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Xong el calenturiento

Autor: Noticias de El Salvador – elsalvador.com

A veces lo que empieza con un sueño calenturiento deriva en una locura que arrastra a los pueblos que creen en ella, a abismos de dolor

Es terrible cuando lo que inicia con un sueño mesiánico termina en una pesadilla para las sociedades. Ha ocurrido varias veces durante la historia de la Humanidad, la “Rebelión de Taiping” es una de ellas.

Todo empieza con un sueño. Un calurosa noche de 1837, un campesino chino de nombre Xong Xiuquan, quien toda su vida había sido un personaje opaco y anodino, sufre de elevadas fiebres, las que le provocaron delirantes visiones. En ellas se le apareció un hombre de cabellos dorados y túnica negra, pidiéndole que purificara la tierra.

Xong no entendió el mensaje. Temporalmente la cosa llegó a más, pero se complicó posteriormente. El pobre muchacho —que nunca había dado pie en bola, al aplazar varias veces el examen de aplicación para ser funcionario— entró en una profunda depresión, por lo que solo, sin familia, pobre y sin empleo, pero con abundante tiempo libre, optó por estudiar la Biblia cristiana. De su lectura, la única conclusión a la que aparentemente solo él podía llegar, fue que la persona que se le había aparecido en sus fiebres era el mismísimo Dios Padre y él… era su verdadero hijo.

El delirante Xong informó a sus parientes y amigos su nueva condición cuasi-divina. Lo interesante de la historia es que, en vez de mirarlo con una comprensiva sonrisa mientras buscaban disimuladamente una cuerda para atarlo, la gente le creyó.

Su prédica trascendió su círculo íntimo y empezó a ganar seguidores.

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La idea era de lo más excéntrica, lo que nos hace preguntarnos ¿cómo es que los ciudadanos chinos, que para esa época eran una de las culturas más avanzadas del mundo, estuvieron dispuestos a creer en semejante patraña? La respuesta resulta inquietamente familiar: estaban hartos de su realidad política y social.

El gobierno de la dinastía Manchú era considerado altamente corrupto, sospechosamente pro europeo (lo cual era un pecado para la nacionalista sociedad china de la época), con el agravante de que se hacía el del ojo pacho ante el grave tráfico y consumo de opio, que había puesto de rodillas a la sociedad por los nocivos efectos que producía en sus consumidores. Todo ello era el caldo de cultivo perfecto para la aparición de un mesías político que promocionase su proyecto con un mensaje redentor.

El inquieto y calenturiento Xong decidió fundar la Iglesia de los “Adoradores de Dios”, la cual promovía una vida ascética de tipo campesino. Una versión china de la religión amish. Tan curiosa tendencia no tardó en generar roces con las autoridades del gobierno central, por lo que ante las amenazas del gobierno de que se estuviera en juicio, la única respuesta que encontró es que la Iglesia debía contar con su propio ejercito, así que, utilizando su prédica pseudo religiosa, entuturutó a 10,000 feligreses para formar un ejército e irse a la guerra. Eran los troles de la época.

El ataque del gobierno central no hizo más que brindarle popularidad a su movimiento, por lo que su ejército pasó, rápidamente, a tener 60,000 y de ahí, hasta 120,000 efectivos, imponente logro para un oscuro personaje que ni los exámenes había logrado pasar.

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Los Adoradores de Dios, utilizando su fuerza militar, conquistaron un importante territorio; pero rapidito se convirtieron y empezaron a actuar —para utilizar una expresión conocida— como “los mismos de siempre”, instaurando una especie de incipiente comunismo, aboliendo el dinero y la propiedad privada, separando en comunidades asladas —por aquello de la “pureza religiosa”— a hombre y mujeres.

Las locuras, desmanes y crímenes de Xong y sus lugartenientes fueron escalando, llamando la atención de las potencias extranjeras que, eventualmente, le ofrecieron ayuda militar al gobierno central, provocando que se generara una guerra a gran escala en todo el territorio por él controlado.

Finalmente, cuando Xong murió —muchos hablan de suicidio— y el humo de los combates se disipó, toda la tierra administrada por su remedo de gobierno quedó asoldada, contabilizando veinte millones de muertos que dejaron una estela de dolor y pobreza indescriptibles.

Es que a veces lo que empieza con un sueño calenturiento deriva en una locura que arrastra a los pueblos que creen en ella, a abismos de dolor y pobreza que, posteriormente, toma décadas en superar. Quien tenga oídos, que oiga.

Abogado. Máster en Leyes.@MaxMojica

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