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Ahmel Echevarría: “Lo usual es el olvido, la derrota”

Autor: Alex Fleites

Ahmel Echevarría (La Habana, 1974) tiene dos profesiones: ingeniero mecánico y narrador. La primera, no la ejerce. La segunda la desempeña con notable éxito. Más allá de distinciones literarias recibidas y de algunos estudios críticos dedicados a su obra, pesa para tal afirmación la solvencia narrativa de sus relatos, su prosa inteligente y eficaz, y una vocación experimental que se pega a la intención de comunicar como la piel al cuerpo, con naturalidad, sin mostrar las costuras. Es uno de los miembros más destacados de la Generación Cero, que tantos buenos nombres ha dado a la literatura cubana en los años recientes.

De su catálogo en formación cabe citar los siguientes títulos: Inventario (Premio David 2004, cuento; Ediciones UNION, 2007), Esquirlas (Premio Pinos Nuevos 2005, novela; Letras Cubanas, 2006), Días de entrenamiento (Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2010; FRA, República Checa, 2012), Búfalos camino al matadero (Premio José Soler Puig 2012, novela; Ed. Oriente, 2013), La noria (Premio de Novela Ítalo Calvino, 2012; Ediciones UNION, 2013; Premio de la Crítica Literaria de 2013), Insomnio –the fight club- (Beca “Razón de ser” 2008 de la Fundación Alejo Carpentier, relatos; Letras Cubanas, 2015), y Caballo con arzones (Premio Alejo Carpentier de Novela 2017; Editorial Letras Cubanas, 2017; Premio de la Crítica Literaria de 2017).

¿Cómo pasas de ingeniero mecánico a escritor?

Cuando ingresé en la Facultad de Ingeniería me debatía entre el Diseño y la Arquitectura. Esos 5 años darían para una bildungsroman1, el paisaje de fondo sería el Período Especial; su núcleo, la decisión del cambio de carrera. La subtrama transcurriría en un pre-universitario en el campo que en buena medida solo serviría para entender y aprehender cómo es la vida fuera del hogar o en la cárcel.

La ingeniería Mecánica era mi última carta: deseaba conjugar la mecánica automotriz y el diseño de automóviles. Visto desde la distancia, la ingeniería Mecánica, específicamente la ingeniería Inversa, fue clave cuando decidí adentrarme en la literatura.

Transcurría mi primer año de adiestramiento en una Unidad Militar. En los primeros meses no tenía contenido de trabajo, tampoco oficina. Conversaba o leía donde encontrara sombra y comodidad. Gracias al escritor Michel Encinosa, que hacía su servicio social como traductor en la misma Unidad, supe del Taller Literario de Jorge Alberto Aguiar (JAAD).

La Cujae tenía festivales de cultura, hacían conciertos, había un club de apreciación cinematográfica en el que estuve, pero solo supe del trabajo del Departamento de Extensión Universitaria en relación a la literatura un año después de graduarme. Una amiga, hoy directora de cine y TV, me habló de un concurso literario convocado en la Cujae. Envié un manuscrito al Premio José Antonio Echeverría, gané; en el Taller de JAAD y en ese concurso comenzó todo.

De izquierda a derecha, Ahmel Echevarría, Cirenaica Moreira, José Luis Medina y Alejandro Gutiérrez. Festival Internacional de Cine Pobre, Gibara, 2019.

¿Cómo fue tu paso por el Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso”? ¿Qué fue lo más valioso de esa experiencia? ¿Qué te dejó insatisfecho?

Puesto que mi formación era técnica, para mí todo era nuevo. Al Centro Onelio ingresé en mi segundo intento, era el 4to. Curso de Técnicas Narrativas. Tuve como profesores a Eduardo Heras León, a Francisco López Sacha, y a Jorge Alberto Aguiar Díaz. Buena parte de los contenidos ya los había recibido en el Taller Salvador Redonet, coordinado por JAAD, quien además fue alumno del 1mer. Curso del Onelio. Pero allí recibí clases de Heras, a quien había leído en la Unidad Militar, y de Sacha, lo cual era un complemento a cuanto había escuchado y aprehendido en el Redonet.

