una sorprendente utilidad en las frías tierras donde predicara San Patricio y donde, en los llamados «siglos oscuros», los monjes irlandeses copiaran en pergamino casi toda la sabiduría de la gentilidad griega y latina. Por eso, en un pub de Oxford, intelectuales como C.S. Lewis o Tolkien resolvían sus disquisiciones entre turbias pintas de ale.

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