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Vivimos en la era más próspera, más segura y más saludable desde el nacimiento del primer Homo sapiens. John Carlin | En Positivo

Autor: enpositivo

Razones para estar felices.

Para animarme un poco al principio del confinamiento leí La peste, de Albert Camus, y Diario del año de la peste, de Daniel Defoe. Funcionó mejor un libro que leí hace unas semanas, La humanidad: una historia esperanzadora, de un holandés llamado Rutger Bregman. El único problema fue que me hizo sentirme culpable de ser periodista.

Parecerá curioso contarlo mientras seguimos en el purgatorio viral, pero el irrefutable punto de partida de Bregman es que los seres humanos nunca hemos estado mejor. Si la gente no se lo cree, como confirman todas las encuestas en todos lados desde décadas antes de la pandemia, mucho tiene que ver, según Bregman, con la visión pesimista del mundo que emitimos los medios.

Me consuela pensar que no todo es culpa nuestra. Está científicamente demostrado que las malas noticias venden más que las buenas.

Si todos los días casi todos los diarios del mundo publican en portada las últimas cifras de muertes y contagios del virus será porque esto es lo que piden nuestros queridos lectores. ¿Qué haremos cuando la pandemia se acabe? ¿Cómo compensaremos la ausencia de una dieta tan comercialmente viable? Se me ocurre que la solución sería seguir el patrón actual y adoptar la costumbre de publicar las cifras de todas las muertes de todos los días, sean de cáncer, del corazón, de tuberculosis, de malaria o de accidentes de tráfico. El material es abundante. Multiplicarían las actuales cifras de muerte coronaviral por un factor de 40.

Y servirían para seguir alimentando la falsa creencia que tanto desagrada a Rutger Bregman.

Seguiremos pensando que el mundo se va al carajo cuando la realidad es que, aún teniendo en cuenta el factor Covid, vivimos en la era más próspera, más segura y más saludable desde el nacimiento del primer Homo sapiens . Las estadísticas confirman, y Bregman no es el único en señalarlo, que las enfermedades, la pobreza y las guerras afligen a muchísima menos gente hoy que hace medio siglo.

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Pero el holandés va más lejos. Su “idea radical”, como dice en la primera página del libro, es una idea “negada por las religiones y las ideologías, ignorada por los medios de comunicación y borrada de las crónicas de la historia mundial”, una idea “tan intrínseca a la naturaleza humana que ha pasado desapercibida”. Su idea radical es que “en el fondo la gente es bastante decente”.

Bregman se pasa el resto del libro apoyando su tesis con hechos. Cuenta los resultados de múltiples estudios psicológicos que demuestran que la bondad humana supera la malicia, de investigaciones alentadoras que se han hecho en las cárceles, de aquella noche de Navidad de 1914 cuando los soldados británicos y alemanes interrumpieron la carnicería para cantarse villancicos, intercambiar tabaco y jugar partidos de fútbol.

Yo ya sospechaba de mi experiencia como periodista que Bregman tenía razón. Por ejemplo, en Belfast, durante el conflicto entre protestantes y católicos, la verdad que pocas veces contaba era que la mayor parte de la ciudad funcionaba normalmente y la gente convivía en paz. Cuando cubrí las guerras de Centroamérica me centraba en las masacres y en los asesinos, pero la mayor parte de los ciudadanos de El Salvador, Nicaragua o Guatemala, incluso de los combatientes, eran nobles.

Casi todo lo que he escrito durante mis casi cuatro décadas como periodista ha resaltado la crueldad, el egoísmo, la estupidez, la avaricia, la vanidad o la ignorancia de la especie. Durante el último mes he disfrutado de lo lindo despotricando contra Donald Trump, que encarna todos estos defectos y más. Me he detenido a reflexionar de vez en cuando, estupefacto, sobre cómo tantos millones de habitantes de un país tan afortunado, por lo demás, podrían haber elegido votar a semejante espécimen como presidente.

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Pero lo que a veces pensé, y tampoco escribí, cuando recorría territorio trumpero por Pensilvania en vísperas de las elecciones es que la enorme mayoría de ellos y ellas debían de ser individuos, como diría Bregman, bastante decentes.

No tengo ningún motivo para opinar, poniendo a un lado el delirio político al que han sucumbido, que los casi 74 millones de votantes de Trump son peores personas que los casi 80 millones que optaron por Joseph Biden. Si me atropellara un coche, estoy seguro de que los habitantes de Punxsutawney, Pensilvania, acudirían en mi ayuda con la misma alacridad, o más, que los de Nueva York o San Francisco.

Bregman escribió su libro antes de que apareciera el virus. Pero aún hoy seguiría viendo motivos, creo, para la esperanza. Primero, parece que hemos dado con una vacuna en menos de un año cuando hace solo unas pocas décadas hubiéramos tardado muchísimo más. Por otro lado, los periodistas corremos a publicar historias sobre jóvenes parranderos que hacen cero caso a las normas de la distancia social, cuando la verdad es que la enorme mayoría ha demostrado la clase de altruismo que se les pediría en tiempos de guerra.

Que no se olvide nunca: en esta época de plaga, tan singular que sus víctimas mortales tienen una edad promedio de más de 80 años, son los jóvenes los que se sacrifican, los que se han quedado sin la alegría que toca a su edad, los que sufrirán más las consecuencias económicas de los benditos confinamientos. Recordemos: los jóvenes están siendo más que decentes.

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La buena noticia es que la tendencia de los últimos 10.000 años o más es positiva y seguramente no pasará mucho tiempo hasta que la humanidad recupere los niveles de bienestar sin precedentes de los que ha disfrutado la generación que hoy es la más vulnerable al coronavirus.

Para acabar, otra buena noticia, una que habría sido portada con tambores y trompetas en todo el mundo, si no fuera porque la pandemia nos ha obsesionado tanto que hemos perdido el sentido de la proporción. La encontré, medio escondida, en The Times de Londres el viernes. Una investigación recién concluida en un hospital de Boston indica que tomar suplementos de vitamina D y mantener un peso normal reduce las posibilidades de contraer el cáncer “avanzado o letal” hasta en un 38 por ciento.

Consideren: el número global de muertes por cáncer en el 2018 fue de 9,5 millones, seis veces más de los que seguramente morirán por la Covid-19 en el 2020 (van casi 1,4 millones hasta la fecha). O sea, la vitamina D y el comer sano podrían salvar dos veces más vidas que la vacuna contra el virus.

Finalmente, pido disculpas. Escribo todo esto para romper el protocolo agorero que exige mi trabajo y compartir el momento de esperanza que me dio leer el libro de Rutger Bregman. Pero, editores y lectores, no se preocupen: el servicio normal se reanudará lo antes posible.

John Carlin

Publicado en: La Vanguardia

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