En ambos talleres los coordinadores invitaban a escritores residentes en La Habana o de paso por ella para que intercambiaran con los alumnos. Así tuve la posibilidad de escuchar a escritores que conocía a través de lecturas o recomendaciones. Con los amigos que tenía en el curso podía comentar esas charlas —en el Onelio coincidí con algunos talleristas del Redonet—; eso fue otra ganancia, creamos una comunidad de afectos e intereses con la cual generamos o tomamos un espacio en el campo literario cubano: la Generación Cero.

¿Qué importancia le concedes al Onelio?

El Centro Onelio ha ido creciendo y transformándose. Fue un taller de técnicas narrativas devenido centro de formación literaria que le ha abierto sus puertas a centenares de jóvenes de todo el país. En tanto centro de formación coordinado por Ivonne Galeano y Eduardo Heras León, puso a disposición de los jóvenes recursos e infraestructura. El Onelio además ha posibilitado el intercambio con escritores cubanos y extranjeros.

Ahora el Onelio tiene como directora a la escritora Dazra Novak. Internet y las redes sociales complementan el trabajo, lo cual posibilita que el diálogo no solo comprenda a escritores jóvenes cubanos. Los contenidos están disponibles para todo aquel que lo desee.

¿No te parece paradójico que esa institución lleve el nombre de un narrador que hoy apenas se lee? ¿Cómo te sitúas ante la obra de Onelio? ¿Sabes cómo valoran los escritores de tu generación y los más jóvenes su narrativa?

No es paradójico, al menos no para mí. Hay en la obra de Onelio belleza, rapidez, exactitud, hay incluso multiplicidad, lo cual no es poco, y en mi opinión es suficiente para que un centro de formación literaria cubano elija su nombre. Esa elección es mucho más que etiqueta u homenaje.

El silencio, ese supuesto olvido que pesa sobre Onelio, podría ser entendido como una valoración por parte de los escritores jóvenes y los de mi generación. Pero tampoco creo que Ezequiel Vieta, Enrique Labrador Ruiz o Miguel Collazo sean trending topics para la mayoría de esos escritores. Lo usual es el olvido, la derrota, o llegado el caso, devenir escritor póstumo.

Cada cual se arma su genealogía. Cada cual ejecuta o perpetra una arqueología literaria a conveniencia para entender, leerse y reconocerse desde allí. Cada cual decide cavar para su comodidad o desasosiego su agujero, su propio tercer mundo.

Abunda sobre el taller de JAAD en la librería Vietnam. Relata en qué consistía esa práctica.

Como has visto, los espacios coordinados por Jorge Alberto Aguiar fueron muy importantes para mí. Todo comenzó en la Librería Vietnam, con el Taller Literario Salvador Redonet. Luego creó el Laboratorio de Escritura Creativa Enrique Labrador Ruiz y la Klínica. En el tránsito del Taller a la Klínica pasamos de centrarnos solo en el estudio y el dominio de las técnicas narrativas con encuentros teóricos y prácticos, a desarrollar un herramental crítico a través de encuentros teóricos y escritura de textos de opinión y debates para valorar no solo una obra literaria, porque Literatura es algo más que un ecosistema de escritores y libros.

A propósito de JAAD y los espacios que coordinó, me citaré a mí mismo, la investigadora y crítica cubana Katia Viera, que está escribiendo un artículo sobre el tema, me pidió que le respondiera una serie de preguntas: “JAAD fue una suerte de mesías en formato terrenal y nacional. Y no porque hiciera milagros, sino por el ejercicio de la fe (en la literatura), por la duda, y por el sacrificio en los predios de la literatura. A propósito de la Literatura y los Centros de Poder, nos habló de un camino, del calvario, del paraíso y del infierno que le deparan al escritor.”

¿Cómo te “acomodas” dentro de la narrativa cubana? ¿Reconoces paradigmas? ¿Te afilias a alguna línea estética y/o temática?

Supongo que haber pertenecido a la Generación Cero, etiqueta creada por el escritor, bloguero y activista Orlando Luis Pardo Lazo para nombrar a un grupo de escritores que comenzábamos a publicar en el año 2000, podría ser la respuesta. Quizá el tipo de literatura que hacíamos y hacemos, donde lo político es algo más que una marca de agua aunque se trate de una novela de amor o una distopía, sirva de “adjetivo” a esa manera que utilizaste para nombrar mi gesto de tomar/usurpar/ganar/encontrar un nicho dentro de la narrativa cubana.

Hay algunos paradigmas en la genealogía que me he inventado para ser leído y entendido desde allí. Entre ellos están dos guillermos: Rosales y Cabrera Infante. Esos escritores tan en las antípodas ilustrarían de cierta manera el tipo de linaje que prefiero. 

Un buen día decidí abandonar los límites del realismo. Aconteció de manera tímida en mi libro Esquirlas. Desde entonces, y no es una camisa de fuerza, apelo a los elementos propios del absurdo y lo fantástico a la hora de perpetrar lo que escribo. Es delito y deleite, como diría Orlando Luis Pardo Lazo; es trabajo de zapa, prospección a riesgo, aprovechar incluso la carroña para darle forma y sentido a un libro que bien podría ser una novela de amor.

Desde el Siglo XIX hasta hoy, la literatura cubana exhibe obras notables. ¿Te atreverías a hacer un top ten de la novela cubana?

Más que un top ten, te dejo diez novelas que me dejaron vibrando en la cabeza un racimo de preguntas:

Boarding home, de Guillermo Rosales

Hombres sin mujer, de Carlos Montenegro

El reino de este mundo, de Alejo Carpentier

El siglo de las luces, de Alejo Carpentier

Paradiso, de José Lezama Lima

Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante

Onoloria, de Miguel Collazo

El color del verano, de Reinaldo Arenas

Celestino antes del alba, de Reinaldo Arenas

El gallo en el espejo, de Enrique Labrador Ruiz

El llamado Período Especial provocó, como efecto colateral, el aumento del interés, en ocasiones extraliterario, por conocer a los autores cubanos del momento. ¿Aún está vivo ese sentimiento entre editores y lectores más allá del muro del Malecón?

Me gustaría decirte que sí. Hay académicos en no pocas universidades en América y Europa escribiendo tesis de maestría y doctorado sobre autores cubanos. Ensayos, reseñas, artículos y fragmentos de obras literarias aparecen en revistas y libros en formato papel y digital. A lo anterior debo sumar las traducciones. Esos contenidos tienen como destinatarios ciertos públicos tanto en el entorno académico, editorial, como fuera de ellos. Pero no creo que lo anterior se traduzca en una suerte de boom, en un gran “interés, en ocasiones extraliterario”, aunque existan varias editoriales fuera de Cuba con una larga lista de autores cubanos exiliados o residentes en este paisito tropical. Al menos no es lo que reflejan las redes sociales ni los suplementos culturales ni siquiera hispanoamericanos.

Con Maggie Mateo. Centro Dulce María Loynaz, 2018.

Aunque carezco de cifras para comparar, intuyo que en las últimas décadas ha decrecido el público lector. Si fuera así, ¿a qué crees que se deba esto?

No me atrevería a darte ningún estimado. La literatura ha tenido su competencia: la radio, la TV, el cine… Los modos de leer, de acceder a la literatura, cambiaron. Incluso los modos de socializar los contenidos relacionados con la literatura o las obras literarias ya no son los mismos.

A la literatura no le son ajenas las TIC´s2. Hay blogs novelas, novelas en Twitter, canales para escuchar poesía en Telegram, audiolibros, booktubers, grupos de WhattsApps donde se debate y se comparten artículos y libros digitales, hay bots de literatura pirata y webs para descargar libros gratuitos, existe Google books… Para leer puedes echar mano de una tableta, el móvil o de un lector para e-books… Todo lo anterior coexiste con lo que se sigue publicando en papel.

Como detalle adicional, a la escena de la promoción y el mercado arribaron nuevos actores. A la figura del crítico en tanto gurú, a la del editor, hay que sumarle la del influencer. Que no te quepa duda: lo que diga un influencer en las redes sociales va a misa.

Creo que la pregunta no sería solo cuánto se lee, sino también qué tipo de literatura se consume y cómo se interactúa con ella. Conozco personas que hacen viajes por carretera escuchando audiolibros de poesía o novelas, tengo amigas que hacen bicicleta estática escuchando libros de ciencias sociales.

¿Recibes como autor el feedback de los lectores cubanos?

A lo largo de los años he recibido comentarios: elogios y críticas, lo cual no significa que nade en ríos de elogios y crítica. Ese feedback es directamente proporcional a las estrategias de promoción de las editoriales cubanas y extranjeras que me publicaron, y directamente proporcional a cuanto hago en mis redes sociales.

Escucho a todos, tomo notas, luego me pongo a trabajar.

¿Qué necesita un narrador cubano de este momento para posicionarse en el mercado internacional?

No es suficiente una obra, no es necesario especificar a qué me refiero con “una obra”. Dios escribe derecho en renglones torcidos, y el futuro puede depararle sorpresas a quien se esfuerza y persiste, pero el mercado tiene sus reglas, sus líneas duras. Para jugar en esa liga el narrador debe contar con el trabajo de un verdadero agente literario.  

¿Qué son las Notas tomadas en un curso de Budismo Crítico? ¿Acaso piezas narrativas para divulgación exclusiva en las redes sociales?

La escritura de esos textos breves de supuesto aliento zen tuvieron dos comienzos: el inicio del confinamiento en La Habana debido a la COVID-19, luego los retomé tras el estallido social del 11J y la alocución del Presidente.

Solía escribir artículos para mi columna en Hypermedia Magazine. Me servía para tratar de entender el devenir de Cuba. Pero desde mediados de diciembre de 2019 me fui quedando “sin palabras”. La tensión entre Arte y Política, más la escalada de la vigilancia y el control, fue creciendo a un ritmo demasiado vertiginoso para mí. Antes de redactar nada con la suficiente densidad y sentido común, ante la imposibilidad de plantearme verdaderas preguntas, preferí observar y leer lo que se publicaba.

Los textos van acompañados de fotos hechas por mí. Es un ejercicio de reflexión, de síntesis. Es la manera con la que recuperé el habla en medio de la alta tensión entre el Arte (los artistas) y la Política (funcionarios e instituciones).

Notas tomadas en un curso de Budismo Crítico es una suerte de tartamudeo, de neohabla, de mirada un tanto oblicua a través de una lente corregida (mis gafas de aumento) y la lente de mi Nokia. Cada nota tomada en el supuesto e improbable curso de Budismo (Crítico) responde a un acontecimiento del entorno de Lo Real. No se trata de una relación acción-reacción en el plano físico a la manera de un duelo, sino acción-reflexión casi inmediata, por lo que en una primera instancia necesita del espacio insomne de las redes sociales para prosperar.

Hay en la escritura de las Notas… la pretensión de la no caducidad, como si se tratara de extender, en el espacio y el tiempo, el sonido o el recuerdo del sonido de un gong o el tañido de una campana, con lo cual no será descabellado que más tarde que pronto terminen siendo un libro.  

En tu novela La noria hay muchas referencias al ambiente literario de los años 60 en La Habana. Se trata implícitamente de las parametraciones y otros descalabros en las relaciones entre el estado y los artistas. Incluso en la construcción del personaje del Maestro creo descubrir rasgos de Virgilio Piñera y de Lezama. ¿Por qué ese interés en esa zona de la vida cultural cubana? ¿Sigue siendo conflictiva la relación arte-poder? ¿Qué pervive de aquellos tiempos, qué se ha superado definitivamente?

Mi interesa explorar el devenir de Cuba a partir de enero de 1959 hacia el presente, en el relato narrado por el Estado el propio Estado abdujo no pocos episodios. Me seduce esa bruma, esos espacios en blanco —o en negro—. Cuando Desiderio Navarro organizó los encuentros sobre el Quinquenio Gris (triquenio amargo según Mario Coyula), vi los cielos abiertos. Buscaba información sobre el tema para un libro que tendría como título “Usted también se tendió a tu lado”. Al rescribir la novela pasó a llamarse La noria.

Desde mi punto de vista, en Cuba las tensiones “arte-poder” solo cambiaron de registro, de intensidad. La vigilancia, el control y el castigo solo fueron ajustadas a los nuevos tiempos.

Mi interés sobre el pasado reciente en relación a la literatura, es decir, su traducción a la ficción, tiene como punto de partida el Taller de JAAD y comenzó a concretarse en el Laboratorio de Escritura Creativa. Entonces escribía mi primer libro: Inventario. En Inventario, a uno de los personajes lo confinan en un campamento de las Unidades de Apoyo a la Producción (UMAP).

Si revisas lo sucedido en los 60´s y 70´s verás que “el cuartico está casi igualito”. Para decirlo rápido y mal, porque sobran ejemplos: es una muestra clara lo sucedido el 27N frente al Ministerio de Cultura y cuanto vivieron en carne propia buena parte de los miembros del Grupo 27N en los días posteriores al 27 de noviembre de 2020, basta recordar o buscar en Internet y en las redes sociales lo sucedido el 27 de enero en el mismo lugar, basta leer la prensa nacional.

De izquierda a derecha, Ahmel Echevarría, Cirenaica Moreira, Marcelo Morales, Daniel Díaz Mantilla y Zurelys López Amaya. Ministerio de Cultura, 27 de noviembre de 2020.

¿Escribes pensando en un segmento específico de los lectores? ¿Te preocupa que obras como La noria sea de difícil acceso a un lector no enterado de las singularidades del proceso desencadenado en Cuba a partir de 1959?

Mientras escribo solo pienso en el universo que estoy creando, en las leyes que deben regir en él tras haber investigado sobre el tema en cuestión. Siempre apuesto por la exactitud, la claridad, la multiplicidad. Me interesa formular preguntas y no hilar respuestas. Visto así, y teniendo como centro de mi relato al individuo, y aquí me refiero a sus conflictos, a sus alegrías y derrotas, asumo que a los lectores, cualquiera sea su edad o nacionalidad, en términos de experiencias de vida muy poco les resultaría ajeno. Lo que no conozcan lo descubrirán con los indicios que dejo en el libro. Sin apelar a la explicación, lo narrado deberá ir iluminando cuanto le pueda resultar ajeno a los lectores. Por otra parte, nunca los menosprecio.

¿Cómo es un día promedio en tu vida? ¿La literatura te da para vivir?

Lo resumo de la mejor manera posible: En pleno siglo XXI me siento como si viviera en la era precolombina. Recolecto, luego existo; así me las agencio, no hay hora ni fecha fija, suelo hacerlo en las mañanas un par de veces a la semana.

Sorteo el estrés cual surfer promedio en la cresta de la ola, así consigo un poco de tiempo, concentración, puedo entonces emprender proyectos literarios y, llegado el momento, descansar: se trata de un descanso muy activo. Debo alternar el teletrabajo con la creación, lo hago alegremente, en modo zen.

Tu última pregunta vale su peso en oro…, nos sucede a muchos cubanos: esta vida que llevamos no da para vivir.

***

Notas:

1 Novela de formación o de aprendizaje.

2 Tecnologías de Información y Comunicación.

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